Un país hecho de chinches

presos

Por Richard Sandoval

Los presos tienen que morir. Se tienen que morir todos, miserables como ratas en celdas para bestias. Hacinados, hambrientos, quemados, infectados. Y que cada vez mueran más. Que las cárceles exploten, con todos los presos muertos adentro, para luego retirar sus cuerpos y volver a colapsar los edificios con más condenados a muerte, sin hacer absolutamente nada para que la delincuencia, para que los “delincuentes”, dejen de existir. Esa atrocidad, esa inexistencia de dignidad y de vida, está ocurriendo en Chile y es permitida, fomentada y validada por el Estado y los sucesivos gobiernos de este país. No en una dictadura de un país africano, no en las terribles mentes del Estado Islámico ni de otra aberración exótica. En Chile, un país en el que no existe la pena de muerte gringa que tanto nos acongoja el corazón, están matando a miles de presos de todas las edades en las cárceles. Según el informe del Poder Judicial conocido esta semana y que los diarios internacionales dieron a conocer con títulos como “Con parásitos, comiendo con la mano y durmiendo uno sobre otro: así viven los presos en Chile”, este país está potencialmente asesinando en masa a compatriotas sin ningún juicio público, sin ningún miramiento por nadie, y sin ningún pudor. En la más absoluta impunidad, Chile mata diariamente con más dureza incluso que en los tiempos del Chacal de Nahueltoro. Eso es lo que dice el informe cuando cuenta que en la cárcel de Til Til, hacinada con más de cien menores de edad, no hay agua potable, porque no les da abasto el pozo de Punta Peuco del que dependen para subsistir. Y para cuando esos presos salgan, continúa insinuando el informe, que sigan siendo delincuentes, que sigan reproduciendo su condición de integrantes del gueto de la miseria. Si no, no se entiende que en Santiago 1, la cárcel concesionada que en 2007 se inauguró prometiendo “no más hacinamiento y una real reinserción social”, los reclusos pasen horas y horas sin comer, para luego recibir un pan “casi congelado” y un plato de comida fría que se deben servir con las manos. Si no, no se entiende que en la misma Santiago 1 no separen a los presos por tipos de delitos y mezclen a un vendedor ambulante de la Plaza de Armas con un violador implacable.

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Está atardeciendo

cielo

Por Richard Sandoval

A veces dan ganas de detener el sol a las ocho y media, o un cuarto para las nueve. Hay un color en los cielos del verano, mientras untamos el pan calientito en el jugo del tomate, que nos hace sentir por unos minutos felices, tan suaves, tan acariciados por el viento fresco, ese viento que parece guagua despertando, desesperada, repartiendo a cualquier parte piernas y brazos ganosos de existir, de decir que llegó el atardecer y que no será eterno, que hay que moverse, correr a sentarse al antejardín, salir a dar una vuelta a la multicancha, a sentir cada aleteo de ese viento, oyendo sin desdén las ramas de los árboles anunciando que están locas. Van a ser las nueve y los rojos y naranjos de las nubes se harán tan extremos que terminarán traicionándonos. Lo sabemos, lo intuimos. En cualquier momento el naranjo se hará púrpura y, de la nada, negro. Y el viento fresco amenaza con hacerse frío, con condenar los minutos de éxtasis, mirando cielos desquiciados, al calor algodonezco de un polerón; o peor, de un chaleco. Las tardes del verano nos hacen libres. Lo saben todos. Lo saben los perros que caminan exhaustos de tanto sol acumulado en cabezas ardientes. Lo saben los presos que recuerdan a sus hijos en patios mojados. Lo saben las mamás que se ponen contentas con infiernos jocosos sobre sus melenas. Hay fiesta en el cielo, dicen, mientras caminan a buscar un pan que se niega a bajar la temperatura, aunque las comadres hayan decidido echar la talla hasta que los infiernos desaparezcan, a las nueve veinte. Lo saben también los niños, que decretan que la pichanga va a acabar cuando la pelota no se vea, cuando se pierda en los potreros eternos de tierra y matorrales agradecidos de la tregua. Eso es la tarde de verano, la sensación exquisita de la tregua, del trance, del cambio, de la pausa. No pidamos nada, cansémonos de hacer. Sentémonos a mirar cómo los viejos pintan rejas desteñidas, cómo los pololos de la esquina rechazan el fin de las luces que los separará por toda una noche. Miremos cómo se oponen con ninguna otra herramienta que besos y apretones tan adolescentes. Sentémonos, hinquémonos, con la única misión de medir el movimiento de las sombras, con la única tarea de calcular, como niños, en cuánto rato más el sol será partido por el horizonte, poniéndose tan oscuro que parezca una cereza confundible con la luna. Sentémonos y sintamos, por diez o quince minutos, que en tu casa, en tu barrio, en tu pieza, en la soledad inmensa del silencio, está atardeciendo.

Repudio a condenar a los que evaden el Transantiago

Por Nicolás Cabargas

“Por 700 pesos vas a tener que pagar 60 lucas” le increpa con tono burlesco un periodista a un usuario del Transantiago que acaba de ser infraccionado por no pagar su pasaje. El hombre, con evidente vergüenza en su rostro, no tiene más que deshacerse en disculpas ante los micrófonos que lo apuntan.

Al igual que este pasajero, casi un tercio de quienes usan el transporte público en la capital no pasan su tarjeta Bip! por los validadores, o como bien le gusta decir a las autoridades: “evaden”. Situaciones como la descrita anteriormente son usuales en los noticieros, donde se señala con el dedo a quienes no pagan los hasta 720 pesos que puede costar movilizarse en Santiago. Así, el raciocino del mercado instala a los evasores como verdaderos delincuentes, merecedores de la vergüenza y el escarmiento de las personas.

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Repudio a Erdogan, el nuevo Sultán

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Por Felipe Ramírez

Un guardia del dispositivo presidencial turco rompió carteles y agredió a un joven que portaba una bandera del Partido de los Trabajadores del Kurdistán esta mañana en la Plaza de la Constitución, a las afueras del Palacio de La Moneda. No es una postal muy democrática.

Es que el Presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan está en el país, importando toda la violencia de la que ha hecho gala en su país, mientras acá toda la fanfarria diplomática se movilizó esta mañana para recibirlo.

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Repudio a “Se reserva el derecho de admisión”

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Por Virginia Gutiérrez

Se reserva el derecho de admisión. Esa frase es interesante, tanto como “la administración no se hace responsable de hurtos o daños al interior del local.” Me dan ganas de poner algo así en la puerta de mi departamento, esperar a que amigos se emborrachen y robarles hasta el alma. Total, el cartel dice en letras mayúsculas que no hay responsables. Entraron por voluntad propia.

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Rodrigo Avilés tras fallo de corte suprema sobre Hasbún: Ayer éramos muchos, hoy somos más.

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Por Rodrigo Avilés 

Hoy la Corte Suprema dio sentencia sobre el desafuero. A su vez, reafirmó la necesaria interrogación y problematización por el estado actual de la democracia y la igualdad. Varias instituciones y actores políticos deslegitimados/as, sumados al malestar frente al abuso, que en días como hoy se hace aún más latente, hace necesario un rol activo de todos y todas, reduciendo la distancia y la tensión en razón de la lejanía entre lo político y lo social.

Ayer éramos muchos, hoy somos más en la construcción de un país justo de y para todos y todas.

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