¿Qué pasó con el respeto a los metaleros?

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Por Javier Bertossi

Los poderes fácticos de siempre han posicionado, a través de sus armas de comunicación masiva como 133, atrapados por la realidad o Policías en acción, a la figura del flaite como enemigo social número 1 del chileno y chilena de bien que trabaja duro para que en su mesa nunca falte el pan. La sola aproximación de un sujeto de aspecto moreno con buzo Nike o pitillos cuadrillé y zapatillas Lacoste hace que las señoras de polar rojo se cambien de vereda rezando por su integridad y la de su cartera comprada vía catálogo Avon.

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Sin embargo, pocos recuerdan que en el pasado este sitial de prestigio en la sociedad era ocupado por una casta que infundía el terror en su época de oro y hoy se encuentra relegada a las grises facultades de ciencias de las grises universidades públicas: los metaleros

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Las mismas señoras de polar (que en esa época usaban sólo chalecos de la ropa americana, pues el polar aún no se inventaba) los llamaban, inocentemente, “rockeros” y a la música que escuchaban “rock satánico”. Los metaleros de antaño encontraban su lugar en el mundo en los tablones de las barras bravas. Como Atila y sus hunos que asolaban las ciudades del mundo civilizado, el Kramer y sus “chascones” (otra palabra de la época) asolaban los servicentros del país siguiendo al “Bulla”.

Metaleros y flaite: peligros para la sociedad de ayer y hoy. “Los de Abajo” como punto de encuentro entre ambas subculturas

En esa época se le llegó incluso a prohibir la entrada al país a Iron Maiden por sus “claras tendencias satánicas”, impensable en el Chile de hoy, al cual los seniles metaleros británicos vienen como tres o cuatro veces al año. Ni hablar de Marilyn Manson: el Diablo encarnado en aquellos años acerca de quien circulaban todo tipo de oscuros rumores, como que se había hecho sacar una costilla para poder autopracticarse sexo oral. Hoy es sólo un hueón ridículo que se pinta los ojos. Incluso, fue tan grande la relevancia del metalero en el imaginario nacional que uno de los más exitosos personajes televisivos chilenos de toda la historia, “el Malo”, inspiró en ellos parte importante de su estética y su comportamiento (como escuchar los cassettes al revés y ser malo).

Pero pasó el tiempo y, nadie sabe cómo, los metaleros fueron perdiendo prestigio e influencia, siendo reemplazados por los flaites como el sujeto de temer dentro de la pirámide social chilena. Hoy las barras bravas son territorio de los tujas y de pokemones que van a sacarse fotos al estadio, y los metaleros, quizás decepcionados porque un anciano Ozzy Osbourne hizo un reality y se mostró ante el mundo como un padre de familia común y corriente, desaparecieron de la escena pública.

En los colegios del Chile de Piñera (y también de Bachelet y Lagos, mas no de Frei) el metalero no es el malo del curso ni menos el rebelde, sino el nerd que llega a la casa a jugar juegos online estilo World of Warcraft y no sueña con vivir en un universo de cerveza, fuego y minas ricas tatuadas en Harley Davidson, sino en una fantasía medieval de elfos, hobbits y anillos.

Metaleros del siglo XXI.

Símbolo de este drástico cambio de la escena metalera nacional es Andrés Marín, “el rockero” de Amor Ciego. Andrés Marín usaba poleras de Homero Simpson, le tenía miedo a las arañas, escribió la canción “Mujer amante, mujer feliz” y cuando llegaron los minos en helicóptero demostró toda su ira bebiendo rabiosamente desde un bidón de jugo de naranja marca Frugo. Algo que el Anarkía, el Kramer o el Beto jamás habrían hecho.

DOSSIER

Iron Maiden y su polémica visita frustrada a Chile en 1992

“Reggaetonality”, canción creada por Andrés Marín

Cuando llegan los cuicos a Amor Ciego y Andrés Marín toma jugo Frugo (a partir de 2:07)




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