Homenaje a los Gays Pobres

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  • Por Richard Sandoval

Junto con los enormes avances que ha logrado la comunidad homosexual en Chile, con respecto al reconocimiento de derechos y a la libertad para expresar su modo de amor en los espacios públicos de la ciudad, se ha configurado también una injusticia y un estancamiento del grupo social más excluido en la historia gay: los pobres.

Los gays pobres ni siquiera tienen el derecho a denominarse gay, pues esa acepción surgió a nivel de mass media de la mano de personajes ícono de buen estilo y éxito comunicacional, como actores “ricos” de los 90s caídos en desgracia, tipo Iñigo Urrutia (el Luz divina), periodistas cool como Juan Manuel Astorga, quien incluso da noticias en CNN Chile, o seudo artistas como el guionista de teleseries Pablo Illanes.

La palabra gay tiene una connotación de triunfo, o un camino hacia el reconocimiento, y para eso es necesario tener “onda” gay, o sea, salir a carretear con camisa, chaquetas de diverso tipo de telas y algún accesorio que denote intelectualidad, tales como anteojos gigantes con marco exageradamente negro, zapatos brillantes estilo “charol” o tecnología móvil de punta, que puede ir desde una Blackberry hasta un notebook.

Lo pulento de ser gay, entonces, queda restringido a un grupo social educado e ilustrado en la problemática discursiva del “género”. Los pobres, los que sólo son homosexuales porque les gustan los hombres, aún expresan su condición con culpa, y como no, si aparte de no tener el conocimiento de las implicancias culturales de su condición, en el barrio continúan siendo simplemente “maricones”, “colita” o “maraca”.

Esta desventaja es motivo de discriminación en el mismo circuito gay. Los gays con derecho a llamarse gay carretean en discotecas específicas, donde la música algosajona con timbre femenino no permite el ingreso de los homosexuales que inocentemente buscan reggaeton o Gloria Trevi en su versión 2008 “y me solté el cabello”.

“Las locas” por lo tanto, las que no ingresan a la Universidad, las que se visten con buzo y poleras de fardo de feria libre, las que si padecen de miopía o astigmatismo usan anteojos cualquiera, siguen tan disciminados y mal vistos como en los 90s, sin la bacanura del estilo gay que es admirado incluso por los sectores más conservadores de la sociedad, en eventos Casa Piedra o Espacio Riesco.




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