Que vuelvan las micros amarillas

por noesnalaferia



Sobre noesnalaferia

Con el nacimiento del Transantiago, y con ello de un sistema de transporte público en la capital, murió de paso una de las tradiciones más espectaculares de Chile: las micros amarillas.

La maravillosidad de aquellas “maquinas” comenzaba en que no se trataba de una producción en serie, pues cada una tenía una identidad particular, formada por su chofer, que en la mayoría de los casos era también SU DUEÑO. Este chofer bautizaba al bus con originales nombres jamás imaginados en las industrias brasileñas que las fabricaban; como “El Correcaminos”, “Gran toro II”, “Jessica”, “Corre que te pillo” y “Titanic”.

Las micros amarillas además se detenían en cualquier parte, a mitad de cuadra y en cualquier pista de una avenida, por más peligrosa que fuera, y si no paraban uno tenía el derecho legítimo de reclamar.

Los recorridos eran absolutamente absurdos, pues no seguían avenidas principales ni orientaciones lógicas. Se metían hasta por pasajes de poblaciones e iban y venían de Norte a Sur varias veces sin explicación. Lo ridículo es que aún así se demoraban lo mismo o quizás menos que las actuales.

En San Bernardo estaba el recorrido 643, que llegaba hasta la Población Lo Hermida de Peñalolén. El recorrido estaba hecho para alguien que fuera específicamente a esa población o a esquinas laboralmente tan X como San Rosa con Gabriela.

La decoración es el tópico más exquisito de las micros amarillas. Sus choferes aplicaban recursos vanguardistas en cuanto a color y forma, siempre ad hoc a la época.

1- PALANCA DE CAMBIOS: Podía estar situada a dos metros a la redonda del asiento del chofer, y en cada pasada sonaba un estruendo acompañado de una leve vibración en el resto de la máquina.

Lo mejor de todo es que la manilla de la palanca era de acrílico circular, y en su interior contaba con figuras de animalitos de mar, tales como un caballito de mar o un cangrejo. Cuando la figura no se refería a la fauna, tenía el escudo de Colo Colo o la Universidad de Chile.

2- ASIENTOS DEL CHOFER: Habían dos tipos de asiento. El primero era de puras piedritas de madera, y existía el mito de que tenían propiedades de masaje y relajación. El segundo era de una rejilla multicolor, que elevaba al chofer a alturas divinas.

3- LETREROS: Los letreros tenían todos la misma tipografía. Letras idénticas y colores amarillo, blanco, negro y rojo que hacían creer el también mito urbano de que todos los pintaba la misma persona.

El Chile que se nos fue

4- LA PECERA: Era la cajita donde el chofer depositaba las monedas. Estaba acolchada con un cuerito con forma de rombos.

5- COBRADOR HUMANO: Las micros amarillas comenzaron a morir cuando les colocaron cobrador automático, una maquinita con un “monedero” redondo que giraba interminablemente entre moneda y moneda.

Pero el fallido intento de pagarle a una máquina dio paso al método de pago más bacán de la historia: los cobradores humanos. Consistían en una caseta gigante instalada detras del chofer. Era casi un kiosko y adentro iba un cabro que recibía la plata y daba el boleto. Generalmente era pesado, más aún si era señora de edad. Varios mártires del estilo murieron en asaltos.

6- EL PISO: El piso era un latón que también tenía rombos, y un momento crucial en su vida era el “encerado”, aplicado una vez al mes con PETROLEO. El olor hacía vomitar a muchos niños.

7- EL TECHO: Era una especie de gruta del chofer, donde él era la vírgen. Incluía todos los artículos relativos a su vida, desde fotografías de todos sus nietos, zapatitos de guagua, hasta patas de conejo, peluches colgando y stickers como el niñito orinando y la silueta de mujer.

Nota aparte merece la solidaria práctica popular de “echar a correr la plata”, la que extrañamente aseguraba que luego de que tus monedas pasaran por las manos de una veintena de desconocidos, unos minutos después, volvieran convertidas en boleto.

Larga vida a las micros amarillas, pues nunca más veremos a un cabro chico o a la “pinche” del chofer sentada en el motor gigante de la micro, cobrando el pasaje.




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