Homenaje a Felipe Camiroaga

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

“Murió mi guachito”. La sollozante y añeja voz de mi abuelita desde Traiguén, una pequeña ciudad de la Araucanía, simboliza la envergadura del impacto emocional que provocó el trágico final de Felipe Camiroaga en gran parte de la sociedad chilena. Un hombre que gracias a su sencillez, calidez y expertiz en el manejo del sentido común, dio cátedra de lo más noble de la idiosincrasia nacional. Es el Chile cariñoso, solidario, oculto entre desiertos, el que lo llora. Ese pueblo humilde, profundamente bueno, de señoras arrugadas que buscan la alegría y la pasión de la vida en máquinas tragamonedas de almacenes de la periferia. Lo lloran las familias que vieron en sus tallas cotidianas, en su compromiso con el dolor ajeno, en su facha, a ese hijo que todas las madres venidas del sacrificio sueñan.

Camiroaga es el hijo simbólico que triunfó. Es el reemplazante de la compañía física, hoy extinguida entre la saturación de lo virtual. Se fue el paradigma de la empatía en televisión, y en último caso, de la identidad de la televisión pública que el país intentó recuperar en democracia. La que lo llora es la dueña de casa rural, que a través de estas figuras se vinculan con el mundo. Esto porque es quizás el hombre que mejor ha disimulado la tristeza que los años han dejado en el alma de millones de abuelitas pobres, que lo conciben como un nieto.

Es quizás su figura de ídolo, similar a la de los deportistas que alcanzan la gloria, la que lo viste de fuero y aprecio popular. Entonces se convierte en un modelo de virtud para el barrio, que no se atreve a cobrarle el pan en el almacén, por ejemplo. Es el respeto que se gana en una relación social que va más allá del intercambio básico del mercado televisivo. Camiroaga, con sus dotes descollantes, rompió la ley de la oferta y la demanda.

Camiroaga, quizás ajeno a cualquier teoría, arrastraba en su sonrisa eterna una misión popular, de compromiso social. Ese rol comunicacional histórico, que hoy ha quedado huérfano, alguien lo debía cumplir en este país, que tras la dictadura militar, despertó del secuestro. Junto con Camiroaga redescubrimos la versatilidad, la picardía, el humor y el juego luego de épocas silentes, sobreviviendo con las expresiones mutiladas.

En nuestro recuerdo quedan sus palabras de apoyo a la larga lucha que este año hemos dado los estudiantes. Y quizás la extinción del “Halcón” en la profundidad romántica del pacífico sea un mensaje para no rendirse nunca, y para recordar que del aire somos, y que sólo estamos de paso a las estrellas, como dijo el poeta Gonzalo Rojas.

Camiroaga es, y no fue. Porque mientras exista una abuelita sureña con ese corazón noble y sincero, como la mía, el Chile popular lo recordará como un emblema de los tiempos de la transición. Como el pájaro loco que nadie sabía ser, en esa ingenua época de los ’90.




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