Repudio a los imaginarios que nos hacen idolatrar lo rubio

por Arolas Uribe



Sobre Arolas Uribe

Ser rubio no es normal cuando se es latinoamericano pobre. En Chile y en América Latina, los rubios son los ricos. Por eso, que nazca un ario en el barrio popular es un acontecimiento. Las madres les cuidan el pelo lavándolo con champú de manzanilla, rezan para que los ojos azules no les cambien de color y lo llaman con cariño el “rusiecito” de la familia.

Y aunque la mayoría de la población chilena no es caucásica pura, las modelos de la publicidad, las actrices más guapas, las muñecas con las que juegan las chicocas de barrio y hasta las nanas peruanas de la tele sí lo son. Porque todo el tiempo nos dicen que ser rubio es normal y bueno, la idea no es inocente y tiene un origen. Hay culpables detrás de la idolatría de los cabezas amarillas.

En un análisis que va más allá de que el conquistador haya sido blanco y los conquistados indios -y que por eso, inconscientemente, la rubiosidad es lo más-, hay construcciones sociales que se filtran en el consumo y en la cultura popular. Más que instituciones, son personajes, responsables de que, en nuestra infancia, amáramos al niñito o niñita más rubia del curso.

1.- Jesús: más del 90% de los chilenos se declara cristiano, lo que implica que en sus momentos de intimidad, cuando buscan la paz que la religión les entrega, su espíritu descanse en la afable mirada de un Jesús que de tan hermoso, podría perfectamente promocionar un champú para hombres: cabello largo y castaño, ojos azules, semblante simpático y tranquilito, joven y delgado. Uno nunca podría pensar que detrás de esa belleza se esconden y escudan atrocidades e incongruencias. Como sea. ¿Qué es lo más bueno en el mundo para ese 90% cristiano? Jesús, por supuesto, el rusio judío que dio la vida por nosotros. Si la salvación tiene color de piel, obviamente es bien clarita.

¿Iriti?
¿Iriti?

2.- Barbie: una de las imágenes más aterradoras que he visto en el último tiempo fue a una madre con rasgos altiplánicos, llevando a su hija sentada en sus piernas, mientras la pequeña jugaba y miraba con adoración a una hermosa, larga y rubia muñeca Barbie. Antes de aprender a leer, las niñas latinoamericanas aprenden que el modelo de belleza es ése: piernas largas, frondoso pelo rubio, enormes ojos azules. Ficción versus realidad: somos negras, de piernas cortas y caderas anchas. Con un canon de hermosura tan esquizofrénico, es entendible la cantidad de señoras teñidas rubias que uno se encuentra en el supermercado. Hasta Bachelet cayó en ésa. Nuevamente, ser caucásico es lo bueno. Por eso, toda nuestra vida será una frustración sin freno, con un autoestima jamás satisfecho.

Barbie wachiturra
Barbie wachiturra

3.- El Viejo Pascuero: el máximo héroe de la infancia es este viejo vestido de rojo. Antes de entender cómo funciona el mundo, los niños de América Latina pensamos que aunque el mundo sea desigual, en la Navidad todos somos lo mismo ante los ojos de Papá Noel y recibiremos nuestro regalo según nuestro comportamiento. Una apología a la meritocracia. Para variar, este santo distribuidor de riquezas del mundo es blanquito, un viejo de barba cana y rosadas mejillas con rasgos muy europeos. ¿Se imaginan un Santa Claus afro, hindú o asiático? La cosa no sería lo mismo, tendríamos miedo de esta figura en vez de un amor incondicional. La bondad es de raza europea.

A él no le pegan las Fuerzas Especiales
A él no le pegan las Fuerzas Especiales

4.- La Bolocco: es divertido que exista un certamen en el que se escoja a la gente más bonita del mundo. Es muy avasallador el modelo que siempre gana: chica alta, delgada, con buen poto y tetas; rostro angular, sin cicatrices y que muestre la juventud y fertilidad de la muchacha o muchacho en competencia. En la vida real, la gente que camina por el Paseo Ahumada no es así ni tiene la plata para llegar a serlo. Aún así, en los 80 una chilena demostró ser la mujer más hermosa de La Tierra: Cecilia Bolocco. Si las noticias de la tele lo anunciaron entonces es verdad: una chilena fue Miss Universo. Eso sí, una chilena de apellido italiano, de dientes parejitos, muy alta y más flaca que un tajo. Y, lo más importante: blanca.

Menem hizo patria
Menem hizo patria

Yo me miro al espejo y no encuentro nada de ellos en mí. Maldita sea la Bolocco y su desbordante belleza que me hacen sentir como un insecto. Maldito sea Jesús y sus ojos azules que me miran en la cruz. Maldito sea el Viejo Pascuero que ni siquiera existe, pero que cuando lo dibujan es entero de ojos claros, igual que Jesús. Maldigo con todos los pelos negros de mi cabeza la veneración excesiva e imperante de lo rubio en la sociedad chilena y latinoamericana. Los rubios son bonitos, tanto como una chiquilla boliviana, de carita curtida, avanzando por Los Andes en la espalda de su madre. No le hagamos sentir que es fea sólo porque sus pigmentos no son europeos. Eso sí, dejémosle claro de dónde viene ese sentimiento, quiénes son los culpables.




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