Repudio a los cuicos y su maltrato a la mujer trabajadora

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

La aristocracia chilena es de medio pelo no más. Los peruanos, a quienes el arribismo cancerígeno de esta tierra los ve como los “cholos” que vienen a quitar la pega y a ensuciar la raza, nos vuelan la raja en cuanto a alcurnia. Basta con recordar a Don Javier Pérez de Cuéllar, el último latinoamericano en ocupar el cargo de Secretario General de la Onu. Nosotros en tanto, lo más parecido a alto linaje que hemos tenido en nuestra historia reciente son los líderes del Partido Nacional, Sergio Diez y Onofre Jarpa, quienes hoy se refugian en sus miles de hectáreas como escudándose del alzheimer y la demencia senil que tan fácil ataca a los pobres.

Es decir, como premisa número uno, los chilenos somos absolutamente rascas, si lo vemos desde la historia antropológica. Nada de virreinatos ni ciudades imperiales. Chacras y héroes huachos dan escenario a nuestra fundación mitológica. Ciudades hacinadas y tristes casas de remolienda atiborradas de borrachos sucios configuraron nuestra realidad urbana. Entre La Chimba y el canal San Carlos nos hicimos patria.

Fue quizá esa falta de aire monárquico la que fundó en los cimientos de nuestra patria ese arribismo enfermizo que hoy ataca como plaga entre tanto condominio aspiracional. ¿De qué aspiraciones me hablan ese par de inversionistas endeudados? ¿De su ilusa dinastía de Chicureo acaso? Bueno sería que recordaran cada vez que mandan a su “nana” en una “van”-que palabra más funesta, qué irrespeto hacia el “furgón”- que viven a cinco minutos del Zalo Reyes, y que a un costado tienen a Batuco, una de las localidades más pobres de Chile.

Las declaraciones de los “residentes” de Chicureo expresadas en ese comunicado que notificaba a las trabajadoras del sector a usar uniforme para justificar su presencia, a las que luego se les sumó el video de una individua declarando lo horroroso que sería que sus hijos vieran pasar a los obreros por la calle, dejan ver a través de sus rabias el odio de clase con el que han cultivado sus vidas, con el que han justificado su explotación, y con el que sustentan su espiritualidad religiosa.

Son los cuicos, CUliaos Y COnchesumadres según la afirmación popular, quienes a través de su discurso material han extendido al país entero una cultura, una fisonomía de sociedad, una eterna aspiración a ser distintos, a ser más, a hablar con esa asquerosa papa en la boca, boca ficticia, que entre joyas y licores, dan sentido a una vida artificial.

El chileno cuico es profundamente aspiracional, y con ellos toda su actitud. En base a una política de secta -jamás de compañerismo- se constituyen como gueto, reproduciéndose entre si para dar vida a gente que parece de otro planeta, estudiando entre sí para terminar en los mismos puestos de jefatura, discutiendo entre sí para terminar en la Coalición por el Cambio, y copuchando entre sí para espantarse por que las “nanas” osan pisar la vereda sin delantal.

“Nana”, qué palabra más nefasta que ha entregado nuestra sociedad de clases. Es como nombrar a un perro, es como nombrar con cariño cómico al integrante extraño del “hogar”, a la empleada, a la trabajadora de la empresa familiar, a la que se hace responsable de los bienes mientras los llamados a triunfar se ocupan de cosas importantes. “Mi nana” dicen los arribistas (cuicos de pregrado) para gritarle al mundo que ellos también tienen capacidad de empleabilidad, para dejar en claro que sus familias también tienen las posibilidades económicas para ser propietarias de una persona. A eso le suman “mi” doctor, “mi” sicólogo y “mi” peluquero. Rastrera actitud humana de quienes no han hecho nada en su vida para justificar el pan de cada día. Humillante actuar de cuerpos que gozan de la existencia de la miseria, porque sólo valiéndose de ella su siquis podrá comprender su poder explotador.

La reflexión en torno a los dramáticos acontecimientos del Condominio “Las Brisas” no debe orientarse hacia la actitud que deben tener unos “buenos patrones” que traten “con cariño” a sus inquilinas. El llamado debe ser a preguntarse por qué chucha tienen que existir seres humanos que le sirvan, cual edad media, a los dueños del fundo. Esa servidumbre naturalizada es el cáncer social que ha dejado en Chile la implantación por la fuerza del modelo neoliberal. En todos los videos malditos de las quejas del empresariado de Chicureo viven Pinochet, la Dina y el Mamo Contreras. No viven en la emoción de la Claudita en “Los 80”, ni en la desaprobación nacional a Piñera. Vive en la actitud cotidiana de la gente hacia sus vecinos, amigos y compañeros.

El país está triste, porque las compañeras trabajadoras del hogar se van volviendo viejas, porque sus espaldas van tomando forma de joroba y sus rostros arrugados dejan ver una lágrima. Son lágrimas de pena las que se asoman. Pena por estar lejos de su hijo, por el dolor en sus caderas de tantas camas por hacer, por el dolor en sus muñecas de tantas cazuela por cocinar.

Es Chile, mi tierra linda, ultrajada por los cuicos de mierda. Cuánta pena tengo.

La amamos con toda la vida que tenemos
La amamos con toda la vida que tenemos



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