Homenaje a las señoras que juegan a las máquinas tragamonedas

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

La vida pública en las poblaciones chilenas se ha visto violentamente modificada desde hace unos cinco años. El modelo del lucro y desprotección hacia las clases populares no sólo se ha materializado en narcotráfico y adicción, sino también en vicio y despilfarro por parte de las poseedoras del alma de la patria: la dueña de casa.

El vicio del juego para los pobres no se halla en el Monticello, no tiene ruletas millonarias, ni es armonizado por conciertos de Marc Anthony. El vicio de las señoras queda a metros de su casa, las recibe en chalas Zico y falda de cotelé, y las encierra en una dramática fantasía que las saca momentáneamente de la aflicción de una vida repactada por el retail.

En las máquinas tragamonedas del almacén de su barrio, las rechonchas señoras se aventuran en la búsqueda de un placer perdido, arrebatado por las calillas y el alza del Transantiago.

Con el argumento de “despejarse un rato”, las damas que en invierno hacen del polar su segunda piel, arman un verdadero carnaval del consumo. La puesta en escena comienza en su living-comedor. Sus sigilosos pasos deben pasar totalmente inadvertidos. Los hijos ya saben de su adicción y su marido le ha prohibido estrictamente acercarse a “La esquina”.

Van por un Caldo Maggi, pero según Freud van por esta imagen
Van por un Caldo Maggi, pero según Freud van por esta imagen

Debido a la discreción que exige el juego, la señora sale lo menos producida posible. En el calzado no pueden fallar pantuflas ni hawallanas. La vestimenta consiste en lo primero que encontraron al pasar. Para que el peinado no sea un problema, mantener el pelo corto es prioridad, de la misma forma que la adopción del teñido rubio-naranjo. Las raíces negras se defienden como un estilo.

La perfonmance frente a la máquina necesita ciertos ritos. El pucho en la mano derecha es esencial para las primerizas, quienes ocupan la mano la izquierda para timbear.

Las expertas, en cambio, se apoyan con el codo en el aparato, hablan con el pucho afirmado en la boca y despliegan el poto en toda su magnitud para dar aviso que la máquina estará ocupada por horas. La “colita” Reef se puede observar desde cualquier ángulo del pasaje.

La escena se completa con abundancia de chicles, pisitos para que descansen y coches de guaguas. Algunas han logrado meter a toda la familia al vicio y van en masa a jugar. Tras una hora de triunfos y derrotas la plata del pan ha desaparecido.

Con toda la family
Con toda la family

La única actividad por la que las madres de Chile transan jugar es ir a la feria un día a la semana. Ese viaje al reino de los cachureos es una esperanza para toda la familia, que ve cómo la madre del hogar recupera por un instante una vida normal. Sin embargo, el vicio las obliga a ahorrar para tener capital nocturno. De esta forma, en vez de llegar a la casa con un decente abastecimiento de frutas y verduras lo hace con apenas un kilo de papas y un confort Noble. Para dar la impresión de normalidad en el hogar lleva un Poet, cuyo rico aroma en la cerámica entrega destellos de paz.

Lamentablemente, el flagelo ya está instaurado casi a nivel estructural en las comunas más desposeídas del país. El drama ya dejó de ser sólo familiar, convirtiéndose en una muestra más del cortocircuito que provoca en la cultura popular el modelo social de mercado.

La mujer chilena de esfuerzo, que ha criado con garra y sacrificio a los hijos de su amor, hoy está desposeída, arruinada por Dicom y las casas comerciales. La opresión del consumo la ha arrojado al vacío. Esta dueña de casa ya no encuentra los frutos de su sacrificio en la comunidad. Sus placeres y alegrías han quedado reducidos a la teleserie de turno y las pasiones han pasado a depender del sonido de las monedas cayendo.

Las señoras que juegan a las máquinas tragamonedas son víctimas cotidianas de nuestro sistema. Las lágrimas que corren por sus mejillas cuando escuchan los hits de la Myriam no sólo reflejan el recuerdo de penas de amor, sino también los sueños perdidos y los anhelos olvidados entre tanto ir y venir con la bolsa del pan.

“Porque la fuerza del amor es todo, porque la fuerza del amor es grande”, ¡Qué vivan y gocen las madres de mi pueblo!

 




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