Homenaje al Resentimiento Social, un sentimiento necesario

por Arolas y Richard



Sobre Arolas y Richard

Hay gente que cree que decirle a uno “comunista”, “resentido” o “anarquista” es una ofensa. Para nosotros, que alguien nos saque en cara el resentimiento social que llevamos dentro es un elogio, un aliento. Nos inspiran a seguir, porque significa que vamos bien encaminados. Muchos temen asumir su resentimiento, pero sépanlo, no hay arma más poderosa para cambiar el status quo que el darse cuenta que algo no anda bien, que no nos pueden cagar tanto, que una verdadera democracia no funciona de esta forma tan dispareja, que es normal sentirse usurpado al comparar nuestra cocina de dos por tres con la mansa cocina de la gente cuica, o al constatar que imbéciles como El Chispa tienen nana. No tengan miedo, el resentimiento es la llave para cambiar lo que pasa alrededor.

El resentimiento social es una necesidad vital para luchar por procesos de cambio. Es natural ser resentido, porque de lo contrario no te emputecería la miseria contrastada con el lujo insultante y humillante de los ricos. No ser resentido es haber normalizado el sistema de explotación y es estar eternamente sometido al azote de El Señor de la Querencia. Sin resentimiento, la obra de Vicente Sabatini jamás se habría concebido, y eso sí que sería lamentable. Porque el resentimiento era el móvil del Ciu en Iorana, Ernesto en La Fiera y la Waleska en Los Montinix.
Es egoísta no conocer el resentimiento, porque es egoísta no conmoverse por la injusticia que azota todos los rincones de nuestra tierra. Es egoísta no impactarse por la miseria que abunda todavía en las poblaciones empolvadas de nuestro país. La pobreza encubierta por el orgasmo del consumo está en cada niño que recibe educación de cuarta en colegios municipales que resisten apenas los embates de sostenedores truchos que le ponen nombres épicos a colegios subvencionados chantas. La pobreza está en cada joven que es estafado diariamente en instituciones de educación superior callampas que ofrecen la gloria a cambio del esfuerzo sobre humano que significa estudiar y trabajar desde las seis de la mañana hasta las once de la noche. Si ese joven vive en la periferia, anda cuatro horas en micro y usa otra más esperando micros y haciendo transbordos.

Es egoísta no ser resentido porque es egoísta no sensibilizarse con las madres trabajadoras que mantienen hogares sometidos al riesgo social, con padres alcohólicos e hijos wachiturros que apenas van al colegio, esquivando a los narcotraficantes que necesitan de su vicio para lucrar. El cuico facho diría “el que quiere sale adelante”, pero él lo dice desde la comodidad que le da la paz silente de su departamento amplio, el arancel ya pagado por su papá y el almuerzo ya servido por su nana.

Que los ministros viajen en ella
Que los ministros viajen en ella

El resentimiento es necesario porque los explotados debemos dejar de ser héroes. No es normal que debamos ser Espartaco para ser felices en nuestros guetos urbanos. Ya basta de tanto esfuerzo y sacrificio, porque si bien siempre es glorioso recordar entre lágrimas el trabajo de perro que hicieron nuestros abuelos para sacar a la familia adelante, no queremos que nuestros hijos continúen siendo héroes sangrientos de la Patria. Queremos una Patria justa en que el héroe sea el colectivo que trabaja por el bienestar de la comunidad, de forma solidaria y desinteresada.

Mientras eso no pase el resentimiento debe ser el móvil de nuestro descontento, el arma para preparar nuestras estrategias políticas, la pasión de la alegre rebeldía que ilumina la batalla diaria por un Chile sin lágrimas.

El resentimiento social es una espina que duele adentro, que incomoda todo el tiempo, que nos saca las lágrimas cuando vemos a un niño de la calle limpiando parabrisas o vendiendo parches en los brazos de su madre. Nos dice desde las tripas, sin mucha teoría ni filosofía más que el sentido común, que no es lógico que esté lleno de Almacenes París, pero que el señor del almacén del barrio apenas pueda ampliar su negocio. Nos dice que algo huele mal, que algo está podrido cuando trabajamos todo el mes y nos cansamos lo mismo, pero no ganamos ni el diez por ciento del gerente más alto de la empresa. El resentimiento es sentirse incómodo con el orden de las cosas, con la estructura que no escogimos para vivir, pero que nos regula.

El resentimiento también es envidia, envidia enrabiada, porque sabemos que hay un puñado de explotadores que lo están pasando la raja, que comen rico, se visten con ropa cara, viajan por el mundo y tienen mil artículos electrónicos que nosotros jamás vamos a disfrutar. En el fondo, sabemos que esas mierdas son innecesarias, que un iPhone no nos hace mejores personas, pero es injusto que si existen, se los acaparen, es injusto, porque no los necesitan, pero los tienen y acumulan debajo de las faldas, dentro de sus billeteras, entremedio de sus corbatas, y nunca hay chorreo, ni un salpicón chico que sea. Porque el chorreo no existe, porque mientras exista la acumulación de riquezas, mientras las tres familias más ricas de Chile gocen del 15% del PIB de la nación, habrá extrema pobreza que cumpla el rol de trabajar por el mínimo para que los mafiosos ganen el máximo.

Por ellos es el dolor
Por ellos es el dolor

No le teman a su resentimiento, sáquenlo, exprésenlo, construyan con él. Sin resentimiento, las mejores canciones de Los Prisioneros jamás habrían sido escritas, sin resentimiento, sin esa incomodidad, sin esa pena porque todo funciona como el hoyo, no habrían sentimientos revolucionarios, no habrían cambios, reformas, evoluciones. Pero también sabemos que ese mismo resentimiento ha producido calamidades. Sin pasarse a caca, creemos que ese resentimiento tiene potencial sólo si se conduce con amor, con ganas de que el mundo nos duela menos porque se equilibra, porque de una buena vez dejamos de ser el sostén de un sistema que no funciona sin nosotros, pero que funciona sin pensar en cómo estamos.

El resentimiento es el primer gran paso para cambiar la chacra mugrienta en que vivimos. Saquen esa rabia de las tripas y conviértanla en acción política sana, con moral revolucionaria y una humanidad a toda prueba, para que, cuando estemos arriba, cuando hagamos el carrete más hermoso porque hicimos la revolución, los ex dueños del mundo nunca puedan llenarse la boca diciendo que nuestro sistema terminó siendo peor que el que dejamos atrás.

A dos siglos de nuestra independencia, el pueblo chileno aún vive bajo una estructura de fundo. Somos una tremenda hacienda cuyo patrón es la UDI, un poco de RN y el resto de vendidos. Nuestra tarea hoy es agarrar ese resentimeinto y usarlo, de múltiples formas. Hoy es necesario disputar para el pueblo nuestra institucionalidad y las calles, con la misma pasión que nos enfurece cuando vemos la diferencia entre ricos y pobres, y con la misma calma que tuvieron Salvador Allende, Fidel Castro y Evo Morales para triunfar en sus caminos.

Prestar el país
Prestar el país

 




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