Chávez, el seductor

por Arolas Uribe



Sobre Arolas Uribe

Enviada especial a Caracas

Es difícil ser afín a la izquierda y no sentirse seducida por el chavismo. El PSUV -Partido Socialista Unido de Venezuela- tiene cinco millones de militantes, un sexto de la población del país. Es muy probable que ésa -y no un carácter dictatorial- sea la razón que mantiene a Hugo Chávez en el poder hace trece años. Hoy, en Venezuela se cree en la política como agente de cambio y la energía de estar haciendo la revolución se respira en el ambiente, se ve en los rayados en las calles, se escucha en cada esquina cuando la gente entre mezcla debates sobre béisbol con la contingencia política venezolana. Puede que suene exagerado, pero la mística chavista rima mucho con las historias de trabajo social que se cuentan de los años de Allende.

Pero Chávez es más fuerte. Primero porque, a diferencia de Allende, sobrevivió al golpe que le hicieron el 11 de abril del 2002. La gente lo rescató a punta de manifestaciones, saliendo a la calle, poniendo el cuerpito y recibiendo disparos. Dos días después, la voluntad irresoluta de los venezolanos se impuso a los golpistas y repuso al presidente derrocado. Desde entonces, la máxima es que “todo once tiene su trece”. Como anunciando que si alguien se atreve a tocar a ese trofeo humano que es Chávez, el pueblo no dudará en responder. Porque desde el golpe frustrado, Chávez es un símbolo de la voluntad popular caribeña que se manifiesta en muñecos de Chávez tipo Max Steel y su imagen en cada afiche de los logros de la revolución.

Chávez es el punto de fuga de todos los avances. Si un equipo diseña un programa nacional de librerías que vende libros a no más de $200 o la fábrica estatal de celulares supera su producción, el mérito es para el presidente. Y no porque los robe, sino porque el pueblo abnegado cree en él y cede su granito de arena en pos de algo superior: un gobierno que le cumple, cuya encarnación es un Chávez irreemplazable. Los “escuálidos” -como llaman a la oposición- detestan ese fanatismo de quinceañera enamorada. Por eso celebran el cáncer del presidente como una de las pestes de Egipto y están a la espera de su muerte para que el país vuelva a su “orden natural”. El personalismo es la fuerza del movimiento y probablemente también su perdición. Como chilena nacida post Pinochet, es difícil digerir ese personalismo, porque Chile no tiene referentes similares y la única descripción que encaja son las caricaturas fascistas del siglo veinte.

Evo se vende por separado.
Evo se vende por separado.

Por eso, no puedo decir que el modelo bolivariano sea el camino, pero sí sé que el uno de mayo venezolano no tuvo nada que ver con el chileno. Mientras acá los Carabineros hacían con sus lumas lo que mejor saben hacer, en Venezuela miles de personas marchaban para celebrar la aprobación de la LOT (Ley Orgánica del Trabajo) que, entre otras cosas, reduce la jornada laboral a 40 horas semanales y asegura que cada año trabajado es pagado al momento de jubilar. En medio de la marcha -una movilización que mezclaba la cola de una feria, los puestos de comida de Franklin y el carnaval de Río- yo pensaba en lo diferente que es Chile, en cómo vamos en una dirección totalmente opuesta, con un presidente que no sabe hablar y con leyes que nos hacen sentir en pelota como trabajadores. Y aunque quería mantenerme escéptica, no era fácil.

La televisión no ayudaba mucho. En los medios se viven dos Venezuelas: la de los canales “escuálidos” que persiguen la noticia del caos sin demasiado fundamento, mostrando cómo los beneficios del gobierno sí existen, pero no para todos y de cómo esa nueva constitución -que tanto odiaban y ahora respetan- es violada sistemáticamente. Nada muy distinto a la tele chilena. En tanto, la otra Venezuela, la del canal estatal, es todo luz y felicidad, enfatizando todo el tiempo los avances del gobierno, reforzando lo positivo de conceptos como socialismo, revolución, lucha de clases y marxismo. Términos que en Chile sólo se leen en panfletos lanzados al aire en alguna manifestación, palabras que jamás saldrían de la boca de Amaro Gómez Pablos. ¿Cómo no entusiasmarse con una pantalla que muestra todo lo que los movimientos sociales exigen para Chile?

Poner la duda por delante es difícil y no apoyar a Chávez ante cierta evidencia lo es aún más. Con un Chile de asepsia política, de democracia de los acuerdos que rehuye los conflictos y apacigua a palos la disidencia, el proceso venezolano deslumbra. Dan ganas de que Chávez no se muera de enfermo, sino que termine lo que su país quiere que realice. Dan ganas de que en Chile surja algo parecido al chavismo. No un clon de Chávez, sino una segunda parte de ese socialismo a la chilena que quedó inconcluso. Sería bonito.

Venceremos Comandantes
Venceremos Comandantes

 

 




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