Repudio al mechoneo

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

En tiempos poco evolucionados de la juventud chilena, cuando hacer locuras y conocer cosas nuevas porque sí tenían la excusa de la liberación cultural, el mechoneo no molestaba a mucha gente. Era porque era simplemente. Era otra forma de ir a la casa del Jota o la Buhardilla. Estaba. Hoy, sin embargo, contemplar tal acto de irracionalidad hormonal es un espectáculo irritante y que habla de lo peor de nuestra sociedad, de la vocación de abuso sobre el débil para “demostrar” un mínimo espacio de poder: el de ser mayor. Una mierda total. 

Esta bienvenida o “iniciación” habla de lo corneta en que se ha convertido el sentido común chileno. En la lógica de la norteamericanización de nuestro esclavista país, el ejercicio de la humillación es motivo de ego y posicionamiento ante los pares. Y peor aún, es sinónimo de diversión e integración. Es la norma, es la posibilidad de participar y hacer migas.

Frente a este show condimentado con cabezas de pescado, mostaza, manjar, yogur o caca, debemos hacer un mea culpa general, porque de alguna u otra forma todos hemos participado, abusando, siendo abusados o arrancando. El vicio no recae en sujetos del mal, sino en el escenario creado y validado por las “generaciones”. Llegó el momento de parar. Si antes éramos más ahueonaos, con íconos juveniles tales como Huevo Fuenzalida a Macarena Ramis, hoy los lolos piensan con otros horizontes. Karol Dance tiene una columna, por ejemplo. Y otros tantos van a ser diputados.

El 2011 fue un zamarreo general de las bases filosóficas del país, no fue un simple capricho gremial de Demetrio Marinakis (“Los choferes de micros amarillas éramos librepensadores”) o una revolución del cuerpo como la foto de Tunick. Por lo tanto, la imagen de cabros a pata pelada pidiendo plata con hedor a Paris en el siglo XVII no se condice con mujer bonita es la que lucha. Antes tampoco, pero los parámetros éticos brillaban por su ausencia.

Lo relevante del mechoneo es su noción de rito. Es decir, de ingreso a un club de privilegiados. Hay ahí una intención clara de marginación, de convertirse en distinto a lo que se era hasta entonces. El someterse al espectáculo del asco es un precio que se paga por integrarse al mundo universitario, de los adultos, de los que pudieron. Es el precio del mérito. Eso habla quizás de la noción de exclusividad que tenía entrar a la universidad hace diez años, cuando aún no reinaba el CAE y su 6% de interés. Cuando las universidades privadas masivas no explotaban. Cuando llegar a la universidad era sinónimo de notable puntaje en la PAA-PSU. Probablemente de esa concepción de lujo viene el rito de la iniciación. Lo que no justifica irracionalidad, sino contextualiza una estructura histórica de segregación, en la que llegar a lo alto merece mostrarse con harina en la cabeza: “Mírenme, soy universitario”.

Y así siguió la reproducción del orgullo de generación en generación, todo en un ambiente general de inocencia, de proceso de integración y apropiación del lugar. Con música alegre de fondo, desinhibiendo ternura y coquetería teen.

Con el paso del tiempo también han cambiado las actividades que acompañan al proceso del mechoneo: elección de misses y misters, bailes eróticos (sacar un plátano desde la zona pélvica del varón), fútbol y otros. Sin embargo, sigue predominando como condición fundamental el salir a mendigar para financiar jolgorios. Esa es, sin dudas, la parte más triste. Muchas veces se trata de niños que nunca han andado solos en las calles de Santiago; casi la mitad son de provincias, y otros tantos son regalones de la mamá que están cagaos de susto. Al decirles que no hay plata, ni se enojan y hasta piden disculpas por haber pedido. Por lo menos la plata se hace fácil y se puede mentir al recepcionista con la cantidad que se hizo para “recuperar” la ropa. Así se corona una jornada anunciada en los pasillos como “del terror”, con carteles tipo meme y la palabra “teman”, o con listas negras que incluyen a la gente con nombres raros, los que postularon a la universidad rival o el último de la lista.

En un país donde “las instituciones funcionan” y donde se ha concedido una moralidad superior a movimientos sociales que propugnan solidaridad, el mechoneo no tiene cabida. Y ni siquiera tiene explicación como ritual, porque hoy la universidad no es el lujo que fue y que nunca debió ser. Y porque, en última instancia, ser universitario no es sinónimo de distinción social. Vender sopaipas, ser guardia o chofer de micro reviste de tanta honra como “estudiar” formalmente, y no requieren cabezas de pescado ni menjunjes espaciales para glorificarse.

 




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