Homenaje a Tic Tac (la teleserie)

por Sebastián Flores



Sobre Sebastián Flores

Editor general de El Desconcierto.

Ya sea por la crisis asiática que acabó con años de bonanza económica o por la clasificación de la -por 1° vez llamada así- “Roja de todos” a Francia ‘98, aquel 1997 fue un año paradigmático para el Chile post-dictadura. En esos días, donde los chilenos de a poco empezábamos a transitar hacia el 2000, ocurrían hechos tan disímiles y variopintos como las primeras tomas estudiantiles en democracia, las inundaciones provocadas por el fenómeno de El Niño en la zona centro-sur, la inauguración del primer tramo de la Línea 5 del Metro o el escándalo en Villa Baviera por la imputación del fugitivo Paul Schäfer.

No sólo eso, la televisión abierta también ofrecía una parrilla dinámica para la familia noventera, retratando fielmente la cultura pop de aquel país posmoderno: las tardes tomando once junto a la mamá con Pase lo que Pase, el triunfo del prime time de estándares internacionales con Viva el Lunes, el recambio generacional de los niños con Dragon Ball en el segmento de las tardes de Megavisión (repudio a MEGA) o el Fútbol de Primera los sábados por la noche en TVN con la mítica leyenda “este partido no es transmitirá en la __ región” (que vuelva, por favor).

En ese contexto país, donde la llamada “Guerra de las Teleseries” era un asunto de interés nacional, se dio vida a una de las mejores comedias (sí, comedia) jamás realizada en el territorio continental. Dirigida por María Eugenia Rencoret y emitida por “el canal de todos”, Tic Tac es una de las glorias de la dramaturgia criolla y un ícono de ese Chile que avanzaba a paso raudo rumbo al siglo XXI.

1997

Aún cuando Vicente Sabatini fue el hombre que puso el sello social en las telenovelas noventeras, la irrupción de Tic Tac también marcó una nueva forma de hacer producciones que no volvimos a ver en ninguna obra posterior: situaciones absurdas, estética de comic, realismo mágico por doquier y un elenco totalmente estelar, donde se reunió a actores consagrados con promesas que luego brillaron -casi todas- con luces propias.

Esto convirtió a Tic Tac en un objeto de culto de la memoria colectiva y no precisamente en el año que se emitió, pues pese a que el ‘97 alcanzó un rating promedio de 20 puntos, fue en los veranos del 2002 y del 2005 cuando arrasó con todo. Retransmitida a las 2 de la tarde, con capítulos de larga duración y pocos comerciales, la teleserie se convirtió en una fiel compañera no sólo para las dueñas de hogar, sino también para la juventud desocupada de los ‘00 que a esa hora, en sus “vagaciones” (repudio a ese término), no tenía nada qué hacer aparte de ver tele.

Alta estética

La historia es tan disparatada e irreal que llega a ser muy mala. Pero es tan mala que da la vuelta y finalmente es muy buena: Maximiliano Ossa Marrison (Enrique Cintolesi), un cuico de la vieja aristocracia de los años ‘20, es asesinado en un crimen pasional. En una sesión de espiritismo, “Max” regresa en forma de fantasma al ondero año 1997 para recuperar el amor de su amada: la exquisita Pola Santa María (Leonor Varela). Pero Pola es en realidad la sobrina-nieta de la mujer que amo en 1925, idéntica en cuerpo y nombre a su ex polola. Además, está un caza-misterios llamado Nicolás (Francisco Pérez-Bannen) que es algo así como la reencarnación del hueón que asesinó a Max en el pasado y ahora, en los ‘90, vuelve en forma de locutor radial a luchar por el amor de la señorita Santa María.

Junto al argumento principal, están las aventuras y desventuras de una estación llamada Radio Mágica. Ajena a la concentración de medios que hoy vive el dial FM con el Grupo Iberoamericana, el dueño de la estación tenía una sola radio: Tomás Barcelona (Bastián Bodenhöfer), un empresario buena onda que ingresaba al negocio de las comunicaciones tras dejar el fértil rubro de la mafia en Miami. En la radio se desarrolla gran parte de las tramas secundarias que, vale decirlo, son las que sostienen moral y emocionalmente esta empresa audiovisual.

Si bien la historia es una mierda, tiene el mérito de hacerse memorable por motivos poco convencionales. Primero, el nivel de interpretación de sus protagonistas. Enrique Cintolesi es el peor actor que jamás haya estado en telenovela nacional alguna. No sabemos si el pituto es más grande que nuestro problema y era familiar de alguien de la producción. Pero debe serlo, porque Cintolesi es una aberración del mundo del teatro (aunque igual era mino). Es tan pero tan malo el nivel de su actuación que al final se hace divertido ver su nula creatividad y su incapacidad de transmitir emoción alguna. Un acierto.

También está Leonor Varela, la mujer ícono que logró salir de la mediocridad chilena y llegar a Hollywood (obteniendo papeles tan dignos como ser Cleopatra en una telefilme B de mediano presupuesto o integrar el elenco de Blade II). Acá Leonor apenas mostraba destellos de manejo escenico y muchas veces no tenía nada que envidiarle al nivel actoral de Cintolesi (en realidad no es tan buena actriz, ¿cómo chucha triunfó tanto?).

Qué diría Shakespeare

Pero como hay actuaciones paupérrimas, también hay otras descollantes. Eva Félix (Ximena Rivas) formó junto a Tomás Barcelona una de las mejores duplas que tenga recuerdo la TV chilena. Eva y Tomás. Una pareja maravillosa. Nacidos tal para cual, compañeros en el negocio de la estafa y el robo, vuelven a encontrarse tras años de separación. Coreografías mediante y con una medida sobreactuación, cada una de sus intervenciones fueron un deleite para el espectador en su hogar. Soberbio, brillante, descollante, homenaje. Observen:

Como dijimos, la gracia de Tic Tac radica en sus historias secundarias. Además de la Radio Mágica, está la decimonónica locación que llenaba de mística a la historia: el Palacio Santa María (ubicado en Quinta Normal, actual casa de la cultura de dicha comuna), propiedad de madame Emilia Santa María (Peggy Cordero), es el otro epicentro de todas las tramas. Una casa embrujada donde ocurrían las más extrañas desventuras. Ahí, y en sus alrededores, es donde se suelen congregar la mayoría de los extravagantes personajes de esta comedia.

En esta juguera de situaciones encontramos la majestuosidad de esta teleserie. El travestismo de Mauricio Pesutic en el rol de Ángela Smith, un papá que se disfraza de mujer para estar cerca de sus hijos -plagio descarado de la película ‘Papá por Siempre’-. La apuesta infantil con el trío de niños que revoloteaban en las otras tramas compuesto por los actores Jorge Hevia Jr. (¿bacán o una mierda?), Antonella Orsini (igual está rica) y Clemente Gómez (el otro cabro, no se sabe su paradero actual).

Como Robin Williams el ’93

También vale rescatar la aparición estelar de “El Rumpi” como Memo Style, un animador radial que con su onda lolera fomaba parte del pack actoral que buscaba representar a la juventud de la época: Iñigo Urrutia, Blanca Lewin, Paola Volpato, Mónica Godoy (te amo, dame hijos, homenaje eterno) y Alejandra Fosalba. O también el divertido papel que cumple Coca Guazzini como la extravagante Ivana Gabor, una cuica arribista que lucha por el amor de Tomás Barcelona.

Isidora Ortúzar (♥) e Ivana Gabor

O quizás recordar los icónicos e increíblemente ridículos argumentos que alimentaron parte de los 95 capítulos que duró la comedia. El fantasma de un ex marido de Ivana Gabor que penaba en su casa en forma de un león invisible; la hilarante aparición de Johnny Cocodrilo (Augusto Sacoto), un caribeño que hizo negocios con Eva y Tomás y viaja a Chile buscando saldar cuentas. O lo más increíble de todo: el final de la teleserie con Max apareciendo en el cielo (como Mufasa con Simba el ‘94) para darle un último adiós a Pola, pues finalmente el espíritu del fantasma pudo descansar luego de hacerle el amor (?) a su novia del siglo XX.

La casita del telol

Para hacer esto aún más glorioso, toda esta chimuchina estuvo acompañada del mejor soundtrack jamás utilizado en una teleserie chilena. El disco “Tributo a Queen” (1997) -que contenía sendas versiones en español de los más grandes clásicos del grupo de Brian May y Freddie Mercury- fue la banda sonora que ambientó las locuras de Tomás y Eva, las aventuras del trío de cabros chicos o los amores y desamores de todos y cada uno de los personajes. La más recordada de todas es la funkera versión de ‘Another One Bites the Dust’ a cargo de los todopoderosos Illya Kuryaki & the Valderramas, canción que además cumplía el rol de acompañamiento en la espectacular intro de esta magna obra.

En una época donde ya no existe la guerra de las teleseries de las 20 horas, y donde las temáticas tratadas sólo retratan a la oligarquía neoliberal, Tic Tac destaca por -pese a tener varias ambientaciones del barrio alto- reflejar un sentir mesocrático que identificaba a buena parte de la población. Exigimos a Televisión Nacional la retransmisión de esta gloria audiovisual para que las nuevas generaciones puedan conocer el legado de Tomás Barcelona y Eva Félix. Y quizás, por qué no, exigir que exista una nueva apuesta donde el realismo mágico y el absurdo gobiernen el guión, tal como lo hizo Tic Tac el ‘97. Vuela alto Max Ossa Marrison, nunca te olvidaremos.

Ahora comprendo cuál era el ángel



29 comentarios sobre “Homenaje a Tic Tac (la teleserie)”