Carta abierta a Pablo Longueira desde el corazón del centro social

por Julieta Recoleta



Sobre Julieta Recoleta

A veces me imagino viviendo en la pobla anegada del invierno, con el agua subiéndome por las piernas y los pendejos flotando en la cocina. Quizá en un escenario como ese, moreteada por un marido bebedor y con la vagina suelta después de parir a los cabros chicos engendrados por la T de cobre defectuosa, habría conocido a Pablo Longueira. Lo imagino como su gallardía de ignaciano rescatándome de la pobreza y enamorándome con la promesa del esfuerzo. Me imagino sus cejas sonriéndome mientras me toma en sus brazos y me habla con esa voz modulada que pronuncia todas las sílabas y todas las eses. En esa fantasía yo lo espero cada verano para levantar mediaguas que traen, humildes, la promesa ingenua de terminar con la pobreza, palabra barata y prohibida por su boquita rosada de emprendimiento. Porque ahí la pobreza es emprendimiento para rescatar a Chile de su propia tragedia.

 

Ahí me veo yo caminando con Pablo por el margen. Con su piel sudando bajo el sol de la periferia, lavándole las culpas de cuiquerío santiaguino donde una podría llegar de nana o arañita para subir intrépida los balcones de su clase. Donde ojalá no me encuentre con la Chichi, porque ay de ti Chichi querida, niña bien del colegio de monjas, que yo sería la que te pondría nerviosa por mi olor cochino, la que te agarraría de las mechas y te correría el maquillaje de cincuenta lucas. Yo te manosearía entera y te dejaría chascona mientras me tratas de rota ordinaria. Yo sería la gallá que sale de tus dientes derechitos mientras llamas a los pacos para que te separen a patás y lumazos del riesgo social.

 

Qué habría dado una por engendrar al menos a una de tus siete guaguas, o darte al menos un guachito que corriera por las multicanchas. Un cabro chico a quien salvar de la pasta a base de becas y subsidios. Pero para la Chichi quedó el culión sagrado del matrimonio. Para una el apretar las piernas y el dedeo en la cocina. Para una el saludo lejano de la feria en medio de la campaña, el discurso de la tele, Para una el calendario, la chapita y la bolsa del pan. Para una la Kathy Barriga bailando como si estuviera en el Mekano. Pero una, fiel, daría saltitos a tu llegada, agitaría de la bandera de Pablo y Pueblo fervorosa, porque así una sería la carne misma del centro social, el mismo centro que se revuelca en tu boca y te enreda la lengua. El centro social que se lanzaría a ti para robarte un beso, envuelta en polar y un sostén de feria.




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