Repudio al fascismo de izquierda

por Arolas Uribe



Sobre Arolas Uribe

Ser de izquierda y ser facho debería ser una contradicción hasta biológica, pero no lo es.

La caricatura del facho que hace la gente (que se dice) de izquierda es la del típico sujeto autoritario, que no soporta la diferencia, que defiende el capitalismo, que idolatra a personajes como Pinochet, que promueve conductas machistas, que no piensa por sí mismo sino que repite ideas aprendidas en su militancia de derecha, que se excita con la bandera chilena, que padece homofobia y es “bien hombrecito” o “mujercita” para sus cosas y que cree en la meritocracia y en la democracia tal como existen en Chile.

Alguna gente de izquierda goza haciéndole notar a los fachos su falta de tolerancia, su extremo conservadurismo, su mente cerrada, su debilidad por los personalismos y su falta de inteligencia por todo lo anterior. Qué triste ver cómo ese desdén hace que alguna gente de izquierda sea tan o más facha que los jovencitos que militan en Evópoli.

¿Qué hace que una persona sea de izquierda? Estoy segura que la cosmovisión de izquierda no se despliega (solamente) cuando una persona compra una polera del Che Guevara y la usa en tocatas folclóricas, la izquierda no vive en los discos de Víctor Jara que están pirateados en Internet ni en bares que cuelgan en sus muros las fotos de Salvador Allende junto a su último discurso. Para ser de izquierda no sólo hay que parecerlo, hay que serlo.

La esencia de la izquierda es la disidencia, la duda, poner el dedo en la llaga en lo que hace que todo parezca ordenado y perfecto. Es impedir la sutura de lo que nos rodea. Ser de izquierda es tener el deber de incomodar, es no tenerle miedo a la autoridad para decirle en su cara en qué la está cagando, para revocarla, cualquiera sea el título de esa autoridad: dios, padre o presidente. Ser de izquierda es estar siempre del lado del más débil, del abusado, del desvalido. Es, por sobre todas las cosas, estar pendiente de la injusticia y de los atropellos, para denunciarlos y prevenirlos, nunca para reproducirlos o estar orgullosos de ellos.

Pero pasa que una se encuentra con gente que se dice de izquierda que trata a las mujeres como artículos domésticos, que se pegaría un tiro si tuviera un hijo homosexual, que cae en el mismo personalismo que denuncia de la derecha, que entra en la lógica hitleriana cuando se le aparece un flaite o un peruano en la calle y que, lo más incomprensible de todo, cuando se enfrenta a un adversario político lo trata como un ser infrahumano. Qué miedo si la revolución la hicieran estos personajes.

Ser facho, fascista, en el fondo no es más que personificar el rol nazi de no soportar que haya una opinión o una forma de vida diferente. Entonces, como no puede convivir con ella, la ataca y la difama. Y no se queda sólo en lo verbal o en la intención, sino que lo concreta en acciones. Ahí está Zamudio, ahí están los detenidos desaparecidos.

El fascismo es peligroso, se le sale al joven de izquierda cuando es capaz de decirle a un UDI “facho culiao”, al punki -que anda igual de uniformado que un milico- cuando agarra a botellazos a un flaite o al viejo comunista cuando se queja de los anarquistas encapuchados que deberían estar todos presos. Esa actitud agresiva y poco empática, por decirlo menos, no se corresponde en nada con el legado de las figuras que la persona de izquierda dice admirar.

Chúpame la zorra maraka kuliáááááááááááá
Chúpame la zorra maraka kuliáááááááááááá

El fascismo es peligroso y hay que temerle al facho que todos llevamos dentro. Aquí nadie se salva. Por eso hay que vigilarlo como si fuéramos un Dr. Jekyll con su correspondiente y oscuro Mr. Hyde. La primera autoridad que hay que poner en duda es la propia, porque es la hegemonía más peligrosa de todas. Y digo todo esto con la convicción de saber lo delicado que es estar demasiado segura de algo.




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