Venezuela y el oportunismo de los chantas

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Es sabido que las redes sociales se convierten en el Festival de los Chantas cada vez que un evento, crisis, o polémica está en permanente PALESTRA, como diría un panel de farándula. También es sabido que Chile ha devenido de país de poetas en país de columnistas, cuyo espíritu de posesión de verdad se despliega como bomba de racimo en Twitter y Facebook.

Desde la semana pasada, cuando se conoció de la muerte de tres estudiantes venezolanos, de pronto todos los chilenos con acceso a Internet se presentaron como vastos conocedores de la situación política y social de aquel país, de su historia y de su geografía más allá de las canciones de Ricardo Montaner y el extinto programa de humor “Bienvenidos” (¡y se divertirán, ta-ta-ta!).

Es así, como a partir de fotografías mulas y una animadversión clasista hacia el “ridículo” Nicolás Maduro, se expandió la tirria antirrevolucionaria por el mundo, impulsada por una explosiva sensibilidad con “los estudiantes”, órgano al que miles salieron a defender como si se tratara de una obligada solidaridad gremial. Es esa concepción funcional del movimiento estudiantil (Si en Chile SIRVE para conseguir la educación gratuita, en Venezuela SIRVE para sacar al gorila Maduro) la que rechazó con fuerza la Fech a través de una declaración pública. Con ese texto, la Federación señaló una realidad para la que al parecer la aún despolitizada sociedad chilena no está preparada: Los movimientos sociales son políticos, no procesiones corporativas.

La liviandad del análisis de moda, que con la premisa de la democracia liberal como tope ideológico no concibe la complejidad de un proceso revolucionario -en que los poderosos intereses de la burguesía se ven amenazados por el sometimiento popular-; condena todo lo que no tenga que ver con las normas establecidas como guión moral por los medios internacionales, editoriales influyentes y el sentido común neoliberal.

El neoliberal sentido común del país, que camina de la mano con grandes grupos económicos, la explotación mediante flexibilidad laboral y concesión de la riqueza pública; no acepta que los manipulados Derechos Humanos en Venezuela -reducidos a “libertad” de expresión en favor de la oposición a un gobierno- se salgan de la plácida estructura de la que gozan en Chile. Placidez que está garantizada por la asumida opresión de una clase sobre otra, la mayor desigualdad en el mundo de países en perspectiva de desarrollo, y la nula presencia de medios de comunicación antagónicos al modelo, que –por cierto- tengan posibilidad de influencia en la toma de decisiones.

Es decir, la pregonada inalienabilidad de los Derechos Humanos sólo es tal cuando es funcional a la estructura de la explotación neoliberal.

Así, por ejemplo, es repudiable para quien no acepta una efectiva disputa de poder, que el gobierno venezolano haga uso de sus facultades constitucionales para revocar licencias a medios que juegan un rol decidor en la batalla que se está dando por evitar la desestabilización del Ejecutivo; pero no es repudiable que una gran parte de los trabajadores chilenos no tengan contrato y para efectos de atención en salud lleven la etiqueta de indigentes.

Porque, claro –dirán-, primero está la “libertad de expresión”, manoseado concepto cuya original nobleza hoy está convertida en acción política y principal instrumento para socavar la en ejercicio autodeterminación de un pueblo. Pero, ¿Saben los Raúl Shor en 3G que en Venezuela hay más prensa opositora que oficialista? ¿Les exaspera que en Chile no existan canales de televisión opositores? ¿Les indigna que no haya un medio influyente que cubra el caso del confeso infiltrado de Carabineros en la Araucanía? Si esa “libertad de expresión” existiera en Chile como instrumento de acción política, el Director General de Carabineros habría sido el primer conminado a renunciar tras el infrahumano caso del detenido que murió olvidado en un carro policial, en Rancagua. Pero no, la acusada “falta de libertad de expresión” en Venezuela es una violación de Derecho Humano más grave que aquella tortura con resultado de muerte.

La posibilidad de tratar esa muerte más allá de la anécdota, o de interpretar la segregación educacional chilena como profunda violación del derecho humano a educarse, no existe en el mundo de fantasía liberal construido en las mentes críticas de las redes sociales, en los columnistas escandalizados y en los dirigentes políticos sinvergüenzas.

Para ellos, ilusos por conveniencia, los medios opositores de Venezuela permanecen inofensivos cuando estalla la lucha de clases y la disputa de los medios de producción. Los ilusos por convivencia, omiten que en realidad los medios se convierten en trincheras al servicio de objetivos políticos.

Y esto, sin contar la patudez de los chilenos que intentan dar cátedra de democracia y libertad, desde un país cuyos ejes vitales los rige una Constitución elaborada por una de las más cruentas dictaduras, en el más fraudulento proceso constituyente de nuestra historia.

Y esto, sin contar la ignorancia respecto a que un factor clave en la situación venezolana es el carácter caribeño propio de su cultura, que a nuestros institucionales y sobrios ojos se presenta como el más sórdido día de Macondo.

Y esto, sin contar con que todo proceso revolucionario tensiona al máximo las contradicciones de un país de clases; choque reforzado por el vacío dejado por la muerte de un líder y la dura tarea de estabilizar un modelo. Choque agitado por la más que evidente vocación golpista de un lote de dirigentes que aunque vestidos de progresismo y socialcristianismo, ya fueron protagonistas en el golpe de Estado de 2002, condenado por la comunidad internacional sólo después de la heroica defensa del pueblo.

Estas son cuestiones que, claro, los consumidores de conocimiento sintético no considerarán para el sistemático ejercicio de sus juicios simplones, imbuidos de ideología burguesa, y del tratamientos de los Derechos Humanos como cartas en un juego de poker.

Mejor, dirán los especuladores, que Venezuela vuelva a tener el 60% de pobreza (antes de Chávez) en lugar del 20% actual, y que pierda su calidad de ser uno de los países menos desiguales de Latinoamérica. Ambas realidades miserables de los 90, motivaron el ascenso del chavismo, cuando el venerado carnaval de libertad televisaba cualquier frivolidad, menos la exclusión de los trabajadores desgraciados, actores secundarios que hoy luchan por conservar sus conquistas.




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