Soy de San Bernardo y no soy delincuente

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Entre San Francisco y Los Morros, avenida de San Bernardo que este fin de semana fue trending topic en Twitter, microbasurales cortan sin disimulo veredas asediadas por interminables blocks rojos. Son departamentos enrejados hasta en sus más pequeñas ventanillas, distribuidas en cuatro pisos por lo general. Son edificios arrojados al olvido, al polvo imperante de verano y al barro frío del invierno. Son viviendas sociales construidas desde fines de la década de los 80, por la dictadura militar, hasta el Medioevo de los 90, en pleno gobierno democrático.

Su población originaria está constituida mayoritariamente por pobladores provenientes de erradicaciones de campamentos realizadas en varias comunas del gran Santiago, algunas céntricas; las que en su promisoria ruta al desarrollo no concibieron la permanencia de sus habitantes más pobres.

En síntesis, las decenas de miles de chilenos que viven en el sector oriente de San Bernardo son el símbolo de la ruta elegida hace treinta años por el poder político para dar forma al nuevo Chile, ese sin conciencia obrera, ese donde la segregación iba a ser el carácter fundacional.

En Los Morros, el olvidado gueto cuyo símil urbano se halla en el mediático Bajos de Mena de Puente Alto, la pobreza se empina por sobre el 30% -el doble del 14,1% chileno-, y se vive en carne propia el 5,8% de indigencia comunal –según la última encuesta Casen-, lejano también al 2,8% nacional anunciado el año pasado por Joaquín Lavín.

Ocde
Ocde
basural

Allí, en Los Morros, la desigualdad del país no se expresa en marchas de todas las marchas, en el discurso de la izquierda intelectual, ni en petitorios universitarios. La miseria, se vive en todo segundo, en el temor a las balas locas en las noches, en la distancia ridícula del centro de Santiago y hasta de la misma comuna. En la falta de locomoción colectiva, en las levantadas a las 5 de la mañana para llegar a trabajar a Vitacura por el sueldo mínimo.

El olvido de la Patria, se vive en las esquinas copadas por flacuchentos pastabaceros que matan por 500 pesos; en las pensiones de los abuelitos; en las listas de espera para operarse; en las techumbres enclenques de casuchas que colindan con las ratas; en la invasión de botillerías versus la ausencia de farmacias.

Vía Satélite
Vía Satélite

El escupo que Chile tiró en la cara de esos miles de chilenos que aparecen en las noticias sólo cuando una barricada despierta el interés de un editor, vive, olvidado, en la lucha diaria de profesores mal pagados, quienes en lugar de enseñar a multiplicar tienen como primera misión evitar golpes, curar puñaladas y tratar de comprender el tortuoso drama de niñas abusadas en su casa, de adolescentes embarazadas por tercera vez con apenas 17 años.

El escupo que Chile tira a ese extenso barrio cada vez que un noticiero central lo cubre como agente de delincuencia, se expresó, por ejemplo, en la última PSU, en la que San Bernardo ocupó el puesto 93 entre los colegios municipales, con un promedio de tristes 419 puntos, los que no alcanzan ni para soñar en una matrícula. 419 puntos, que se sienten humillados cuando la polémica del momento, lejos de su marginalidad, es si a la Universidad Católica le corresponde un trato igualitario respecto a las universidades del Estado. 419 puntos, 184 menos que los 603 obtenidos por Providencia, e inservibles para cualquier tipo de beca.

En Los Morros con Lo Blanco; en la población Angelmó, se sufre a toda hora la situación terminal de la salud pública, sistema que atiende al 86% de los 285.272 habitantes de la comuna. En el Hospital El Pino, donde lograr horas con especialistas es una proeza, donde alcanzar camas para hospitalizaciones es un lujo, donde las mujeres se desmayan, enfermas, tras esperar diez horas una atención; respira el alma de Chile, el país admirado por el mundo que rompe récords de habitantes vacacionando –como dijo Piñera-, que crece al 6% y que está a punto de inundarse en salas de cine, patios de comida y festivales tipo Lollapalooza, para el que una entrada vale casi la mitad de un sueldo mínimo.

Camino al Desarrollo
Camino al Desarrollo

Esa pobreza se extiende a otros sectores de San Bernardo, como Santa Filomena de Nos, cuyas calles de tierra no califican para la Ocde; como 5 Pinos, población atrapada entre la línea del tren y el narcotráfico; como la misma línea del tren, en cuyas laderas se instalan aún media-aguas azotadas por el viento de las máquinas. Ese es el San Bernardo que no conoce el chileno medio que despotrica contra “los flaites de mierda”. Ese es el San Bernardo que omite el notero de televisión que se espanta con las piedras arrojadas en el Día del Joven Combatiente, “que lejos de una conmemoración política, es dominado por el lumpen que sólo causa destrozos”. Yo me pregunto, ¿Con qué moral se puede criticar “en vivo y en directo” la acción inconsciente de un adolescente que sale a prender fuego a la basura que hiede en su esquina? ¿Con qué autoridad intelectual se puede juzgar a un púber que sale de su casa, absolutamente desprotegido de educación, o de un tratamiento de salud, a entregarse a la pasión del despojo? No obstante todos estamos de acuerdo en que tirar una molotov a una micro con pasajeros es un crimen sin justificación; Chile no tiene ni un centímetro de moral para condenar piedras lanzadas, porque la ausencia de la pretendida paz es la consecuencia directa, no metafórica, de la miseria construida. Chile sabe perfectamente de dónde viene la irracionalidad. No hay derecho al espanto.

DIOS MÍO
DIOS MÍO

Yo soy de San Bernardo y no soy delincuente, como tampoco lo son los vecinos de Los Morros que con hidalguía -y lejos de las cámaras de televisión que se acuerdan de la comuna cuando llama un femicidio-, trabajan en silencio en la millonaria industria del retail, que lleva décadas evadiendo impuestos mediante el FUT. No soy delincuente, como tampoco los jornales y maestros que viajan temprano a las lujosas obras en construcción que recibirán a las emergentes clases medias, esas que superaron con creces los 419 puntos en la PSU que se obtienen en la educación privada.

Tampoco son delincuentes las asesoras del hogar, las señoras del aseo, los comerciantes ambulantes, los niños del cuarto básico C del colegio Valle de Lluta, o los cabros que tuvieron que dejar el colegio para ayudar a la mamá a parar la olla. Delincuentes tampoco son los que, independiente la presencia o no de conciencia política, testimonian en las calles el manifiesto de Chile: la desigualdad grosera.

Soy de San Bernardo y no soy delincuente, porque soy del San Bernardo que se crió con las acequias, con el fresco cerro Chena en primavera; con los viejos de la liga de fútbol de Nos, con la tercera infantil del club Huracán. Soy del San Bernardo que se dio el primer beso en la Casa de la Cultura. Porque el que no se ha enamorado en la Casa de la Cultura no es de San Bernardo. Soy de los que vieron tocar a Nos Independencia en la sede de los scouts de San Alfonso; y al Peñe Teñe hacer reír frente a la Catedral.

¿Queris pololear conmigo?
¿Queris pololear conmigo?

Soy de San Bernardo y no soy delincuente, porque soy de la población obrera que alojó a los trabajadores de la Mestranza, la más grande de Sudamérica. Porque soy de los que iban a la fiesta de la chaya, cada febrero en la Plaza de Armas. De los que fueron al teatro de Arturo Prat con Victoria; de los que se curan en el Tertulia y almuerzan en el Pom Frit. Los que bajonearon en el Corbata y tienen a sus muertos en el Cementerio Parroquial, o en el Sacramental de Padre Hurtado. Soy el Molino, el Club de Rayuela y los perros de la Plaza Guarello. Las viejas esforzadas de La Portada y los estudiantes que han hecho una vida esperando la 201e, el Pullman o el extinto Expreso 24. Soy una de las mil cuecas de abril, una fonda del 18 chico, y un puesto de la Feria Artesanal en el Estadio Municipal.

Porque todo eso soy, porque todo eso somos, el orgullo no se apaga ni con veinte insultos discriminatorios, ni con prejuicios ni estigmatizaciones mediáticas. Y si para muchos ser sambernardino hoy es una épica, no es más que el reflejo de la imagen de Chile, país donde los pobres luchan por su dignidad en el anonimato, y aparecen en portada sólo como protagonistas del destrozo. Destrozo que no planificaron.




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