Un país conchesumadre

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Qué es ser chileno en Chile. Pueblo aislado, frío aunque el sol arda en el alma de adoquines tristes. Tierra seca, aunque temporales azoten sin piedad botas humildes en poblaciones solas. Pueblo parco, aunque disimule con payasos que exageran en la esquina; o con fiestas interminables en calles vacías. Grito alcohólico de réplicas y alertas de tsunami que ya nos dan lo mismo.

Así es Chile, tierra amarga, cercada del mundo por una bestia blanca, impávida, que amenaza con estruendosas cumbres a los prófugos. O con venirse encima en forma de barro y muerte. Chile, invierno eterno de necesitados de sábanas, de ávidos de ternura, de provincianos fragmentados y huérfanos de carnaval. País de sobrevivientes, arrojados por el destino a hacer humor con la desgracia, mientras las arrugas se clavan en los ojos de los viejos, más conscientes que el resto de su silencio fundacional. Un silencio fraguado por llamas gigantes que no se han cansado de faltarles el respeto.

Ser chileno en Chile es nacer refugiado, para luego trascender junto a una estufa, acosada por limones quemados que evitan el hedor a parafina. Es abusar de teles nuevas y la zapatilla del momento, a ver si el brillo producido en serie azuza al chiquillo que no conoce más allá; a ver si pagar en cuotas entretiene lo suficiente antes que la siguiente evacuación rote el rumbo de la vida. Ser chileno en Chile es despedir al muerto con el mejor de sus recuerdos, el del luchador que abrazó el padecimiento. Es vivir condenado al “nobleza obliga”, actitud que driblea con la astucia, siempre reservada por si acaso un cataclismo. Por si acaso una traición. De mares, bosques o compadres.

Ser chileno en Chile es luchar contra el recuerdo del espanto y la inmediatez de la derrota; sensaciones tatuadas en las frentes, siempre altas y sinvergüenzas. Frentes acostumbradas a recuperar balones perdidos en el mediocampo; y a recolectar alimentos no perecibles. Frentes de rodillas ante Dios y de pie ante los jiles.

Ser chileno en Chile es saber que antes de ganar, en el último minuto algo va a pasar. Es reunirse todos pero en secreto, para no espantar al cielo; para evitar que los perros le cuenten a la tierra. Es ser clandestino del mundo, rogando que no sepa que vivimos. Es ser caminante tibio en veredas grises, en cemento consciente de su anónima fatalidad. En ciudades sabidas de su discreción omnipresente. En la eterna fiesta de cómplices pasivos, de cobardes que se pasan a valientes y valientes que devienen en cobardes.

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Ser chileno en Chile es encontrar el arte en la mayo de un completo, el vigor en el condimento de una sopa, y el amor en lo ordinario. En lo más ordinario. Es freír hasta el hartazgo, es no cansarse de abrir marraquetas mañaneras, y adorar la bolsa del pan como si hubiera pertenecido a Cristo. Es viajar con gracia a la gordura, es reír con lo inexplicable y bailar a la mentira. Es echar la talla en un albergue, a ver si el ingenio apaga al fuego que los bomberos no pueden allá arriba.

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Ser chileno en Chile es ampararse en la lucha. Es encontrar el sentido en las agallas. Es tener las polleras bien puestas, atentas al abuso, alertas a la continuidad de la guerra. Ser chileno en Chile es ser chilena en Chile, es resistir desde el útero. Es vencer sólo si la victoria es de mujer. Es llegar a vieja con las manos en la tierra, con las uñas bien negras. Es vivir colgando de un cerro, sin más que un perro y una cocina. O en el borde de las olas, con el desierto a las espaldas y sonriéndole a la morgue.

Ser chileno en Chile es triunfar con la falacia. Es la gloria de lo austero. El orgullo chabacano. Y es también el lenguaje desquiciado. Frenético, todo en uno. Contradicción adictiva. Es el discurso serio y soslayado, un zigzag oficial. Es vivir por decreto, celebrando el absurdo e inventando los colores que la inmensidad de las fronteras ha prohibido a los ojos.

Ser chileno en Chile es ser pobre por naturaleza, vulnerable. Es pertenecer al reino del cinismo, de compatriotas que se retuercen de dolor por Valparaíso, mientras no se aburren de consumir morbo televisivo. Es pertenecer al círculo del descaro, ese que no se espanta con coberturas mediáticas que hablan de tsunamis y terremotos de fuego. Es vivir apuñalados por un Estado que entregó la planificación urbana a inmobiliarias mercanchifles. Es vivir en la farsa de un sentido común que disfraza de folclore a una de las ciudades más pobres y abandonadas de la patria.

Ser chileno en Chile es ser verdugos del fuego y de la tierra. Es elegir como casa un par de tablas combustibles, porque de lo contrario está la calle, donde casi no se vive. Es siempre conformarse con haber perdido todo, porque pese a haber quedado con lo puesto, “estamos todos bien gracias a Dios”, con dos manos y dos pies para volver a levantarnos. Trabajando. Con diez mil voluntarios de la mano. Con incontables hombros esperando a las mejillas hinchadas, humedecidas en lágrimas. Y seguir así, bien amigos, esperando el siguiente chiste. Hasta volver a convertirnos en el caprichoso sacrificio reclamado por qué se yo qué dioses. En el último minuto. Siempre. Porque somos un país conchesumadre.

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