Yo también quiero a Fernando Villegas fuera de Tolerancia Cero y de territorio nacional

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Fernando Villegas, chanta mayor de la República, cuán desagradables son tus semanales intervenciones en Tolerancia Cero, embriagadas de infantil deseo de figurar, de aberrante presunción de inteligencia y sabiduría histórica. Hoy vengo en declarar la muerte de todas tus mentiras, viejo loco, porque quienes tenemos un mínimo interés por el debate político estamos hartos de tus dominicales faltas de respeto hacia nuestro pueblo. Para tu pesar, ya se han develado todas tus estrategias retóricas; y ver tu performance discursiva hoy provoca más diversión que enojo de “las masas”, esas que insistes en denostar majaderamente en un intento por presentarte como el conservador de Chile. Título ilusorio, residente en verdaderos cracks de la retórica, como don Hermógenes Pérez de Arce, hoy dedicado al tema de los ovnis. De esa rama de valores históricos tú no eres, y es eso probablemente lo que más te duele y motiva a acrecentar las garras de tu arribismo. Te duele ser el chulo de los fachos, el Pilar Sordo del statu quo, un Dan Brown para Carlos Larraín. Te duele haber llegado a viejo como un conservador de bolsillo.

Pero tu ridículo no puede quedar en vano mientras haya una vieja solitaria o algún cabro pajarón que crea normales tus desvaríos de autoritarismo. Los tiempos que corren no se merecen tu presencia en medio de debates que marcan la agenda pública de la semana, y como necesidad patriótica, Noesnalaferia solicita formalmente por este medio tu salida de Tolerancia Cero y de territorio nacional.

Tal como Ascanio Cavallo se preguntará qué ridículo hace compartiendo tribuna en La Tercera con el autoproclamado “sociólogo” que no pierde oportunidad para mostrar sus mulas credenciales académicas, nosotros nos preguntamos con qué derecho los ejecutivos de Chilevision nos someten al insulto que este caballero en cualquier momento lanza a los oprimidos.

Pero no somos los únicos que hemos sufrido tus aullidos. “Colega”, osaste nombrar a Manuel Antonio Garretón, con el basureo de vuelta correspondiente (“No somos colegas, tú dejaste la profesión hace rato). Profesor conocido por quienes estamos desde hace rato en esto, le verseaste a Ricardo Ffrench-Davis, con quien, pese a estar situado en el extremo opuesto a sus pensamientos, no te atreviste a discrepar, amparándote en la admiración del aula. No te atreviste, porque te hubiera triturado. Pero a la hora de enfrentar a una mujer, y para peor sindicalista y comunista, las sonrisas sumisas no se repitieron y, al contrario, dieron paso a una violencia verbal que se presenta como estandarte de tu machismo. “Ella hizo su papel, y yo hago el mío”, dijiste después de la entrevista a Bárbara Figueroa, en la que te acusó de defender “intereses corporativos” por atacar a los funcionarios públicos en beneficio de los trabajadores privados.

“En el aparato estatal hay gente bastante floja que perjudica a los que son eficientes y se ven impedidos de subir, porque hay algún pelotudo que tiene contactos, y que tiene un contrato con todas las garantías que da el sector público”, acusaste esa vez, con ese característico estilo en el que mezclas garabatos tipo teleserie nocturna, disfrazados de irreverencia y osadía, con mensajes plagados de un abuso que nos toca a todos.

Pero el pelotudo eres tú, que aplicas el típico trato de patrón de fundo a los inquilinos rotos, pero presentado con el estilo chascón de la generación que convirtió en un valor “no tener pelos en la lengua”. Pelotudo tú, que te convertiste en ideólogo en las sombras de la generación CQC, que en los más miserables tiempos de la década de los 2000 pasó por “progre” en espacios mediáticos absortos ante tanto cara de raja que a punta de faltas de respeto continuó burlándose de los burlados de siempre: los pobres, las mujeres, los trabajadores sociales, los homosexuales, los mapuches y todo lo que huela a minoría.

Villegas, no eres un cobarde por arrastrarte ante todo agente de la petrificación de la opresión. Eres un cobarde por atrincherarte en palabras brutas y agresivas para atacar -sin argumentos más que tu arbitrariedad- a los que luchan por libertades en las que tú no crees, y así satisfacer tu capricho adolescente de ser el distinto, el atacado, el incomprendido del curso. También eres un cobarde por elegir con pinzas a quienes crees pueden caer en las redes de tu majadería: dirigentes estudiantiles con nulo manejo de las cámaras, candidatas presidenciales que evidentemente no han leído las citas que usas como golpes bajos, o portavoces de algún movimiento ideal para hacer un juicio moral. Como esa vez que frente a Pablo Simonetti declaraste que no te sentías cómodo frente a los homosexuales y que –según tú- este era un sentimiento que la mayoría de los heterosexuales chilenos compartían. Falaz.

También eres un cobarde por hacer pasar combos maleteros como razonamiento (como cuando acusaste a Daniel Jadue de “lamer calcetines de la familia Castro” en Cuba); efemérides como clases de historia; autoayuda como literatura; y canas como sabiduría. Cobarde, porque cada vez que menosprecias a “esto de los movimientos sociales”, cada vez que intentas ironías con Corea del Norte para deslegitimar a “las bases, ah, ahora todo hay que hacerlo preguntando a las bases”, lo haces a sabiendas de su sofismo. A ver si pasa, a ver si se cuela entre las víctimas de la ignorancia –cada vez menos- que te compraron el cuento del viejito intelectual musicalizado por Yann Tiersen cuando Chilevisión era pobre. Cobarde, por manosear hasta la inmoralidad a la pobre y triste palabra “entelequia”. Cobarde, por hacerte el que no sabes nada de fútbol en los enlaces con Felipe Bianchi desde Brasil, porque eres “intelectual”. De quinto básico. En síntesis, cobarde por hacer de tus arrugas un negocio, en un país donde las arrugas son sinónimo de pensión miserable.

Porque claramente no estamos solos, hoy las víctimas de tu abuso dominical nos hemos reunido para decirte hasta nunca viejo chanta, cumbre del roñoso autoritarismo que alguna vez copó la tele nacional, y que hoy se retira por el miedo de algunos a quedar como políticamente incorrectos, o por la sincera reconversión de los que cacharon que estaban en la vereda del totalitarismo. Oprobio de la palabra, infamia del “desencanto”, tenga usted también la bondad de irse a la conchasumare.




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