Por qué nos gusta Cristóbal Briceño de Ases Falsos

por Sebastián Flores



Sobre Sebastián Flores

Editor general de El Desconcierto.

Hay una banda de la que se habla mucho en las redes sociales y que se ha vuelto algo así como el emblema no solo de un segmento sociocultural, sino también de los tiempos que corren. El vocalista de esta banda suele vestir un buzo térmico -como el que nos ponemos los que no tenemos estilo para vestirnos-, tiene barba semi-marxista y a veces se le puede ver usando chalas Zico pirateadas (las originales hace varios años que dejaron de comercializarse). Tiene un corte de pelo varón tradicional, una mirada penetrante y un leve tartamudeo en su particular voz campestre.

Resistidos tanto por círculos de izquierda -donde son considerados apenas un sobrevalorado exponente posmoderno de la moda hipster- como también por ciertos nostálgicos del rock noventero -que no les cabe en la cabeza que se alabe tanto una música tan fome, “ni comparables con lo pulentos que eran Los Tetas”-, los Ases Falsos son en estos momentos la banda con mayor proyección en el estrecho circuito de la música chilena.

Pero tal como son muy resistidos por algunos, hay otros que les celebran hasta los peos: periodistas en general, periodistas musicales en particular, adolescentes de clase media/media-alta, universitarios a la moda, twitteros, intelectuales pop y militantes de agrupaciones progreliberales como Izquierda Autónoma o Revolución Democrática. Esta hinchada, tan homogénea socioeconómicamente, no duda en que no hay nadie sino ellos los llamados a tomar la posta que en los ‘80 comenzaron Los Prisioneros, en los ‘90 continuaron Los Tres y en los ‘00 se adjudicaron Los Bunkers.

Pero por sobre todo, la mayor opinión respecto a esta banda es ninguna, pues son amplios los sectores de la población que no pertenecen a ninguna de estas tribus urbanas y no saben de su existencia ni en pelea de quiltros. Por eso, y frente al naciente fenómeno histórico-musical que presenciamos, vale la pena preguntarse: ¿Quiénes son los Ases Falsos? ¿Quién chucha es Cristóbal Briceño y por qué tanto revuelo con este hueón?

Los Ases Falsos son la banda de moda. Acaban de lanzar su disco ‘Conducción’ (2014), el segundo de su discografía y el que al parecer les permitirá superar la frontera de la blogósfera para escalar hacia la anhelada masividad. El lanzamiento del álbum -que el día de su liberación en el sitio del sello Quemasucabeza alcanzó la inédita cifra de 20.000 descargas únicas- tuvo lugar en un repleto Teatro La Cúpula del Parque O’Higgins, recinto que estaba a su máxima capacidad y con entradas agotadas varios días antes del show.

El concierto, el más grande en la carrera de la banda, se convirtió en otro peldaño más hacia la consagración de un grupo que desde su álbum debut, ‘Juventud Americana’ (2012), viene dando que hablar en el periodismo musical tanto dentro como fuera de Chile. Dicha placa ha sido reseñada por respetados portales de música internacional como uno de los mejores discos de pop/rock en español de la década. En nuestro país, en tanto, varios críticos han sindicado al ‘Juventud Americana’ como un disco generacional, un disco que sin panfletos retrata como ningún otro el Chile post 2011. Y a Cristóbal Briceño -compositor, cantante, letrista, guitarrista rítmico, community manager y diseñador de flyers- como el más importante cancionista de nuestros días. ¿Será para tanto?

Cristóbal Briceño Aburto nace en junio del ‘85 en Santiago de Chile. Cristóbal es el primero de su familia en ser santiaguino, heredero de la migración campo-ciudad que a fines del XX aún seguía trayendo hijos de ex inquilinos y ex latifundistas a la capital en busca de oportunidades: mientras su mamá provenía de Villa Mañihuales (XI región, cerca de Puerto Aysén), su papá era oriundo de Copequén (VI región, cerca de Rancagua). Cristóbal, el capitalino, vivió una infancia/adolescencia al calor del comfort de la educación privada de esta ciudad -donde pasó por varios colegios particulares de elite, entre ellos el The Grange School- y de la ruralidad adquirida en sus constantes viajes al sur profundo. Viajes donde adquirió el temple necesario para afrontar la competitiva vida metropolitana.

Su escolaridad en colegios cuicos le hizo generar un inmenso resentimiento hacia el ser humano. En aquellos formativos años, Cristóbal fue forjando su desprecio hacia el entorno que le tocó afrontar, el cual lo llevó a nutrirse de una moral propia que más adelante lo terminaría de definir. Cuando salió del colegio y dio la PSU, el 2003, Cristóbal tomó la errática decisión de entrar a estudiar Dirección Audiovisual a la PUC. “Todo lo que se dice de la Católica es cierto: es más cuica que la mierda. La Católica es un 5° medio eterno auspiciado por un banco”, acuñaría al respecto en el futuro.

Pero esa decisión, al parecer errada en un principio, terminaría sellando su destino. En el patio de la Facultad de Comunicaciones, el 2004, conoce a Simón Sánchez primero y a Héctor Muñoz después. Se consiguen un batero, forman un cuarteto y con ello dan vida a una banda que parte haciendo covers a grupos de los ‘60, pero que muy luego crearía composiciones propias. El bautizo ocurre el 2005, luego de una convención tributo a los Beatles en el Teatro Novedades. El nombre que eligen, Fother Muckers, es una talla adolescente. Cristóbal, junto a sus nuevos amigos, está listo para lanzarse a la aventura de su vida.

A mediados de los ‘00, la escena musical chilena se nutría sobre todo de la moda gringa del garage rock de los Strokes, del naciente indie de Arcade Fire (que en un par de años sería la banda sonora del snobismo internacional) y del revival del brit pop sesentero de los Beatles y los Kinks. Eran los tiempos en que lo “cool” era el rock independiente. Primavera de Praga, Guiso o Teleradio Donoso, todas incipientes agrupaciones que iban a la comparsa de Los Bunkers -la última gran banda chilena que dejaron los sellos multinacionales antes de morir-, eran la movida que los vanguardistas periodistas musicales de la época se apresuraban en elevar a la categoría de imprescindibles. Mientras, afuera, en el Chile real, el pueblo se encaramaba en un nuevo proceso cultural al ritmo de los singles del ‘Barrio Fino’ (2004) de Daddy Yankee y del ‘Pal Mundo’ (2005) de Wisin & Yandel.

Paralelo a su proyecto musical, Cristóbal continúa un rato en Audiovisual, pero ya sin ninguna motivación. No le encuentra sentido a la educación basada en fotocopias de textos que en la práctica no sirven pa ni una hueá en la vida. Además, ya se ha echado varias veces el mismo ramo y está al borde de que lo echen de la Pontificia. En ese momento es cuando da el giro: dejará la universidad para dedicarse de lleno a la música. Tras tamaña decisión, se emancipa de la casa de su mamá y para subsisitir, adquiere los más diversos oficios: desde encuestador de pantys Moletto a mozo de focus groups.

De ahí en adelante todo es vertiginoso: las críticas a ‘No Soy Uno’ (2007), el primer disco de Fother Muckers, los sitúan en algunas radios del dial y reciben alabanzas en suplementos del duopolio, como la extinta Zona de Contacto, que les dio una publicidad inusitada para un grupo nuevo. Muchos acusaron esta gestión de prensa como parte del pituto forjado en Comunicaciones UC; sea cierto eso o no, la capacidad compositiva de Cristóbal es innegable y la valoración de su obra es sopesada en su justa medida

‘Justo y Necesario’ (2008), ‘Si No Tienes Nada Que Decir Entonces Calla’ (2009) y ‘El Paisaje Salvaje’ (2010) serían el derrotero que consagra a Fother Muckers como la 2° banda más importante de la camada rock dosmilera (detrás de los extintos Teleradio Donoso). Sin embargo, y pese a que ya tenían un respeto ganado en la escenita, eso no bastaba para dar el salto a las masas que tanto esperaban. Tienen una reputación decente, es verdad, pero de qué le sirve el respeto ganado si no se pueden traspasar los límites de las mismas tocatas con la misma gente en los mismos bares de siempre en Bellavista.

Superado el nuevo folk chileno (Camila Moreno, Nano Stern, Manuel García) y la nueva cumbia chilena (Villa Cariño, Guachupé, Juana Fe) que proliferó a fines de la década pasada, los ‘10 asoman con “el paraíso del pop” (Javiera Mena, Dënver, Gepe) como fenómeno mediático. Ajenos a dichas corrientes, los Fother Muckers sobreviven al deceso del rock independiente y se instalan no sin contratiempos en el nuevo tiempo.

Cansados de la mediocridad del periodismo musical y de la falta de espacios en los medios tradicionales, toman algunas decisiones que en cualquier otra banda serían suicidas: se van a vivir por un tiempo al pueblo de San Carlos en la VIII región (todos menos el guitarrista Héctor), dejan de dar entrevistas y arriesgan el prestigio ganado con la marca Fother Muckers cambiándose el nombre a Ases Falsos. Finalmente vuelven a Santiago, pero despiden al guitarrista Héctor Muñoz, quien pese a algunos ripios en la ejecución, era el espectáculo mayor en el show de la banda en vivo.

La muerte de Fother Muckers fue la apuesta final. La última oportunidad para probarse a sí mismos que podían lograrlo. El entonces baterista Martín del Real (ex guitarrista de Teleradio Donoso) reemplaza a Muñoz en las seis cuerdas y además se integran Francisco Rojas al teclado y Juan Pablo Garín a la batería. Con la nueva formación, ‘Juventud Americana’ sale a la luz. Un disco que exuda rock latino (homenaje total al rock latino, que vuelva), posee melodías gancheras y letras lo suficientemente impactantes para deslumbrar más allá del fan club de Fother Muckers. Desde aquí, el presente de Cristóbal Briceño y los suyos comienza a brillar en serio.

Uno de los mayores atractivos de Briceño son su originalidad, su autenticidad y su aparente ausencia de pose. Esa capacidad para huir del facilismo discursivo lo ha llevado a ser considerado una figura que seduce más allá de su faceta únicamente musical. Y esto porque Briceño, un hueón sumamente inteligente, sabe que el pop es una de las armas más poderosas que existen para instalar un discurso. Y desde el pop se ha preocupado de construir fortalezas a su alrededor. Desde el pop ataca, desde el pop se defiende, desde el pop dispara.

Desde el 2005 que Briceño se obligó a sí mismo a inventar una canción a la semana. Una disciplina propia de un deportista que ha rendido el fruto necesario para vivir casi únicamente de su carrera musical. Gracias a eso, hoy tiene la friolera de más de 120 canciones publicadas entre los Ases Falsos, los Fother Muckers y sus bandas satélites: Los Mil Jinetes y Las Chaquetas Amarillas.

Si hubiera hecho su carrera en los ‘90 -con los sellos trasnacionales fichando y financiando bandas a diestra y siniestra, con la Rock & Pop tocando toda clase de nuevos grupos, con los suplementos musicales que los diarios del país se obligaron a incluir frente el boom del “nuevo rock chileno” y con el MTV Latino como vitrina para toda la América hispanoparlante-, Cristóbal Briceño probablemente sería más grande que Álvaro Henríquez o Beto Cuevas y se posicionaría apenas un peldaño debajo de Jorge González. Sería admirado por los mismos que hoy reivindican la cultura noventera y se olvidan que todo aquello fue producto de inmensas campañas de marketing que posicionaron un discurso juvenil apolítico desde la música.

O quizás no, porque todo lo que Cristóbal Briceño es, todo lo que los Ases Falsos son, es producto del periodo histórico, del espíritu de esta década y de la anterior. De una juventud que vivió la transición desde la infancia (donde los operaciones del FPMR, el Boinazo del ‘93 o la democracia tutelada por Pinochet hasta el ‘98 eran apenas el escenario de fondo de una dulce infancia repleta de cultura pop) y que no vislumbró la oscuridad del periodo hasta cuando grandes (porque en ese entonces estábamos muy ocupados jugando tazos y Super Nintendo, admirando a Oliver Atom y a la dupla Za-Sa, viendo Sailor Moon y Cachureos). De una juventud que abrazó la posmodernidad porque no le dejaron otra opción y que el 2006 y el 2011 tomó al futuro por las astas, aún cuando no tuviera muy claro qué camino quería transitar.

Quizás Briceño no habría triunfado en los ‘90, porque eso habría significado ser pusilánime. Y no es que este hueón sea particularmente un sujeto político (de hecho, muchas de sus letras y de sus cuñas demuestran cierto desencanto con todo tipo de proyecto colectivo), pero hay algo en su propuesta artística que deja ver el resentimiento a una transición que nunca fue tal. Quizás no es tan de izquierda (quizás sí), pero tampoco le pidamos peras al olmo. Si al final su gracia es que el eufemismo y la cobardía no existen en sus textos, lo suyo es una convicción y una frontalidad que antes sólo se había visto en el pop con Jorge González.

Si es que aún no ha triunfado a nivel masivo es porque los espacios de difusión musical en Chile son escasas y su aparición en tele, radio y diarios aún es marginal. Pero el grupo sigue creciendo, por la misma vía en que se hicieron famosos Los Prisioneros: por el boca a boca de sus seguidores, quienes pese a pertenecer a un nicho social que se mira todo el tiempo el ombligo, les desea el mejor de los éxitos en el llamado “mainstream”.

Y Briceño, que sueña con que su música suene en el dial FM justo después de una canción de Chayanne y antes de una de Virus, está trabajando duro para huir de ahí. Para gustarle a tu papá y que grabe un compilado en CD donde entre medio de ‘Otra Como Tú’ de Eros Ramazzotti y ‘Emergencia de Amor’ de Laura Pausini esté también ‘Simetría’. Para que tu hermana chica, además de meter ‘Candy’ de Plan B y ‘Get Lucky’ de Daft Punk, incluya también ‘Pacífico’ en su reproductor de MP3.

Hay que sopesarlo con distancia aún, pero Briceño tiene todas las condiciones para situarse como el representante de la juventud americana de hoy. Para bien y para mal. Sin embargo, a Briceño no le interesa representar a nadie, pues siempre ha planteado la necesidad de que cada hueón se represente a sí mismo, que eso es lo que nos salvará del abismo. Briceño se sabe tercermundista y desde ahí crea: sus canciones suenan simples y a ratos con sonido amateur, pero envuelven una ética tan poderosa que al final lo otro es lo de menos, un escollo fácilmente superable (como bien lo logran en el muy bien producido ‘Conducción’).

Briceño prefiere enchular una Squier Telecaster -la más rasca de las guitarras- que tocar con una Fender Stratocaster -la más pulenta de las guitarras- (“para qué vamos a sonar como Emilio Estefan, no nos corresponde”, ha dicho). Briceño llama a no votar porque la democracia representativa es una cueva de ladrones de la cual no quiere ser parte. Briceño cuenta historias desde el punto de vista de un paco (‘Fuerza Especial’), desde los perros de las marchas (‘La Sinceridad del Cosmos’), desde un niño asesinado por bullying en el colegio (‘Séptimo Cielo’) o desde Osama Bin Laden (´Tora Bora’). Briceño apaña la lucha de clases, pero repudia los métodos del pragmatismo político. Briceño reivindica, pero sobre todo desprecia.

Briceño viene a desmitificar los sentidos comunes que nos gobiernan y desde ahí nos provoca: nos retrata, nos hace pico y después nos obliga a tomar partido frente a él. O nos gusta o nos carga, no hay medias tintas. O nos gusta porque nos hace sentir que es uno más de nosotros con su estilo de vestir y de hablar o nos carga porque cuico culiao abajista. O nos gusta por sus honestas líricas y sus amigables melodías o nos carga porque puta que son fomes y desprolijos en vivo. Como sea, lo que pensemos sobre él da lo mismo, porque aquí nos tiene escuchando a su banda y escribiendo sobre su persona. Y aunque muchas veces tengamos discrepancias discursivas e incluso políticas con él, en realidad pa qué estamos con hueás: nos gustan caleta los Ases Falsos, nos gusta caleta Cristóbal Briceño.




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