Metro de Santiago, no nos veas la cara

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

La imagen de señoras cansadas al borde del desmayo y de las lágrimas, suplicando que “por favor abran las puertas” después de media hora atrapadas en la oscuridad de los túneles de la línea 5, no sería tan conmovedora si esas mujeres no hubieran tenido que pagar 80 pesos extras al momento de abordar el tren, tras quizás cuántas horas arriba de una cuncuna del transantiago. Pegada a otros sudados trabajadores, por cierto.

El dolor de los cincuenta mil que el miércoles pasado llegaron tarde a sus casas sin poder conversar con sus hijos, debido a un corte de luz que se pudo evitar, no se puede reparar con el despido del gerente de mantenimiento de la empresa estatal, ni con las tallitas que ayudaron a pasar el mal rato y que fueron muy bien cubiertas por Meganoticias (le diremos así llámese como se llame ahora, porque en nuestro corazón siguen siendo Meganoticias).

El dolor no se puede reparar porque la herida, que también comparten los otros 500 mil que se quedaron sin servicio en la línea 4 el miércoles de hace dos semanas, se vuelve a abrir en cada uno de los cinco trenes que deben dejar pasar en las mañanas, al borde de un andén que ya se ha olvidado de pedir piedad. Mientras, algunos guardias de amarillo te desean buenos días, intentando hacer más llevadera una labor que atestigua en cada hora punta el atropello a los derechos ciudadanos en que se ha convertido andar en el Metro de Santiago.

Y si al sexto tren tampoco pueden entrar tus extremidades (ni mucho menos tu mochila), tu rabia piensa que ya no se trata de un problema de frecuencias, sino de moral. De una moral que implementó hace siete años un sistema de transporte en superficie, al lote y sin respeto (transantiago), que sobrecargó el otrora orgullo transporteril de Chile, y aniquiló lo que cuando niño era hasta un paseo: ir de estación terminal a estación terminal respirando vías de desarrollo. Desde ese aciago 2007, nos mamamos ser dos millones y medio de pasajeros diarios, metidos de a 5.5 por metro cuadrado. Un insulto a la proxémica.

Viva la Proxémica
Viva la Proxémica

Es un problema moral, porque cuando las noticias te notifican que ahora no podrás llevar tu maletita cuando te den ganas de ir al litoral central (para lo que la estación Usach es sagrada), piensas en por qué los peces gordos que se han podrido en plata durante las últimas tres décadas no financian mediante impuestos una línea 1 paralela, que sería la solución más común que se le ocurriría a cualquier cristiano que no necesita trabajar en el Dictuc UC para decirlo.

Problema moral, porque los guardias que andan con revólver se suben a retarte si estai sentado en el suelo, aunque el vagón vaya vacío. Y uno se pregunta, pero y dónde me voy a sentar, si sacaron el 80% de los asientos para que en las mañanas entre más ganado. Problema moral porque no sólo te retan, ¡te sacan un parte!

Problema moral, porque tras ocho años de funcionamiento no se han dignado en corregir ese trecho que queda entre el tren y el andén de las líneas 4 y 4a, donde perfectamente podría quedar atrapada una guagüita o el mismísimo chico Zaldívar (no se ría si es verdad/ homenaje a pan con caca). Pero si ese problema se registrara en Los Domínicos, no tenemos dudas que se solucionaría ipso facto. Es el mismo trato preferencial que se le dio a la extensión de la línea 1 al sector cuico cuando se decidió hacer un túnel, opción que mandaron a guardar a San Ramón, La Florida, La Granja y Puente Alto, conocidas mundialmente por tener el metro por arriba, con todas las implicancias de crimen urbano que ello concierne: división de comunas que ya están divididas del centro por una discriminación brutal. Gracias Metro, por enrostrarnos nuestra poca capacidad de lobby en cada estación que con sus diseños futuristas tapan el sol a familias que viven en blocks. Las estaciones del cuiquerío, en tanto, están semivacías en las mañanas: sus residentes han salido en auto, ocupando un solo asiento de camionetas gigantes, y perjudicando el flujo de micros que ya no pueden echar más seres humanos arriba.

Y esto el Metro lo sabe. Como sabe que en la extensión de la línea 2 construyó estaciones que son un atentado al arte. En general, eso pasa en todas las nuevas estaciones que van a la periferia. Ver las latas que cubren los muros de El Parrón o Cementerios hasta baja la autoestima.

Pero la mala calidad en que ha devenido el servicio del Metro también ha causado perjuicios en el humor, ya que cada vez que queda alguna cagada los chistositos de Twitter insisten en compartir la foto falsa del metro de Sao Paulo atestado. Una vez da risa, ¿pero ochocientas?

Todo esto, claro, sin contar con los efectos secundarios de su funcionamiento, que lucha día a día contra millones de usuarios a quienes prácticamente trata como enemigos. Es lo que uno siente como afrenta cuando se acercan las 23 horas y te encuentras con que están cerrados los tres accesos a los que has caminado. Para mala cueva, siempre el que está abierto es el que te queda más lejos. Las puertas a medio cerrar, por su parte, hacen que te sientas robando. Qué desagradable.

Para qué decir, también, el aporte al cáncer de pulmón que constituyen los Lucky mula que venden a luca y media en Los Héroes y otras estaciones. Para qué meter más leña al fuego recordando esos momentos en que en las boleterías hay cinco cajeros trabajando, pero atiende uno solo mientras el resto echa la talla, lo que está bien, pero no con una cola de 15 personas atrasadas. Todo esto lo ha generado el hacinamiento, que debe tener chatos a esos pobres empleados.

Lo mierda en que ha llegado a ser el andar en Metro, que incluso nos mueve a muchos a usar micro aunque se demore todavía más, genera actitudes asquerosas en la gente que cuida su espacio como perros, aka esas viejas que se ponen en la puerta como si fueran porteras, dejando espacios vacíos hacia el centro; todo para no quedar atrapadas a la hora de bajarse. Esa actitud vieja culiá, que a todos se nos sale de repente, es una directa consecuencia de que cinco trenes se burlen en tu cara cuando no puedes entrar. Todo buen ánimo tiene límites.

Quizás la culpa no sólo la tiene el Metro, ni mucho menos Fatmagul. La culpa es del Estado, que ha construido una ciudad sin ningún respeto por la comunidad y sus individuos, y ha dejado la expansión urbana al criterio de privados que se han llenado los bolsillos con conjuntos habitacionales y condominios levantados a la CTM, que convierten otrora tranquilas calles en cuellos de botella impresionantes. Los usuarios del Metro, en tanto, pasan a ser simples peones de un modelo de transporte neoliberal, en donde tal como los trabajadores tercerizados, deben atenerse al maltrato porque no tienen otra salida para sobrevivir. Pero quizás no diríamos con tanta fuerza que este maltrato nos da asco, si a los ejecutivos de la empresa no se les hubiera ocurrido anunciar que ya no podremos andar con “bultos” (como si los estudiantes que viajan a regiones lo hicieran por gusto), en la misma semana en que una grieta producida en un riel por falta de mantenimiento, estuvo a punto de matar a cientos de compatriotas si un tren se hubiera descarrilado. Metro de Santiago, por favor no nos veas la cara. Seremos hueones, pero no tanto.




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