Homenaje a Los Prisioneros antes del Corazones

por Piars



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Por Piars

Es maravilloso que se vuelva a hablar de Los Prisioneros. Y no de las peleas mediáticas, de que Claudio dijo, de que qué dijo Jorge, de que Miguel no dijo nada. No. Es genial que se hable de su música y de lo que fueron. De lo que siguen siendo hoy, a 30 años de los tambores de “La Voz de los 80”, el disco que llegó a cambiarlo todo.

Porque Los Prisioneros son pueblo. Porque su historia es una de las más bonitas de la historia de la música chilena. ¿O no es precioso que tres amigos del liceo que tenían casi nada a su favor hayan cumplido un sueño que en sus condiciones era impensable? ¿O en el 2014 es ser francamente ridículo reivindicar el soñar? ¿Twitter se reiría? De más que sí.

Te caigan bien o mal a ti que estás leyendo esto, hay que reconocer que lo que compuso Jorge González ha dicho más del Chile del último tiempo que mucha sociología. Y es bacán que en la actualidad, esa obra esté teniendo el respeto que se merece. No siempre lo tuvo: que González y las drogas, que es resentido, que es desafinado, que esas canciones avergüenzan a la academia. Argumentos de poquito peso, a decir verdad. De poco si se observa la trascendencia de esas canciones vociferadas. Hoy en día, quien cuestiona la magnitud de la obra Prisionera, quien se hace el chistosito o quiere quedar como sabihondo, queda como pollo. Porque la historia hace justicia, más temprano que tarde. Y la injusticia diaria, la desigualdad y el maltrato infame que vivimos la mayoría de los nacidos en esta tierra que no nos protege, está demostrado que la herencia de Los Prisioneros es cada vez más fuerte. Las canciones que tienen veintitantos años están más presentes que nunca. Bonito por la trascendencia de esos tres flacos; vergüenza tiene que darle a la patria.

Lo anterior se refiere a cuatro discos: “La Voz de los ‘80”, “Pateando Piedras”, “La Cultura de la Basura” y “Corazones”. Como la juventud anda pegadísima con Corazones y se lo cantan y bailan desde Tren al sur hasta Es demasiado Triste, y varios DJs estarían encantados de ponerlo de principio a fin sin hacerle ni una remezclita que sea, mientras se rascan la guata (#Quevuelvanlosflojos), vaya un homenaje a los tres primeros: esos donde residen la rabia, la adolescencia, las grandes preguntas del Chile que no entiende que pase tanta cosa que no debería ser así.

“La Voz de los ’80”, de 1984, es un manifiesto de las ideas que en ese entonces tenía Jorge González, quien como sabemos, siempre fue el principal creador de las canciones (y del discurso) del grupo. Este es el disco del “deber ser” según González. Las canciones son aleccionadoras sobre el uso de drogas, la conducta en fiestas –y el solo hecho de asistir a alguna-, etcétera. Este “deber ser” también se define por negación. La crítica a ser poco directo (“Nunca quedas mal con nadie”), a la actitud pasiva, contraria a lo que demandan los nuevos tiempos (la impresionante “La Voz de los ‘80”, y la conmovedora “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”) y la frivolidad de aquellos nuevos tiempos (“Mentalidad televisiva”). Hay que ir de frente, hay que rebelarse contra el imperialismo y “aprender a decidir”, hay que tomarse en serio el mundo y la época en que vivimos, hay que, hay que…

“La Voz…” es un disco que exige tomar partido. Es un disco que irrumpió los 80s ordenados a la fuerza rompiendo con todo ese orden precario. Llega gritando, es un adolescente que desafía las opiniones de los grandes en la mesa. Así se podría personificar a “La Voz…”: como un pataleo. Pero qué sobresaliente pataleo, considerando la corta edad de su ideólogo: ¿sabían ustedes que la mayor parte de estas canciones Jorge las hizo en el liceo, y el resto en el único año que pasó por la universidad? Cuando terminó de grabar el disco, recién celebraba su cumpleaños número 20.

De ahí viene el “Pateando Piedras”, de 1986. El año decisivo. Este es un disco donde las canciones aparecen más punzantes, más políticas. Es un disco que lleva la crítica un poco más allá, pero también la profundiza. Con dos años más de crecimiento y experiencias, el set de 10 nuevas canciones de Los Prisioneros apuntaban a un enemigo concreto. Queda atrás lo abstracto del nunca quedar mal con nadie, porque quienes aparecen acá son los ricos que, ¿por qué lo pasan tan bien, y a costa de todos los demás (nosotros)? ¿Con qué derecho? Ellos reciben los dardos gonzalianos, ya lanzados con una puntería mejorada y sobre todo, con intención. Y no son solamente “los ricos”: “Pateando Piedras” señala por primera vez los problemas concretos del país: la educación segregadora de colegios para ricos que pueden ser lo que quieran y de colegios para pobres que están condenados a no ser nada (“El baile de los que sobran”), la cesantía desesperante (“Muevan las industrias”), y otros más de idiosincrasia como la identidad nacional (“Independencia cultural”), el esnobismo (“¿Por qué no se van?”), el egoísmo y la avaricia (“Quieren dinero”). Radiografías de la sociedad de fin de siglo que también dan cabida a los conflictos personales (“Estar solo”, “Exijo ser un héroe”, “Por favor”). A la angustia de transformarse en un adulto, al miedo a las relaciones de grandes, a la injusticia de no tener lo que se merece. “Pateando Piedras” dice todo lo peor de Chile, lo que sigue pendiente por cambiar.

Y, ya que estamos acá: vaya un repudio total y categórico a la gente que con cuea ha escuchado “¿Por qué no se van?” y aseguran, muy sueltos de cuerpo, que González es un incOnsEkUeNTe!!1 por hacer esa canción y luego irse a vivir afuera, a México, Alemania, donde sea. Para que sepan, esa canción la hizo pensando en artistas cuicos (“y los indios no te entienden”), no en quienes hablan de lo malo de Chile. Un poquito de por favor. Llega a dar lata gastar espacio en este homenaje explicándola, si la canción habla por sí sola. Escúchenla y no se equivoquen ;).

Un sudaca en Europa es como un tomate aplastado por alguien.
Un sudaca en Europa es como un tomate aplastado por alguien.

Por último está “La Cultura de la Basura” (1987). Es el disco más oscuro de los tres. Si los dos discos anteriores, con toda la crítica que contenían, se podían bailar y se siguen bailando (cumpliendo así otro anhelo de la juventud prisionera: “que las canciones las bailaran en la discotec” <3), “La Cultura de la Basura” es para ponerse los bluyines y partir a votar por el No. Un disco valiente, que señala con el dedo al empresario abusador (“Usted y su ambición”), a los milicos (“Jugar a la guerra”) y que hace un llamado urgente a hacer algo (los impactantes 8 minutos de “Poder elegir”). El disco que emputeció al gobierno, con el que se ganaron la censura por ser “mala influencia para la juventud”, cuando lo que estaba haciendo era darle cara a la dictadura, más cara que la que cualquier músico presente en Chile estaba dando. “La Cultura de la Basura” es un disco generacional, con el que los cabros de esa edad se podían identificar; era el disco para los ex compañeros del liceo, para los de la U y los del barrio: “hay gente que está comiendo de tu no saber qué decir / su fuerza es la ignorancia de todos nosotros”. Si los discos anteriores son el diagnóstico y el análisis, este es la acción. Salgamos de la casa, hay que echar al tirano. Qué tan pensada fue (muy probablemente nada), esa sucesión lógica, tan emparentada con la madurez de González, es llamativa. Se dio muy bien.

Además de un homenaje a lo que eran Los Prisioneros antes de nuestro amado “Corazones”, esta es una invitación a redescubrir esa treintena de canciones que hacen que Los Prisioneros vivan para siempre en la memoria del pueblo chileno, en cada fogata, en cada radio, en los casetes de los papás. En tanto cabro como tú que lees esto pensando “puta la hueona fan, kÉ poCa ObJeTivIDaD”, pero que cuando tenías 12 ó 13 años, entendiste a punta de “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos” lo que era la Patria Grande quizás sin haber escuchado ese concepto. Que tuviste tus primeras inquietudes de por qué este país está tan palacagá con “El Baile de los que Sobran” y que en el 2006 te tomaste tu colegio por negarte a terminar bailando y pateando piedras. Este homenaje es a la grandeza de esas canciones inigualables en esa capacidad de decir lo que hay que decir sin darse tantas vueltas; y es también un saludo a todos los jóvenes para quienes, antes que cualquier intelectual enseñado en la universidad, tuvo la música de Los Prisioneros como primera formación política.

Cuando todavía eran unos escolares sin mucha idea de qué iban a hacer con “el futuro”, Los Prisioneros soñaban con ser famosos en todo el mundo, “y en otras galaxias si era posible”. Sabemos que no lo lograron, porque su historia no es de los rockers de verdad. Ellos sacaron adelante su proyecto sin millones, endeudados por años por instrumentos, como el grueso de este Chile que se endeuda para vivir. Por sus canciones, Los Prisioneros se hicieron inolvidables.




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