Bombazo en Escuela Militar: Cómo pueden ser tan miserables

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

¿En qué cabeza cabe matar o herir a gente trabajadora? Más allá de la indagatorias policiales que esclarecerán los motivos y redes detrás de la explosión producida esta tarde en un local Juan Maestro de Las Condes, a metros de la estación de Metro Escuela Militar (donde circulan 120 mil personas diariamente, trabajadores provenientes desde los sectores más esforzados de Santiago para acudir a sus trabajos en el sector oriente), sorprende cómo es posible que en Chile se haya producido tal nivel de miseria.

Más terrible aún es el hecho de que los más afectados de los seis heridos por la detonación de un extintor con pólvora negra -que pudieron ser decenas de muertos-, fue el personal de aseo del recinto comercial Subcentro. Es más, una de esas trabajadoras perdió un dedo y permanece herida de gravedad en la Clinica Las Condes. La pregunta es, si es que la explosión tiene orientaciones ideológicas, ¿en qué desgraciada mente cabe la posibilidad de creer como un avance para las disputas populares la mutilación de un compatriota? ¿quién restituirá la dignidad y capacidad de trabajo a esa persona que perdió una extremidad? Cómo pueden ser tan miserables con quienes pueden ser sus madres. Cómo pueden ser tan insensibles con señoras que no han pegado ojos por sumar los pesos que alimenten a sus críos, que den luz a sus casas y educación a sus hijos. Quién borrará las lágrimas de ese esposo obrero, de esos vecinos consternados.

Una señora del aseo, conchetumadre, una leona que no descansa pasando la escoba por el sueldo mínimo. Marta Hernández Ancapán, de 61 años, jubilada y pensionada, obligada a trabajar hasta la ancianidad porque su pensión no le alcanza. A ella, sustento económico y emocional de su familia, mutilaron y dejaron en riesgo social estos enemigos del pueblo; ignorantes supremos de las condiciones materiales que afligen a los explotados, e ignorantes también de la lucha consciente de quienes por la vía del trabajo o la movilización exigen cambios de sistema.

Hijos de puta, esos dedos no sólo se los desprendieron a esa abuelita que acababa de llegar a su trabajo, cuyo turno empezaba a la una y terminaba a las nueve; se los quitaron a las madres y vecinas que se tragan el asco cuando tienen que recoger sus papeles desde el suelo; o que han recibido durante décadas miradas por sobre el hombro de los que, tal como los bárbaros que pusieron la bomba, no entienden lo que significa el trabajo. Qué impotencia no haberlos tenido al frente, cara a cara, y ver si les daban las agallas.

Hoy Chile siente dolor cuando atestigua a lo que han llegado algunos de sus ciudadanos, provocando terror en trabajadores y mutilación en una señora que no es sino nuestra historia de sufrimientos, luchas, derrotas y conquistas. Hoy Chile llora, espantado; pero lo hace ante lo que el mismo país ha sido capaz de producir, porque quedarse sólo en el shock es hacernos los tontos y querer tapar el sol con un dedo. Porque esa deformación de “organización” presumiblemente ideológica es la consecuencia de haber fomentado una sociedad enferma. No son casualidad los niveles de depresión, estrés y locura que azotan a Chile, con cifras record en el mundo. No es casual que un tonto crea que ayuda al pueblo aplastando a viejos pobres. La locura es una arista más del sustentar la vida de 17 millones de personas en comercio, tarjetas de crédito y acciones en la bolsa. Ese dedo de menos que hoy se verá una mujer al despertar es la responsabilidad de todos los que concesionaron todo lo que se podía concesionar, sin calibrar el daño psiquiátrico que ello implica en un pueblo que se queda sin cimientos valóricos que justifiquen su unidad. Es la responsabilidad de quienes apostaron por formar una patria de plástico y cristal. Hoy nos duele Chile más que nunca en los últimos años, pero pedir que se acabe sería cobarde. No hay palabras. No hay reparo para los heridos.

A esto se suma el rastrero ataque del domingo a un periodista que cubría la marcha en conmemoración del 11 de septiembre en el Cementerio General. Ataque a un profesional de la prensa, que incluyó rociamiento con bencina de la misma forma que se atacó a Rodrigo Rojas de Negri y Carmen Gloria Quintana, dos de los casos más graves de violación de los mismos derechos que estos bandidos conmemoraban. ¿Qué vendrá después? ¿Virginia Tech, balacera en la Maratón de Santiago? Da miedo comparar estos crímenes con el terrorismo esquizofrénico que se ha vuelto habitual en Estados Unidos. Da miedo al comprobar detalladamente que la siquis nacional ha hecho posibles estos actos tras la ejecución de una guía de desarrollo que ve en la cultura comercial gringa su paraíso estructural.

Porque no hay “guerra social”, si es que esa es la motivación de quienes perpetuaron el atentado; ni argumento alguno que soporte este vil crimen. Hoy como Feria hacemos el repudio más enérgico posible, porque con las señoras chilenas sí que no se juega. Cómo pueden ser tan miserables.




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