Repudio a la caña moral

por Farruko y Richard Sandoval



Sobre Farruko y Richard Sandoval

Por Farruko y Richard Sandoval

Fieles a nuestro compromiso político con el bienestar del país, y luego de unas devastadoras celebraciones por el 18 de septiembre, desde la Feria queremos aportar desmenuzando uno de los peores momentos en la vida del ser humano, ese que tras noches enteras tomando terremoto te ataca hasta este preciso momento. Hoy repudiamos infinitamente ese estado de culpa, incertidumbre y paranoia mezclado con náuseas y vómitos mañaneros que el saber popular bautizó tan certeramente como CAÑA MORAL.

Una de las tesis fundamentales de Noesnalaferia es que el copete es uno de los hitos fundadores, alma y ser de nuestra patria. Una pilsen heladita pal calor, un destilado pa calentar el cuerpo en invierno, un tinto pa la carne y un blanco pa acompañar el mariscal; “tomémonos unas chelitas pa conversar”… Para qué estamos con cosas, hoy más que nunca en Chile cualquier cosa es justificación para chupar. Y no precisamente para degustar finos licores, sino para beber lo que sea hasta bailar arriba de la mesa, caerse de la mesa, witrear la mesa y luego dormir en ella. Esto, si antes no se desarmó para ocupar sus patas como “defensa personal”, concepto que al chileno le encanta, por cierto.

En cualquier caso, la jarana en sí no es un problema en el momento mismo. La noche da para todo y el estado etílico eufórico nos convierte en expertos bailarines, audaces seductores o boxeadores profesionales. Eso al menos hasta que volvemos a la realidad al día siguiente.

Así es, pues luego de una noche (o varias) de incesante webeo, uno despierta de la bonita fantasía con el consiguiente malestar corporal, que no es mayor achaque. Con la boca seca, uno se levanta y empieza a recordar la hermosa jornada: harto copete, buenas minas o minos, bailé harto… sí, lo pasé bien. Se despierta el resto de los que dormían al lado en el piso y comienzan las primeras señales de alarma: conversando sobre la noche nos empezamos a dar cuenta que hay ciertos momentos que no recordamos para nada. En realidad, no recordamos la mayor parte del carrete. Conchetumare. Emerge el remordimiento.

Esto ya dejó de ser una simple caña. Se está convirtiendo en una caña moral. El rasgo más distintivo de este horrible momento es el hecho de estar a merced de lo que otros digan de ti, lo que precisamente sucede cuando se nos apaga la tele. Comienza la paranoia. Pero todavía no está todo mal, puede ser que hayas sido un curao simpático, hayas bailado ridículamente o te hayas ido a acostar solito temprano. Se mantiene esa esperanza hasta que empiezan a aparecer otras señales más alarmantes: La gente recién levantada te mira extraño. Parece que se ríen de ti. Otros te miran con cara de odio. Conchetumare. Conchetumare. Se acrecienta el remordimiento.

La coronación de todo es cuando un amigo, o peor, un no tan amigo, te dice algo así como “oye la vendiste anoche” o “la cagaste weón”. Dios mío, qué weá hice. La cosa decanta en lo peor si en el carrete estaba el/la ex, o una persona con la cual existe tensión amorosa-sexual. Comienza la esquizofrenia. Chucha, ¿le habré dicho algo? ¿Me la/lo jotié asquerosamente? Si llegas a la casa, te conectas a Facebook y tienes mensajes con puteadas, amigos que ya no son amigos o -lo peor- mensajes de los amigos de esa persona especial diciéndote que la cagaste y que vales callampa, esto ya es definitivamente una caña moral. Ahora, si hay mensajes de quienes no son tus amigos en Facebook; es decir, que te buscaron especialmente para increparte o pedirte explicaciones, más vale que comiences a llorar.

Empieza entonces la penosa, vergonzosa y lastimera empresa de reconstruir la noche. Hablar con amigos e incluso -más vergonzoso aún- con gente conocida para preguntarle qué hicimos, si nos vio hacer algo indebido, o qué sé yo. Todo estratégicamente para no decir más de lo conveniente ni acusarte solo. Como ya señalábamos, estamos a merced de lo que el mundo diga de nosotros, sin ninguna posibilidad de discutir o rebatir todo lo malo que podrían decir de uno, lo que hace de la jornada post-carrete algo aún más penca.

La caña moral ya se manifiesta en todo su esplendor. Y cuando ya sabemos todas las cagadas que nos mandamos, tras reconstruir la noche casi a cabalidad, será todo un día en el cual nos sentiremos la peor escoria del universo, y nos diremos una y otra vez lo mierda que somos y por qué tomamos tanto si ya sabemos cómo nos ponemos. Pensaremos que todo el mundo está comentando nuestras estupideces y que nunca más podremos mirar a los que estaban en el carrete a los ojos. Sólo nos queda confiar en el olvido y dejar que el tiempo sane las heridas. Mientras no sanen, tu mamá te seguirá preguntando por qué no quieres almorzar.

Eso con la caña moral extendida o paulatina. Existe también la caña moral de choque, esa de despertarse abrazados -o derechamente desnudos en una cama- con una persona indeseable o que no conocemos, o en una casa distinta a la que estábamos, o recordando inmediatamente todo lo malo que se hizo. En este caso la caña moral pasa directamente a la fase de lamento y auto-flagelación mental.

Ahora, si la noche estuvo muy loca, incluso puedes despertar con personas de tu mismo sexo, situación a la que nunca te imaginaste podías llegar. “No, si no pasó nada”, te repetirás, tesis que se va a la mierda cuando de la nada ese pinche inesperado te comienza a jotear vía redes sociales. Lo bueno es que la secuencia de cañas morales se pueden convertir en una buena ocasión para salir del closet heteronormativo. Ahora, si en el diario vivir usted se desenvuelve como un pusilánime homofóbico, en esos besos embriagados ha dejado al descubierto el por qué de tanta tirria.

Pero amigos, siempre hay esperanzas. Lo mejor que puede pasar ante la caña moral es no hundirse solo, y esto sucede cuando no fuimos los únicos en cagarla. Si ante la reconstrucción de la noche ya nos dimos cuenta que fuimos lo peor de lo peor, todo puede subsanarse si más gente cayó en lo mismo. En ese caso, las responsabilidades y ridiculeces se diluyen en la masa, y la noche pasará a la historia como una locura colectiva. La otra luz de esperanza es cuando hicimos las de quico y caco, pero hay otra persona que fue aun más lejos. En ese caso toda la atención póstuma se dirigirá a ese/a desgraciado/a y todo lo hecho pasará piola o a lo más será una talla con los amigos.

Porque todos pudieron haber esta recordando momentos incómodos, con los ex compañeros de la U, de la pega o del colegio, por ejemplo; pero es uno al que se le escapan los tarros y comienza a sacar trapitos al sol, a exigir disculpas de peleas que llevaban ocho años guardadas en el corazón, multiplicando su rencor en cada aniversario. Ese, el que de la nada alza la voz para recordar líos de faldas nunca resueltos, es el que será sindicado por todos al día siguiente como el gran desubicado. Penitencia: no se le invitará a la próxima cita del curso, aunque todos piensen lo mismo que él dijo cuando el alcohol de más acabó con toda inhibición.

Pero existen cañas morales aún más vergonzosas, esas que no tienen ningún argumento ni justificación posible más que la ridiculez y la desubicación. ¿Hay algo peor que haber sido el payaso de la noche? El hazme reír que despierta con picos dibujados en la frente, el que es etiquetado en videos donde aparece en pelota haciendo rutinas eróticas dignas de ser denunciadas por el Tío Emilio, para un público que, mientras avanza en el flirteo y en conversaciones interesantes, ríe a rabiar con cada interacción del showmen o showwoman de turno. Ante esta caña moral, todos van a querer que vayas a la siguiente junta, pero el que no va a querer ir eres tú, que te has puesto como nueva meta en tus relaciones sociales no ser más objeto de burla, sino de sincera amistad 🙁

No obstante este vergonzoso caso, que podría ser calificado como versión adulta del bullying, hay una versión aún más desagradable y desatinada: El weón que se dedicada toda la puta noche a hablar de política, en círculos que no está abiertos a tal situación. Y es que no es sólo la revisión de la agenda semanal, que qué te pareció la bajada de la confech, o si apruebas o no un acuerdo por equis reforma. No, es hinchar argumento tras argumento, falacia tras falacia, intentando convencer al resto para que piense como tú o peor, y más chanta, intentando demostar a tus amigos del barrio cuánto sabes de tal cosa desde que eres militante. A ti no sólo no te van a invitar más, por latero, a ti te van a comenzar a odiar. Porque no hay nada peor que la fomedad desubicada. Penitencia: diversificar tus temas.

Pero bueno, el consejo de la Feria si estás en alguno de estos casos tras las fiestas patrias será: evitemos la caña moral, compañeros. Ese horrible momento no se lo damos a nadie, por lo que llamamos a tomar con responsabilidad, pasar las llaves y andar siempre con amigos confiables y solidarios que lo salven a uno de hacer el ridículo. Si la caga, pida disculpas, arregle la situación y procure no volver a hacerlo. O, si no le da la cara para pedir disculpas, juraméntese honestamente no volver a tomar ese trago que lo pone loco y lo lleva a hacer barbaridades. Así todos podremos seguir disfrutando de la fiesta por los siglos de los siglos. Amén.




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