Homenaje al Feminismo

por Mauricio Diaz



Sobre Mauricio Diaz

Por Mauricio Díaz

Siéntese como señorita. Asuma como hombrecito. El jumper cuatro dedos sobre la rodilla. Llorar es de maricones. A esa hueona le falta pico. Corra como hombre, no como maricón. ¿No le gustó andar abriendo las piernas? Le pasó por maraca. Un caballero no tiene memoria. Una dama en la mesa y una puta en la cama. Está bien que sean homosexuales mientras no me hagan nada a mí. Por qué tienen que ser tan locas, si son hombres. Es lesbiana porque todavía no conoce al hombre indicado. El aborto es un asesinato de un ser inocente. Pero quién la manda a andar en la calle tan tarde y a vestirse así.

Desde chico crecí escuchando todas estas frases. Algunas de ellas en la casa, muchas de ellas en el colegio y en la calle. Otras en el negocio de la esquina, en el supermercado, en la plaza, en las casas de mis amigos. De manera inconsciente y silenciosa las fui incubando sin terminar nunca de explicarme el porqué de esos enunciados. Crecí sabiendo, gracias a la repetición constante de esas lecciones, que ser muy masculino era valorado socialmente, y que por eso era normal que me gritaran “maricón” cuando caminaba por el pasaje, que me silbaran o que me marginaran por no jugar fútbol y por no tener polola (porque era mi deber tener una polola, como un accesorio para mostrárselo a los amigos y a la familia, como una extensión del pene). Lo asumí y lo interioricé como algo natural, sin quejarme, haciendo como que no me importaba, sin nada más que poner una mala cara de vez en cuando. Crecí sabiendo, también, que un hombre como yo podía comerse a muchas mujeres en un mismo carrete y ganarse la admiración de sus pares, mientras que una mujer que hacía lo mismo se hacía mala fama: de maraca, de fácil, de puta. Entre sus amigas y también entre los hombres.

Crecí sabiendo todo eso y nunca me hizo sentido. Sabía que había algo que no cuajaba, que todo eso que se me había enseñado como normal no podía ser normal. Me parecía ilógico que estas y otras injusticias incluso más graves (como las brechas salariales entre hombres y mujeres, las diferencias entre los planes de salud, la doble jornada laboral de las mujeres, la imposibilidad de acceder a un aborto seguro y gratuito en caso de requerirlo, y muchísimas más) fuesen producto de tener pene o tener vagina. Esa explicación para mí no tenía pies ni cabeza.

La respuesta a todas mis interrogantes las encontré en una palabra: feminismo. El feminismo me ayudó a comprender que todas estas injusticias no son casuales, sino que forman parte de una estructura compleja que se ha construido históricamente y que sitúa a los hombres en una posición de poder y privilegios frente a las mujeres (y a todes les que no somos tan hombres): el patriarcado. Gracias al feminismo entendí por qué me gritaban “maricón” en la calle. Gracias al feminismo entendí por qué un hombre podía agredir sexualmente a una mujer y quedar impune. Gracias al feminismo entendí por qué se culpaba siempre a la víctima y nunca al victimario. Y gracias al feminismo entendí que todo eso no es justo. Entendí que es violento y que hay que erradicarlo.

En una cultura que enseña a las mujeres a cuidarse de ser violadas, el feminismo enseña a los hombres a no violar. En una cultura que le dice a las mujeres que su mayor realización personal es ser madres, el feminismo promueve la libre elección sobre el cuerpo propio, la posibilidad de abortar en condiciones seguras y una maternidad protegida en caso de que esa sea la decisión autónoma de la mujer. En una cultura en la que la responsabilidad de la crianza recae sobre las mujeres, el feminismo extiende esa responsabilidad a toda la comunidad. En una cultura que enseña a las mujeres a vivir para complacer a un hombre, el feminismo les da la posibilidad de vivir para complacerse a sí mismas (o a otras mujeres) y de liberarse en comunión con las demás.

En una cultura que nos enseña a los hombres a maltratar a las mujeres, a dominarlas, a golpearlas, a humillarlas, el feminismo nos enseña a relacionarnos horizontalmente, a dialogar y a respetarnos mutuamente, porque ningún ser humano es menos válido que otro. En una cultura que nos enseña que debemos ser rudos, machitos, bien hombrecitos para nuestras cosas, el feminismo nos otorga la posibilidad de ser sensibles. Nos otorga la posibilidad de llorar sin avergonzarnos, de decirle “te quiero” al amigo sin tener que agregar un “hueón” o un “culiao”. Nos otorga la posibilidad, también, de ser más suaves en nuestro trato con las demás personas, sin que eso signifique necesariamente ser maricones (y si así fuese, tanto mejor todavía). En una cultura que promueve una masculinidad exacerbada, el feminismo nos otorga la posibilidad de ser fletos, de ser locas fuertonas, sin que tengamos que ser marginados por ello.

Por eso, homenaje al feminismo. No porque esté de moda como me ha tocado escuchar en incontables ocasiones, no porque quiera más mujeres en el poder, no porque quiera que Hermione Granger tenga el mismo sueldo que Harry Potter. Al menos a mí, no es ese el feminismo que más me interesa. Homenaje al feminismo porque el feminismo le sirve a mi mamá o a mis vecinas para liberarse, les sirve para comprender que su realización personal no está en atender a su marido sino en atenderse (en el amplio sentido de la palabra) a sí mismas. Homenaje al feminismo porque nos permite transformar nuestras relaciones sociales sobre la base de la solidaridad y el reconocimiento mutuo. En un país donde los asesinatos de mujeres pobres están a la orden del día, homenaje al feminismo porque le dice no a la cultura de la violencia. En un país controlado completamente por los empresarios y donde las marcas de clase están impresas en la piel, homenaje al feminismo porque le devuelve la esperanza a las mujeres pobres, a las mujeres indígenas, a las mujeres migrantes. En un país en donde “cara de nana” es un insulto, homenaje al feminismo porque dignifica a las empleadas de casa particular y les permite organizarse por la defensa de sus derechos. Como feminista, cola y pobre, le agradezco al feminismo por tanto, porque el feminismo nos trae de vuelta la tan preciada humanidad de la que este sistema voraz nos ha despojado.

anita500



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