Repudio a la Heteronorma

por Sebastián Flores



Sobre Sebastián Flores

Editor general de El Desconcierto.

Por Sebastián Flores / Ilustraciones por Antonia Roselló

Hace algunos años, en mi época universitaria, y por circunstancias netamente académicas, llegué a inscribirme en un curso libre de aeróbica. Habían más alternativas, claro, como fútbol o aikido, pero evité meterme a lo primero porque nunca he sabido jugar al fútbol (una de mis mayores tristezas en la vida, porque el fútbol me gusta más que la chucha) y a lo segundo me dio flojera porque había una opción, según yo, mucho más fácil. Esa opción era aeróbica.

Así que nada, le dije a la secretaria de estudios que me anotara en aeróbica, que sumara ese curso a los ramos del semestre. Apenas le revelé mi elección ella alejó la vista del computador por unos segundos, me miró a los ojos y levemente sonrió. Ahí comprendí que el temor que mantenía inconsciente tenía asidero en la superficie. Puta la hueá, obvio que cuando los cabros se enteren me van a huear.

Estuve a punto de arrepentirme tras el gesto de la dama, pero me mantuve estoico y pensando que tampoco era para tanto, que el de acá es un ambiente muy de izquierda, muy liberal en lo sexual (mas no en lo económico), que a lo más una tallita piola y que hasta podía sacarle provecho. ¿Por qué no? -me autoconvencía-, me servirá para obligarme a dejar la vida sedentaria, detener el avance de esta ponchera y hasta, en volá, descubrir una nueva afición.

Pese a tener su origen a fines de los ‘60 en el ejercito militar estadounidense, la aeróbica no fue popularizada sino hasta los ‘80 por Jane Fonda y sus “Jane Fonda’s Workout Videos”, cintas que estuvieron en lo más alto de los ránkings de venta y que, con una coqueta música electropop de fondo, estaban explícitamente dirigidas al público femenino. De ahí que en el imaginario del sentido común occidental, la aeróbica es asociada a lo femenino primero, y a lo frágil después. Una actividad física que se antepone, por ejemplo, a la virilidad del boxeo o a la hombría del rugby.

Homenaje a la Jane Fonda (repudio a la Yein Fonda)
Homenaje a la Jane Fonda (repudio a la Yein Fonda)

Así se expandió la aeróbica desde el imperio al resto del mundo. En nuestro país, el fenómeno no sólo ocurre en gimnasios (repudio a decirles “gym”), sino también en diversas jornadas dominicales organizadas por municipios en parques, plazas y juntas de vecinos. Allí, señoras y señoritas siguen por doquier a esbeltas/os instructoras/es al ritmo del ‘Taqui Taqui’ de Los Ilegales con el fin de detener los altos índices de colesterol y la falta de actividad física de nuestra patria. Da lo mismo si lo organiza la Municipalidad de Arica, de Quilicura, de Chillán o de Macul; los eventos siempre son un éxito entre las mujeres. Si algún varón se atreviera a aparecer siguiendo la coreografía, el chileno medio que observa el espectáculo no dudaría en catalogar de fleto al susodicho.

PATRIA
PATRIA

Fui a esa primera clase medio escondido, tratando de pasar piola y ojalá no encontrarme con nadie conocido. Sorteado aquel primer escollo, llegué al lugar donde se iba a hacer la sesión -una sala con un vidrio en forma de pecera que dejaba ver todo hacia el exterior- y mis suposiciones se confirmaron: yo era el único hombre entre 18 mujeres (sí, las conté una por una). En ese instante se me vino encima todo el peso de la división internacional del género: la aeróbica no es una actividad para los hombres, no te acerques allí porque puede que alguien te grite de lejos algo como “uyyy” o de plano “maricón”. Con el temor a ser víctima del bullying de otros congéneres, traté de ponerme entre medio del grupo para pasar más desapercibido. Pero aquello era una empresa vana: ahí estaba yo, en un territorio donde era un completo extranjero.

Ahí estaba yo, con unos shores cortos a lo Carlos Humberto Cazsely 1967-1986, una sudadera azul y un cintillo negro para domar el pelo. Ahí estaba yo, entre medio de minas con mallas apretadas que no conocía y que, me daba cuenta, me miraban de reojo. Me miraban con curiosidad, así como tratando de cachar cuál era el motivo que me llevaba hasta allá. O quizás ni me miraban, pero yo sentía que sí, que obvio que me miraban y que ojalá no lo hicieran más, porfa, que ya estoy demasiado cohibido.

En el rato antes de que llegara la instructora me mantuve mirando el piso con mucho rubor, con ganas de irme y arrepintiéndome de todo. No me atreví a socializar y me acordé de los Trágame Tierra de la Revista Tú que compraba mi hermana, aunque también me acordé de la sección Confesiones de la Revista Cosmopolitan que leía cuando acompañaba a mi mamá a la peluquería.

unnamed

Ahí estaba yo cuando llegó la instructora junto a su radio y un compilado en CD con canciones de Cher, Aqua y The Chemical Brothers, entre otros. Se pone al frente, se toma unos instantes para observar al nuevo grupo curso y, por dos segundos, detiene sus ojos en mí. Luego de eso, dice la frase que motivaría todos mis cuestionamientos posteriores en torno a la heteronorma que nos gobierna: ¡buenos días, chiquillos!

¿Chiquillos? ¿Por qué chiquillos? Cerca del 95% de las integrantes de aquella clase eran mujeres; pero aún así, mi sola presencia bastó para que todo este grupo, las 18 y yo, el único hombre, fuéramos chiquillos y no chiquillas. El único hombre -un hueón cagao de miedo por estar en una situación que creía no le correspondía- era el que definía si el grupo era masculino o femenino. Y eso, sinceramente, me parecía no sólo algo errado desde la lógica más básica, sino también una injusticia mayúscula.

Fuera de toda teoría post-feminista y ajeno a cualquier lectura de los textos de Judith Butler o Simone de Beauvoir, fue en ese momento cuando se me pasó un poco la vergüenza y surgió algo así como una inquietud que al final se transformó en una indignación frente a todo este sinsentido. La clase comenzó y empecé a seguir una rutina de movimientos coreográficos que no creía estuvieran creados para mi sexo -y que, por cierto, cada vez se volvían más complicados-, pero a esa altura yo ya estaba entregado a dicha escena y, de pasada, cuestionándome cosas que mi estrecha mente no intelectualizada no había logrado comprender hasta entonces.

Por ejemplo, me puse a pensar que la sociedad siempre ha estado hecha a la medida de nosotros, los hombres heterosexuales, y que absolutamente cada ámbito de nuestras vidas está gobernado por la heteronorma (concepto que conocí gracias a mis amigas feministas). Que el idioma español es absolutamente machista y que está muy mal que si hay mayoría de mujeres no se refiera al grupo humano como “chiquillas” sólo para no hacer sentir mal al varón (porque claramente no hay nada peor que ser asociado al supuesto sexo débil, por algo insultamos a los hinchas diciéndoles zorras, madres o monjas, porque no hay nada más denigrante que ser mujer).

O pensaba, mientras sonaba ‘We Like to Party!’ de Vengaboys y nos llevábamos las manos a las caderas para hacerlas girar en 360°, que casi tan denigrante como ser mujer es ser homosexual. Por eso cuando se les queda abierto el Facebook a nuestros amigos escribimos “hola, me gusta el pico y que me lo metan por el chico”, porque obvio que ser gay es una talla muy chistosa. O que se haga tan difícil revelar que alguna vez hemos tenido experiencias sexuales entre hombres porque quizás qué imagen se hagan de uno, porque ante la sociedad uno es un macho hecho y derecho. O que aunque nos encante decir que tenemos un amigo gay para hacernos los progres, aún así es muy raro que un heterosexual y un homosexual seamos mejores amigos. Porque buena onda y todo, pero siempre aparece una barrera implícita que no nos permite vivir una amistad íntima, por más a favor que estemos de las causas de género y diversidad sexual.

Al final, uno llega a la conclusión que ser mujer o ser hombre es un imaginario más que cualquier otra cosa, una representación mediada por patrones culturales derivados del patriarcado (otro concepto que me presentaron mis amigas en la U, un besito para ustedes). Y nosotros, varones heterosexuales que cabalgamos sobre dicho patriarcado, aplicamos día a día miles de microinjusticias de manera casi inconsciente (aunque, lamentablemente, no pocas veces es de manera consciente). Cuando de una u otra forma ejercemos una posición de jerarquía a partir de nuestro género y/u opción sexual, cuando -por ejemplo- nos sentimos con el derecho de piropear a una mujer en la calle sin ver el violento acto que hay detrás de aquello, o cuando nos reímos y festinamos con el degradante humor homofóbico de comediantes como Mauricio Flores y su personaje de Tony Esbelt en Morandé con Compañía.

Después de la primera clase -donde, por cierto, terminé molido- no asistí más a aeróbica. Más que nada porque el pudor de ponerme en cuatro y levantar una pierna hacia adelante y atrás con ‘Toxic’ de Britney Spears de fondo fue más grande que mi problema. Pero me quedó claro que de nada sirve la guetificación de los discursos que sólo identifican a los grupos afectados o a ciertos grupos de elite intelectual si en la práctica, en el cotidiano, seguimos oprimiendo y siendo oprimidos al mismo tiempo. Porque la heteronorma está tan intrínsecamente arraigada en nosotros que el primer paso para superarla es reconocerla en nuestros más minúsculos y cotidianos actos.

Por eso no sólo es necesario replantear el absurdo de las convenciones de género, sino también darnos cuenta que la forma en que nos obligamos a vivir nuestra masculinidad desde ciertos patrones no sólo es opresivo para con las mujeres, los transgeneros o los homosexuales; sino que también, aunque en menor medida, nos afecta a nosotros, los zorrones heterosexuales que tenemos que comernos muchas minas y sacarle la chucha a todos los culiaos para validarnos como hombres (o biohombres). Y no po, como dice la Beatriz Preciado, “existe una tensión -aunque sea inconsciente- por adecuarse a lo que se supone que es femenino, masculino, a la heterosexualidad o la homosexualidad”; y la verdad es que no podemos ni debemos restringirnos al binarismo, la naturaleza no es así de fome. No todo es blanco o negro, hay millones de grises y rosados y azules y naranjas entre medio.

Beatriz Preciado, ídolo (googleenlo)
Beatriz Preciado, ídolo (googleenlo)

O como dijo la injustamente vilipendiada Emma Watson en su discurso cuando estuvo en Talca (no, mentira; lo dijo en la ONU): “si los hombres no tuvieran que ser agresivos para ser aceptados, las mujeres no seríamos sumisas; si los hombres no tuvieran que controlar, las mujeres no serían controladas. Tanto los hombres como las mujeres deberían tener la libertad de ser sensibles. Tanto los hombres como las mujeres deberían tener la libertad de ser fuertes. Ha llegado la hora de que percibamos el sexo como un abanico, no como dos ideales enfrentados”.

Se te defiende primero y después se te critica
Se te defiende primero y después se te critica

Pretendo volver a meterme a algún curso de aeróbica en alguna parte. Más que como un acto político de resistencia, porque me parece una entretenida y eficiente forma de quemar calorías y en realidad fue súper ahueonao no seguir yendo. Ahora, eso sí, si hay mayoría simple de mujeres (la mitad más una) voy a exigirle a el/la instructor/a que cuando se refiera al grupo no nos trate de chiquillos, sino de chiquillas. Como corresponde.

Ilustración 2




32 comentarios sobre “Repudio a la Heteronorma”