Homenaje a Pituca sin Lucas

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

En la historia de la teleserie chilena, desde su origen moderna –por lo que incorpora la problemática social y territorial en sus guiones-, siempre la lucha de clases fue un factor decisivo para el éxito; mediante la representación de sentimientos populares, el cariño logrado por personajes típicos de la cultura nacional, y la comunión de la clase trabajadora para salir adelante frente a las dificultades impuestas por el poder. Así fue como Juan del Burro, el Toro Mardones, Peyuco o Los Pincheira lucharon para hacer de sus pueblos de ficción sociedades más justas. Desde el lado del mal: la corrupción de los políticos (Federico Valdivieso, el gobernador de Rapa Nui, Mister Clark), el tráfico de influencias (Oro Verde, Fuera de Control, Marparaíso y Cerro Alegre) y la discriminación (Montini, Puertas Adentro). Eso, claro, en la historia de las teleseries de las 20 horas –fundamentalmente las de TVN- que en 2006 encuentran el fin de su época hegemónica-; y no en las nocturnas que desnaturalizaron el esquema de reunión de un país para pasar a ser espejo del arribismo y la psiquis de la vida ABC1.

Con el estreno de “Pituca sin Lucas”, la primera teleserie de Kena Rencoret –directora de “Amores de Mercado” y todas las del segundo semestre del canal público desde los 90- en Mega, se volvió a apreciar el modelo de teleserie de espíritu cohesionador, que interpreta las aspiraciones y frustraciones del momento cultural de la masa para mostrarla en un relato coral; con múltiples personajes representantes de los distintos dramas etarios que someten al Chile de hoy. A diferencia de Pobre Rico, sitcom de 2012, “Pituca sin Lucas” supera el esfuerzo mínimo del humor de clase para abordar grandes temas con una alta inversión de producción.

¿Cuáles son los temas que hacen de esta teleserie una digna expositora de su tiempo, según lo visto en el primer capítulo? La historia comienza mostrando la ostentación y el vacío espiritual de una clase alta que vive en otro mundo, y que lejos de sufrir los problemas de los abonados a Fonasa ni siquiera los conoce, escondida en su gueto de riqueza. “¿Cuál de las dos amorosas me va a traer el desayuno a la cama y rapidito que tengo que ir de compras?”, les grita la abuela de la mansión Risopatrón, Lita, a las dos nanas con delantal que la miran desde debajo de un balcón. Luego, Tichi (Paola Volpato), la esposa abandonada por su esposo millonario, sufre el embargo de sus sillas de caoba, el remate de su refugio en la Parva y de las casas de Pucón y La Dehesa; tras lo cual se lanza a descender bellamente desde el trono de la opulencia, comuna por comuna, preguntando el precio de las propiedades a arrendar. De 450 lucas sólo en gastos comunes en un edificio de Vitacura, pasando por una casona de un millón mensual en Providencia, las ambiciones terminan reduciéndose en un emocionante cruce de fronteras marcado por el histórico traspaso de Plaza Italia, La Moneda (punto simbólico de la protesta pos 2011), hasta llegar a una casa pareada ubicada al lado de una estación de Metro. Todo, no sin antes toparse con una 210 en la Alameda.

La escena del estético descenso a la periferia, en la que por primera vez se escucha la canción de Carlos Vives que dice que nada volverá a ser como antes, no sólo marca la decadencia económica de una familia del 1%, sino que somete moralmente a ese 1% enclaustrado en la miseria de la endogamia. Es un juicio a quienes ven la periferia como un depósito de obreros con quienes nada tienen en común. La condena se comenzó a pagar en el momento mismo en que los Risopatrón -cuyo responsable financiero interpretado por Mauricio Pesutic se ha fugado-, son desalojados BPI mediante, lo que habla de la condición de delito que el guión le asigna a los lujos e ignorancia de la burguesía.

En el espacio contrapuesto al de esta clase, están los trabajadores del barrio al que llegan las pitucas, liderados por un dirigente social declaradamente comunista, lo que lo constituye en el primer protagonista de una teleserie militante de un partido político. Su convicción ideológica es tal, que bautizó a sus hijos-galanes-del-momento como Salvador (profundamente coqueto y mujeriego, y que tal como fue la UP, le pidió a su vecina que su estadía fuera cortita pero simpaticona), Gladys (incansable luchadora que se demoró dos escenas en enfrentar a su profesor y perfilarse como candidata al centro de alumnos, lo que de paso la convierte en la Claudita del siglo XXI), Fidel (que lo primero que hizo fue ofrecer su fuerza de trabajo para ayudar en la mudanza de las desgraciadas, además de democratizar la clave del wifi) y Ernesto (el niño nuevo, que ávido de aventuras revolucionarias no duda en ofrecer amistad a la niña cuica, aunque tenga que romper las reglas de las distancias subiéndose a la pared para señalar que en la vida no importa tener poca plata).

Centralismo Democrático
Centralismo Democrático

Manuel Gallardo (Alvaro Rudolphy), por su parte, no sólo es presidente el centro de padres del colegio municipal de sus hijos; sino que también es reelegido como presidente del sindicato del terminal pesquero donde trabaja. De seguro el dirigente social de dilatada trayectoria no ha llegado a la Cámara de Diputados porque la Constitución de Pinochet prohíbe que un dirigente sindical sea parlamentario 🙁

Luego del triunfo conseguido, Manuel agradece a sus votantes con palabras dignas de Allende en el balcón de la Fech el 4 de septiembre de 1970: “Vamos a luchar para que las condiciones laborales de ustedes sean más justas, vamos a pedir por un país más justo y un mundo más justo para nuestros hijos”, a lo que un presente responde “yo soy momio”. La politización de Chile llegó para no irse, y que tiemble la CPC.

Como dijo @HugoRosePlant en Twitter, “Peyuco revivió para ser presidente de un sindicato. El marxismo leninismo llegó para quedarse”. O como dijo @paltiwis, “Ingrid Cruz pasó de cuica Tottus (Dos por Uno) a vendedora de pescado”. La historia es cíclica y la lucha permanente.

Caso aparte es la choreza feminista de Ingrid Cruz ante la relación que Manuel prefiere mantener oculta; la transformación del actor de la CNI de “Los 80” a cola; la declaración de una niña cuica referente a que dormir en camarote es hacinamiento (que no se entere la cuestión social); y la frase de Chapu (Salvador) “la carne es comida para la burguesía, en esta casa nunca se abrirán las grandes alamedas para las hamburguesas, compañeros”, evidenciando un problema que no está en ninguna agenda parlamentaria: los pobres no comen carne porque no les alcanza para un bistec a $2500.

Homenaje a “Pituca sin Lucas” porque, desde el humor, es una teleserie que expone los clásicos arquetipos de identidad de clase como trincheras políticas, de derecha e izquierda. Homenaje porque en el transcurso de la obra, los cuicos, al conocer la realidad de los trabajadores, tendrán un profundo cambio de conciencia, entregando la moraleja de que los poderosos que se pudren en sus lujos deben sacarse la venda de los ojos para adquirir sensibilidad social, como ya lo hicieran San Alberto Hurtado y Felipe Berríos. Homenaje a “Pituca sin Lucas” porque al evidenciar identidad política cumple un rol histórico que probablemente habría sido televisado por el TVN de la UP con posterior libro en la Quimantú. Homenaje porque con la frase que Manuel Gallardo le tira a la Tichi en el segundo capítulo (¿Empecemos de nuevo?), luego de su ardua disputa en el episodio inicial, se declara oficialmente a las señoras que el nuevo ciclo político y social está en marcha.

Desaceleración
Desaceleración



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