Homenaje a las ampliaciones de los block, los palafitos de la pobla

por Arolas Uribe



Sobre Arolas Uribe

Por Arolas Uribe

Si yo supiera escribir poemas, los escribiría para los palafitos de Santiago. Esas pieza-ampliación que construyen los vecinos de los blocks de la población, que no tienen pasto ni jardines, de esa población donde no hay calles, sino pasajes con nombres de poetas, de frutas o de volcanes chilenos con fama internacional. Escritores y geografías lindas, que toda la vida nos han sacado pica, porque se sobran de su reconocimiento internacional, de aparecer en la tele por bellos y buenos, y no por feos, ladrones y violentos, como nosotros, un triste puñado de personas hacinadas en esas piezas flotantes, construidas con material ligero, pero con ingenio y necesidad densa.

Si yo supiera escribir poemas, se los dedicaría a esas casitas de vidrio, que de tan chicas todo es transparente y se escucha cuando el vecino le pega a la vecina y después toca a su hija, de pura ignorancia bruta de hombre maltratado y quizá también violado, por otro hombre igual o tan animal como él. Porque cuando se vive como bestia, no queda más que dejar de ser persona. Y ser un rey Midas de la miseria, convirtiendo en mierda todo lo que se toca.

Si yo supiera escribir poemas, convertiría esas piezas en monstruos montados en zancos, en robots gigantes como los de Star Wars, y los haría caminar por Santiago, aplastando las casas bonitas y grandes de la gente de apellido pituco y piel cuidada. Haría que todas esas piezas colgantes se desplazaran a cuicolandia, a concretar una reforma agraria de la vivienda, obligando a los ricachones a mezclarse con nosotros, obligando a mirar lo que quieren tapar cuando construyen periferias de ricos y periferias de pobres.

Que no se entere la Ley del Mono
Que no se entere la Ley del Mono

Si yo supiera escribir poemas, quizá inventaría un final bonito para esas piecitas hermosas y penosas que una ve en la periferia de Santiago, que como no flotan en el agua como las chilotas, no se venden al turista tonto que piensa que la pobreza es linda cuando se pinta de colores.

Esto no es un poema, esto es un homenaje. Un profundo homenaje a esas ampliaciones tristes, pero geniales, que crecen en el tercer piso de un edificio block, aunque debajo no haya nada construido todavía. Homenaje a la gente, por tener la garra y la astucia de levantar un piso donde todo es aire. Pero repudio a que tenga que existir un apéndice de casa, que las viviendas sociales sean tan chicas, que no quede otra que sacarse un balcón techado por la ventana trasera, porque el living y las piezas son tan chicas, que cuando nos morimos ni siquiera nos cabe el ataúd por la puerta.

Repudio visceral y conchudo a los arquitectos que diseñan esas casas, que saben plenamente que no responden a las recomendaciones internacionales que mandan al menos diez metros cuadrados por persona, que saben que es criminal que seis personas habiten en cuarenta metros cuadrados, que estudiaron cómo el hacinamiento incide en la salud de la gente, que ni cagando vivirían en las casas que construyen. Qué moral es ésa que te hace producir algo que tú mismo jamás consumirías. Eso es maldad, egoísmo, deshumanización total. Qué vergüenza ser arquitecto y firmar un proyecto así.

No hay derecho
No hay derecho

Si estudiara arquitectura, les haría una tesis. Las estudiaría para homenajearlas, pero pondría mi energía en impedir Bajos de Mena, en prohibir la maldita vivienda social y construir simplemente viviendas, sin apellido limosnero. Si fuera poeta, les haría un texto precioso. Como no sé escribir poemas, me quedo con las lágrimas nomás, con la impotencia de esas casas que me duelen el mundo y con ganas de decirle a toda la gente que ahí vive que los amo más que la chucha.




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