Homenaje a los perros negros

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Homenaje al perro negro, de ojos tristes y cabeza gacha impactada por el sol. Perro instalado con tímida soberbia en el único rincón del patio que no logra ser cubierto por la sombra proyectada por las planchas de zinc que conforman el cobertizo gris y polvoriento. O quizás cobertizo en vías de desarrollo, decorado con los más geométricos diseños de cerámica en oferta.

El olor que el perro negro logra en los dedos de quien golpea su cabeza, a las dos de la tarde de un domingo, no es sólo el aviso del reinado de octubre, con sus extraños verdes frescos, que convierten en nostalgia los dolores del invierno que ha pasado; es también una desinteresada reivindicación al andar displicente, a la soledad de los viejos, y a la humildad de los niños que gozan más que nadie la dulzura de ese olor.

La cabeza de los perros negros casi siempre va acompañada por un largo hocico negro, coronado por una mojada nariz negra, la que sin embargo es siempre tibia, como esponjita recién usada para lavar la loza.

Pero los perros negros ya están viejos y hediondos, babosientos. Hace un tiempo les salieron varias canas en la nuca, disimuladas por las primeras garrapatas de la primavera, las que sin vergüenza advierten que serán legión en las orejas del verano, cuando parezcan habas recién desgranadas, tan gordas como plomas.

¿Estarán los perros negros, en los cobertizos de la periferia chilena, pensando en los terribles meses que se acercan cuando el sol decida dejar su timidez? ¿Estarán los perros negros, mientras todos comen pescado frito en la ignorancia de sus cabezas impactadas por el sol, pensando en que quizás era mejor quedarse en el invierno?

Nada podemos hacer nosotros para impedir que en enero la lengua de los perros negros a toda hora esté afuera, jadeando. Lo único que podemos hacer, generosamente como chilenos, es comprender el por qué en estos días el Coto, el Yipi y el Kaiser están desconcertados como están. Cancinos bajo el sol. Nerviosos, inertes, aunque sin perder jamás esa especie de sonrisa dibujada y servidumbre jubilosa que ofrecen cada vez que un ser humano extiende su mano para posarse sobre sus cabezas; en la calle, en los patios o donde sea que la humanidad requiera ese incondicional y negro apañe.




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