Dar la vida por la patria: una tarea diaria

por Catalina Gaete



Sobre Catalina Gaete

Por Catalina Gaete

“En Chile no hay grupos ni personas privilegiadas”.

La tentación de risa que nos inunda al leer esa frase es inevitable. Pero no es una humorada. Es una garantía constitucional consagrada en “nuestra carta fundamental”. Aquel documento que empresarios, aristócratas contemporáneos y millonarios usureros burlan con astucia.

Pero no sólo las clases sociales dan cuenta de esta premisa equivocada. En Chile, hay grupos privilegiados, protegidos y resguardados por el Estado; el mismo que abandona derechos fundamentales para el resto de la ciudadanía.

La institucionalidad jurídica, legislativa y administrativa del Estado chileno ha concedido un exclusivo podio a los militares: chilenos en uniforme, de especial categoría, que gozan de protección social, presupuestos intocables, justicia ad-hoc, casas fiscales y pensiones dignas. Estas envidiables condiciones de vida se mantienen al margen de las crisis económicas y sociales que aquejan al resto de la nación. Las justificaciones para sostenerlas son muchas: que la estructura de mando, que la estrategia disuasiva, que la necesidad de traslados, que los horarios extenuantes.

No obstante, cualquiera de estos argumentos no alcanza a dimensionar el real fundamento que esgrimen los militares para recibir vivir al amparo del Estado: el sacrificio de dar la vida por la patria. Esta metáfora, referida a la hipotética posibilidad de morir en conflicto, es para los uniformados el motivo que los haría dignos merecedores de una “compensación” por sus esfuerzos. Caracterizando así la naturaleza de la profesión militar, las Fuerzas Armadas se llenan de aires (reales vendavales) de superioridad.

Pero, ¿qué significa realmente dar la vida? ¿Prepararse en un campo de batalla simulado para un eventual enfrentamiento? ¿Empuñar un arma, y acudir sin cuestionamientos, a defender el país en caso de guerra?

Puede ser. Pero cuan necesario es recordar al exclusivo mundo militar, y a los civiles dedicados a formular las políticas públicas en defensa, que para millones de chilenos y chilenas ese sacrificio no es una metáfora ni un simulacro. Que la patria se levanta y se defiende desde las fábricas, los mares, los campos y las ciudades. Que los trabajadores y trabajadoras salen de sus casas a dar la vida todos los días, con sueldos exiguos, traslados extensos, deudas impagas y futuros inciertos.

Por ello, es tiempo de desempolvar el uniforme. Ya varios años han pasado desde que los militares se fueron de La Moneda. Y aunque durante una década tuvieron a toda la administración civil nerviosos, a punta de amenazas y boinazos, hoy es necesario dar respuesta a las preguntas y abrir los cuestionamientos.

La persistencia de privilegios sociales para las Fuerzas Armadas, como el 10% de las ventas del cobre, un código de justicia añejo y su solidario sistema de pensiones, es un eslabón que duele en nuestra tímida democracia. Aunque no salga en la prensa ni sepamos a diario de ellos, los militares son un estado de excepción que obstaculiza el proceso de consolidación democrática, el que requiere, como “piso mínimo”, igualar en derechos a todos los chilenos y chilenas.

Este ideal no admite que ningún grupo social, ya sean ricos o estén armados, pueda sentirse superior a cualquier trabajador o trabajadora, quienes a diario exhalan energías vitales para engrandecer a la patria y a su gente.

*Catalina Gaete es autora del libro “Vuestros nombres, valientes soldados”.




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