De cómo la PSU nos robó el alma

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Asco, asco, asco y más asco. Pocas cosas demuestran con datos tan duros y devastadores la magnitud de la fractura social, económica y cultural que hace a Chile seguir desangrándose, por más millones de dólares que se sumen al PIB de nuestra economía, por más andamios que armen los obreros de la contru en una tarde o por más ñeque que le ponga un cabro de un preuniversitario popular a un facsímil de matemáticas. Es el desangramiento que produce la brecha entre negros y blancos, entre cisarros y Felipes Kast, entre ricos y pobres; es la herida de muerte producida entre indios y latifundistas, entre patrones e inquilinos la que se reproduce en los resultados de la Prueba de Selección Universitaria 2014, y que se exponen de forma tan cruel y burda en los medios de comunicación que entrevistan a puntajes nacionales, en los diarios que sacan guías para ayudar a los “clase media” a optar a algo que reporte plata y de esa forma disminuir la pena por no haber alcanzado más puntaje; y en las justificaciones del modelo de selección que por más académicos que sean los argumentos, colocan a personajes como José Joaquín Brunner en la vereda del goce del espectáculo fatricída de los miserables que sacaron 500 puntos.

Porque es miserable que de los diez colegios con más puntajes nacionales, ocho sean del barrio alto de Santiago. El Cumbres ($420.000 mensuales), Tabancura ($378.256 mensuales), Everest ($300.000 mensuales), Los Andes ($378.256 mensuales), Padre Hurtado y Juanita de Los Andes, Saint George’s ($350.000 mensuales) y otras siglas innombrables se reproducen, tal como sus metros cuadrados y millones de pesos de arancel anuales por alumno, ante la resistencia que el sistema público hace con la presencia en ese top ten del Instituto Nacional, una institución que se ha convertido en la última fase de un campeonato que los niños del pueblo libran desde quinto básico preparándose para poder quedar, y desde séptimo para convertirse en puntaje nacional, muchas veces embobados en las estrategias para responder a la selección múltiple, dejando de lado aspectos fundamentales de la formación de un adolescente. Y anda a no quedar, porque la depresión y reprimenda de los padres puede ser un trauma de por vida.

La patá en locico que nos pegaron Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea al quedarse con ocho de los diez colegios que alcanzaron más puntajes nacionales es una descarada afrenta a la soberanía nacional que desde el 11 de septiembre de 1973 no hemos sido capaces de recuperar. A través de la PSU, las casitas del barrio alto nos han dicho sin más que el país es de ellos, que la posibilidad de acceder a las universidades cuyos egresados terminan gobernando y dirigiendo las empresas privadas más poderosas es sobre todo de ellos, y de nadie más. ¿El financiamiento? Una burla al lado de los aranceles de sus colegios, casi siempre igual o superiores a los de las instituciones públicas y privadas que los recibirán con las puertas anchas, gozosas. Los niños de La Pintana, Quilicura, Lota o Combarbalá, en tanto, seguirán condenados a la proeza ¡Hasta cuándo por la chucha sacar un buen puntaje en este país va a ser motivo de orgullo de clase! Estamos cansados de reproducir el sacarse la chucha sobrehumana para jugar en la misma cancha de vida que los ricos. Estamos cansados de que esos seleccionados que quedan en la universidad, representen un fenómeno para el barrio equiparable al de Alexis Sánchez o Arturo Vidal, que deben devolver el amor incondicional a su origen repartiendo regalos desde un camión navideño o invitándolos al carrete del siglo en el Club Hípico. Estamos cansados de este modelo de sociedad de mercado autoritario, en el que nuestros jóvenes y niños se deben levantar todas las mañanas pensando en que deben ser el mejor, porque de lo contrario no podrán sentarse en la misma sala de los que siempre lo han tenido todo, de los que nacieron mejores, de los que se criaron con todas las proteínas y carbohidratos en su justa medida, con un entorno tapizado en libros y viajes al extranjero que de pronto enseñan más que horas y horas en una biblioteca municipal.

Los trabajadores, los que en la enseñanza básica o media hemos estudiado en uno de esos apenas 12 colegios municipales –todos emblemáticos- que superaron los 600 puntos de promedio en la PSU, estamos cansados de la obligación que nos pone la República de convertirnos en modelos de virtud, en el Iván Zamorano de la cuadra, para así cumplir nuestros sueños, y de paso alimentar la ilusión de los que no podrán cumplirlo. Porque, por Dios, el modelo PSU -que no es más que el modelo de acceso universitario que ha servido de plataforma para que la competencia de mercado se refuerce en todas las áreas de la educación- también ha impactado profundamente en el devenir de jóvenes que probablemente no están ni ahí con ser felices mediante un título universitario.

Ocurrió que en la última década, en Chile pasó a estar prohibido el genuino interés por ser ferretero, por dedicarse a la tierra, a la pesca o a una carrera técnica. Todos los caminos del mercado, amo y señor de nuestros destinos, es DEBES ENTRAR A LA UNIVERSIDAD. Y pucha que es efectivo el mensaje, porque si no lo logras la condena está o en tus padres, o en la persona que sacas a bailar en una disco o en el cartel publicitario de la esquina. Todos te dicen: tú te la puedes, entra a la U ¿Y si quiero parchar bicicletas? Es decir ¿si no creo en la ruta de la matrícula, la vida eterna endeudada y la lectura obligada de papers, valgo callampa?

Repudio a la universitación de Chile, porque todo en Chile nos indica que si no somos puntajes nacionales, que si no nos alcanzó para lo que queríamos, valemos callampa. Ese es el mensaje final de este modelo perverso de acceso a la universidad, modelo que tira la línea hasta el último eslabón de la enseñanza nacional: si eres pobre y no entregas tu vida a la preparación de un puntaje en un liceo emblemático, o si no tienes el talento de Vidal y Sánchez para salir del subvencionado con premios y laureles, vales callampa. El otro camino es haber nacido en cuna de oro, es haberlo tenido todo, es pertenecer a la casta que se reproduce no sólo socialmente, sino genéticamente, creando rostros endogámicos estilo Chispa. Es haber sido cuico y morir siendo cuico. Te unes o pierdes, eso nos dice la maldita PSU, grupo de papeles marcados con alternativas que también son víctima de Brunner, Mariana Aylwin, Harald Beyer y de todos los que crearon un sistema educacional para desgarrarnos el alma, para convertirnos en robots de la selección múltiple, en lacayos obligados del mercado, y en última instancia: en personas más tristes. Que este asco sirva queridos amigos, que esta sensación de que la segregación es un crimen sirva para no bajar la guardia y seguir exigiendo y construyendo un cambio estructural de la educación chilena. Ese es el único camino.

machuca



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