Me enamoré de un machista

por Maria Tapia



Sobre Maria Tapia

Por María Tapia

Ilustraciones por Paloma Allende

Así, tal cual. Para mí aún es complejo hablar de esto, porque soy feminista, trabajo para que los derechos de las mujeres no sean vulnerados y me encanta jactarme públicamente de mi ideología. Por lo mismo, muchas veces tuve miedo de reconocer ante mis pares que me sentía violentada por el machismo de alguien a quien amé y que durante largo tiempo me rehusé a dejar.

Fue el verano del 2011. Yo recorría las playas de otro país con un grupo de amigas/os cuando él apareció de repente. Nos enamoramos como pensamos nunca le podría ocurrir a alguien, pensábamos todo el día en el otro y pasaba gran parte de mi tiempo enviando corazoncitos (<3) por chat. Aunque la gente me decía que había perdido la cabeza, a mí no me importaba nada: éramos invencibles. Yo y él pasaríamos el resto de nuestras vidas juntos (en mi cabeza, claro). elenamoramiento500

La historia es bastante larga, pero con el tiempo aquel amor rojo de pasión se volvió negro, manoseado y trillado; algo de lo cual sentía no podía escapar. ¿Qué pasó? Mi pareja me cagó muchas veces. Yo lloraba casi a diario, terminábamos y volvíamos, vivía quejándome y él mirando el techo aburrido de mis comentarios (o como a él le gustaba llamar: “monólogos” –si la discusión era por chat ya pasaba a la categoría de “biblias”-). De ser el amor de su vida me transformé en alguien que era un estorbo, alguien que no lo dejaba ser libre, alguien que –según sus propias palabras- “quería controlarlo todo”.

Yo sentía dolor, traición, desconfianza, incomprensión y muchas cosas más. Esperaba ilusamente algún cambio de parte de él, cambio que jamás llegaría ¿Por qué no lo abandonaba entonces? ¿Por qué no me iba con un hombre bacán que comprendiera y me apañara en mi feminismo, en mis ideales de compañerismo? La respuesta que yo daba era la peor de todas las posibles: por amor. Yo lo amaba y era fiel a mis emociones, yo lo amaba y siempre pensé que “el amor es más fuerte”, yo lo amaba y lo justifiqué mil veces en nombre del amor.

¿Por qué las mujeres somos capaces de soportar violencia de parte de quienes amamos? Culpo de esto al concepto de “amor romántico” que solemos tener. Desde niñas somos educadas para pensar que nuestro nuestras relaciones deben ser como las que tiene una Princesa Disney, ese amor de fantasía donde tú y el otro son lo más importante y nada los derrumbará. ¿Se acuerdan de ese famoso caso de violencia intrafamiliar en que un hombre metió un alicate caliente en la vagina de su pareja? ¿Se acuerdan que después de unos días ella retiró la denuncia? ¿Se acuerdan lo que qué dijo ella? Que retiraba la denuncia porque lo amaba.

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Yo llevé una relación fundada en esa idea de “amor romántico”, en esa idea de soportar miles de situaciones de mierda porque amarlo era más importante que todo, incluso más que amarme a mí misma. Porque pese a todos los progresos en materia de equidad de género, siguen educándonos para pensar en función de ellos. Piénsenlo, históricamente siempre somos nosotras las que hemos cedido; si se fijan, el amor está lleno de historias de mujeres que dejaron todo por un hombre (país, ciudad, familia, amigas/os, etc), pero pocas de hombres que dejaron todo por una mujer.

Alguien se podrá preguntar: ¿será que yo como feminista no tuve señales para detectar a este machista? ¡Por supuesto que sí! Las alertas estuvieron desde el comienzo, desde el momento en que lo invité a comer por primera vez y cuando trajeron la cuenta él dijo “pásame la plata para pagar yo, porque queda mejor así”. Probablemente las feministas dirán “¡cómo es posible que aguantara eso!”. Ahí les recuerdo que yo, tal como ellas, crecí viendo películas animadas en las cuales la mujer era pobre y huérfana (pero muy hermosa, siempre es muy hermosa) y se enamoraba del gallardo príncipe millonario que la rescataba. Porque pese a toda la teoría y razonamiento ideológico que una pudiera adquirir cuando grande, no es tan fácil aplacar toda una vida de crianza en función de cierta idea de cómo debe ser el amor.

Total domination. A man using his girlfriend as a coffee table,

Seamos francas: no nos enamoramos de delicados príncipes, nos enamoramos del ideal de amor que nos enseñan con esos príncipes. Nos sentimos atraídas hacia hombres que nos sacan de nuestro centro y nos vuelven inseguras y temerosas, hombres que no velarán por nuestros intereses ni nuestros sueños. Porque estos hombres, que en general tienen el perfil del tipo Alex Mercader (muy viril, seductor, seguro de sí mismo, bueno pa la talla), se esforzarán poco y nada por entendernos. Y lo peor es que ahí nos queremos quedar, queremos que con ellos sea ese “amor romántico” que tanto daño y violencia han causado a nuestro género.

Lo tragicómico de todo esto es que este tipo de hombre puede perfectamente decirte que comparte cosas del feminismo (#QueVuelvanLosChantas), pero en la práctica la historia es distinta. Su verdadero problema está en la incapacidad de comprenderte, en tratarte de loca cuando en tu desesperación máxima terminái gritando de rabia, en pedirte que seái como Marge Simpson (Marge Bouvier, hasta cuándo los gringos le imponen el apellido del marido a la mujer) cuando él quiere ser Homero.

Entonces, retomando, ahí estaba yo frente a un pololo que estaba convencido que tenía que internarme en un psiquiátrico. Me había convertido en una conversación de esas millones de historias que circulan entre amigos y carretes donde “la mina está loca, hueón”. Hace un par de siglos atrás, las mujeres que incurrían en estas conductas eran diagnosticadas de histeria y su tratamiento implicaba estimulación de clítoris (no, no es broma). Si antiguamente a las mujeres se les mejoraba de la histeria entregándoles algo que casi nunca se les entregaba (un orgasmo), ¿ahora estamos locas por qué?

El tema es bien simple: somos una historia no comprendida. Como lo hegemónico es el machismo, cualquier cosa que provenga de lo femenino y un hombre no comprenda lo reducirá a locura. Como la mujer no se siente comprendida junto a este súper macho alfa heredero del patriarcado, comienza a colapsar internamente. ¿Y él que hace? Le sugiere que se interne en un psiquiátrico, cuando en realidad los enfermos son él y la sociedad entera. Y es a esta última a quién debemos sanar con urgencia.

Porque esa es la misma sociedad que me educó para amar a este macho, para sentirme atraída hacia el machismo y para que éste levante mis más profundas inseguridades. Crecí pensando en el amor de una forma que reproduciría un modelo contra el cual yo quiero combatir cada día de mi vida. Sin darme cuenta, el peso de la estructura me estaba devorando y yo en mi normalización amaba a quien nunca me comprendería, a quien continuaría invisibilizándome. Amaba, finalmente, a todo lo que estaba en contra de mis ideas y principios.

Pero de eso se trata esta lucha diaria: de darse cuenta, de reflexionar y de re-pensarte como feminista. Y no todo está perdido tampoco, porque cada día son más los hombres que cuestionan este modelo que oprime nuestros discursos, que deciden apagar esta falsa histeria y que además de orgasmos sexuales, nos entregan el placer mental de unir nuestros discursos en este mundo. ¿Dónde están esos hombres? La respuesta es mucho más simple de lo que creen. Por ellos, salud.




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