Homenaje a Ignacio: tu derrota es siempre breve

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Ignacio, tu derrota es siempre breve. Breve como el contacto con los vecinos de tus calles, que arrebatadas de bolsas esperaron tu paso apurado tantos años, a las doce, a las cuatro, entre perros de hocicos podridos al acecho de los cerros de basura acumulados en la esquina de los pasajes de quienes hasta ahora lloramos tu segundo lugar en Master Chef.

Tu derrota es siempre breve, al contrario de esa ansiedad infantil que aunque te esforzabas eras incapaz de reemplazar por palabras corteses, por respuestas políticamente correctas cuando un chef te decía que estabas cocinando como un profesional. Breve, como la rabia sin rencores, pero plagada del orgullo de los que sólo tienen el trabajo cuando el francés te “agarró pal show”. Porque tú no estás para el show de nadie. Sí estás -o estuviste- para decirle a una tropa de televidentes asombrados por tu honestidad que si no hubiese sido por la ausencia de viajes y de años de escolaridad los veinticinco millones hubieran sido tuyos. Pero ¿habrá sido ese simple cheque el objeto de tu entrega semanal cual mechón en su primera clase? No, tu misión y objeto de deseo fue fundamentalmente romperla y decirle a un país de cínicos y atolondrados por su desubicación de clase que ser “recolector de basura” y cocinar bien no es un fenómeno; lo raro es la ignorancia de los oficios que el mercado pulcro ha invisibilizado bajo la capa de la tercerización, bajo la máscara de “colaboradores” y bajo el uniforme recién lavado que da brillo al subcontrato.

Ignacio, tu derrota es siempre breve, porque la vocación de tu guerra no duda en olvidar cualquier afán de sofisticación en una final para demostrar que si vas a ganar lo harás honrando, en la batalla final, a los que sustentan tu presencia en las grandes ligas: los temporeros del sur, que petrificaron su dignidad en el extraño zapallo de tu postre. Es que tú no podías pretender, con tu madre y tu hermano -a quien criaste como un verdadero padre- a dos metros de distancia, bypassear a Paillaco y Futrono de tu menú, menos si tu entrada había sido destinada al norte y el fondo al centro de Chile, país responsable de todos tus valores y carencias.

Y ni siquiera elaboraste esa estrategia; fue el mero fruto de tu sicología, leal a los que se han salvado contigo, la que actuó en la hora más crucial de tu vida. Lo que nosotros no sabemos, porque no somos capaces de dimensionar lo que en la materialidad de tu existencia significó la experiencia de Master Chef, es que tu segundo lugar no fue ni por lejos algo parecido a una derrota, sino el primer paso a un enriquecimiento integral, cultural, intelectual que se sumará a tu calidad humana para alcanzar la felicidad que toda persona merece.

Lo más lamentable y a la vez interesante de tu paso por el programa, de la indignación que provocó en el país que deliberó tu merecimiento, es que sea un espectáculo de televisión que después del resumen en el matinal pasará a la historia, el que cumpla en este país de plástico la tarea de decirnos la única verdad que se esconde detrás de tu caída: con las mismas oportunidades de Daniela ganabas. Con la misma educación de Daniela ganabas. Con los mismos timbres en el pasaporte de Daniela la seguridad incólume de tu triunfo mientras separabas la carne del hueso se hubiera ratificado ante tu ojo caído por quizás qué parálisis provocada por quizás qué accidente laboral en quizás qué comuna de esta Patria. Porque la vergüenza a pedir la cuenta que hasta la muerte sentirán los que nacieron pobres pesa frente a los que si no les parece la temperatura de un plato en un restaurant llaman al mozo para que lo recaliente.

Qué bonito es, Ignacio, que hoy la juventud chilena tome tu pérdida como una injusticia de origen político, como una consecuencia del desangramiento de talentos que azota a nuestras comunas, a las provincias donde el arte de cabros pescadores ni siquiera se ha enterado de lo que significa Fondart. Lo que hemos dicho es que aquí importa una raja si a tu zapallo le faltó azúcar, o a tu carne cocción; lo que hemos dicho, metafóricamente, mágicamente a través de lo que algunos podrían considerar una estupidez –como un mensaje de Facebook hablando de la tele- es que a este país le faltaron los cojones, la inteligencia y la altura para otorgarle a tus capacidades la posibilidad de desarrollarse.

Es que lo que estamos buscando los que cuando nos olvidemos de tu nombre sigamos creyendo en los hermanos de tu historia desposeída de colegio emblemático, o de 50 lucas para un subvencionado, es que no sea tu “hijito”, ese que viajó del sur, o tus sobrinos, los que repitan tu destino. Ignacio, tu derrota es siempre breve porque la épica de nuestra generación, la que en pleno siglo XXI sigue impactándose con la “lucha de clases” en un reality, es evitar a toda costa, con convicción y responsabilidad, que otro Ignacio, en algún lugar de Chile, se quede con los platos en la casa porque no le alcanzaron los puntos de una prueba estandarizada, y porque el modelo que sólo premia a los que llegaron a 600 no le deja espacios para lucirse donde se le dé la gana.

Porque, en última instancia no nos engañamos: el triunfo de la meritocracia es una excepcionalidad, y en Chile sigue ganando por goleada el capital cultural acumulado por la pertenencia a una clase. Esta noche la desigualdad nos pena, junto con los bolsillos pelados de Leonora, junto -también- con la ausencia de la más mínima animadversión a Daniela, más allá del contexto de sus victorias.




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