Repudio a Sebastián Dávalos, un hueón inconmensurablemente penca

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

En Chile no hay que buscar entre los barrios más pobres para encontrar de a decenas a las familias que llevan años con un subsidio en el bolsillo sin poder usar. Sin poder usar, porque por más calles que han aplanado no han podido encontrar una vivienda mejor que la que arriendan para comprar por el monto otorgado por el Estado. No hay. La inflación inmobiliaria no sólo afecta a los universitarios recién egresados que pagan millonadas por un Paz Froimovich de dos por dos. Afecta también a esa clase trabajadora que no está ni en Chile Solidario ni es “clase media” y que, por lo tanto, no puede acceder a un crédito hipotecario que le dé la plata para adquirir las casas pareadas que ofrece el mercado. Casas que no se pueden pagar ni con dos subsidios gubernamentales.

En Chile, un contratista de construcción recibe un trato totalmente diferente de sus patrones cuando se constituye como empresa limitada, dejando de ser persona natural. El Homecenter deja de tratarte como un cacho y tus trabajadores llegan con otra estampa a, por ejemplo, pedir un crédito de consumo. Pero para dar ese salto, el contratista debió mamarse una vida entera construyendo talleres -que de pronto se queman- y comprando herramientas que le dieran solvencia para que el banco lo acreditara, y así hacer contrato a sus tres o cuatro trabajadores. Sólo así hay empresa limitada.

En Chile, en la generación de cuarentones que no alcanzó a tener educación gratuita –la generación que en los 80 pateó las piedras-, aún duele no haber sido profesional porque un banco no dio un crédito a padres estacionadores de autos, temporeros o trabajadoras de casa particular; profesoras normalistas o cajeras de incipiente retail.

En Chile, estos tres casos coinciden en millones de familias. Son chilenos que sacrificaron su vida, trabajando como animales, para juntar lo que no cubrió el subsidio y así dar el pie inmobiliario que provocara la fe de un banco. Son chilenos que, luego de la casa propia, se enfermaron de diabetes y les subió el colesterol por años alimentándose de pura chatarra, en semanas trabajadas de lunes a lunes en la obra, para comprar las herramientas que dieran otra vez validez ante el mismo banco. Son chilenos que, después de convertidos en empresa limitada, llegan a llorar de impotencia en batallas con esos mismos acreedores por los intereses del crédito universitario de sus hijos.

Son chilenos que, contando su pura experiencia de vida, dan cátedra de lo conchesumadre que es la desigualdad en este país, donde los millonarios hacen lo que quieren con el poder, tratando a los simples mortales como esclavos con eterno destino de mártir.

Son chilenos que, con 6 millones de pesos de capital, con cuea tienen para pagar deudas con proveedores y comprar un Suzuki Maruti para repartir confites en colegios. Son chilenos que, si les dicen que con un crédito y una operación de compra y venta se echarán dos mil millones de pesos al bolsillo, no ven otra razón que un juego de azar o un acto de la más baja delincuencia.

Sebastián Dávalos, esposo de la principal accionista de Caval, gestionó en la mesa del vicepresidente del Banco de Chile, Andrónico Luksic, ese crédito para luego realizar esa operación. Todo, sólo por ser el hijo de la Presidenta de la República, Michelle Bachelet. No por jugar al Loto ni por poner un revólver en la cabeza de Hernán Buchi (histórico director del banco), sino por el aprovechamiento de su condición de privilegio, reforzando la crueldad que los que no tienen reciben de los que tienen.

En Chile, más de la mitad de los ciudadanos son de los que no tiene, con sueldos inferiores a 300 mil pesos, cifra que a la quincena ya te convierte en víctima de la pobreza. Ese Chile trabajador, dependiente de dormir apenas cuatro o cinco horas para dar de comer a sus hijos y a la vez juntar la plata para convertirse en sujeto de crédito, es el que siente el caso Dávalos como un escupo a la buena fe, como una burla sin matices a la rectitud, como una invitación a dejarlo todo y ser derechamente charchas; como una sugerencia a cagarse al compañero de pega que no cachó la movida, como un mensaje para convertirse en rompehuelgas si un trucho incentivo te guiña el ojo, y como un llamado a construir colegios mulas si una comuna pobre resiste aún con puras escuelas públicas. Y nada de eso es delito en este país de privilegios. Todo es legal o está disfrazado de miserable legalidad. Después, todo se puede “limpiar” haciéndote el hueón y arrancando cuando las papas te estén quemando, con los millones ya guardados en la billetera. Así como Dávalos renunció a La Moneda y al PS. Lo que no sabe la triquiñuela, es que todo queda en la memoria de la historia -por más que se trate de ocultar- como un atentado al bien común, al servicio público y a la justicia de la Patria.

Nos podemos equivocar una y otra vez, pero los chilenos no somos tontos. Y tenemos el corazón sensible. Por más o menos delitos que la Fiscalía de Rancagua encuentre en el caso Caval (se investiga el uso de información privilegiada y el tráfico de influencias), o incluso si no los encuentra o no los puede demostrar, el pueblo no olvidará que el privilegio del hijo de la Presidenta se sintió como un mazazo que nos dijo cuánto nos falta para cambiar Chile; funcionó como un ayuda memoria de que las desigualdades por clase, el amiguismo, el pituto y el nepotismo, están metidos hasta el alma en todo nuestro sistema económico, político y social.

La desigualdad que atenta contra esa abrumadora mayoría de chilenos que no son sujetos de crédito, y que se está combatiendo con reformas que apuntan a ser estructurales y que el caso Dávalos viene a empañar, se ha mostrado groseramente a través de la millonaria transacción de Machalí. Y se ha mostrado abriendo heridas en el corazón de nuestra democracia; en la presidencia de la República y en los partidos políticos; en la indignación de pequeños comerciantes, colectiveros y personal de aseo que aún no encuentra las palabras para explicar a sus hijos, futuros endeudados probablemente con Luksic, que lo realizado por Sebastián Dávalos por ahora no tiene condena, por ahora no es ilegal ni mucho menos fruto del azar; sino producto del más ordinario carerrajismo, del usufructo de influencias y de la absoluta mediocridad de un hueón inconmensurablemente penca.




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