5 breves repudios al Lollapalooza 2015

por Sebastián Flores



Sobre Sebastián Flores

Editor general de El Desconcierto.

Por Sebastián Flores

Ayer, por circunstancias impensadas, terminé yendo por primera vez a un Lollapalooza. Me prometí –ojalá- nunca ir a uno, no comparto ni la ética ni la estética del evento, pero a causa de una sorpresiva reunión de trabajo tuve el honor de ser invitado como periodista (razón por la cual accedí a ir, porque lo que sí es seguro es que nunca pagaría lo que vale la entrada a un evento de esta calaña). Estuve sólo un par de horas, vi un rato a Kasabian (bien) y un poco a Robert Plant (bien también). Particularmente nada me entusiasmó mucho, pero sí me chocaron un par de cosas que observé en esta breve experiencia:

1- Me avisaron cerca de las 18:00 que debía hacer acto de presencia en el Parque O’Higgins, así que no alcancé a estar en el show que más curiosidad me producía esa jornada. Portavoz salía a la cancha del Acer/Windows 8 Stage a las 13:15 y, sin saber que más tarde estaría allá, lo seguí vía streaming online. Cerca del final de la presentación, mientras interpretaba ‘Poblador del Mundo’, el rapero de Conchalí canta “soy poblador del mundo, soy un ladrón del Jumbo” y la transmisión de VTR corta y se va a otro escenario del festival. No se resiste ni un ápice de crítica a las grandes marcas, aunque éstas ni siquiera sean auspiciadoras directas del show.

2- El hecho de que Sebastián Dávalos Bachelet haya ido al festival con una pulsera All Access hace que al menos me plantee la pregunta: ¿la culpa es del chancho o del que le da el afrecho? Como sea, cuentan que fue invitado por el staff de Molotov y que en el backstage se acercó a pedirle autógrafos a los Cypress Hill presentándose como “el hijo de la Presidenta”. Guatón culiao sinvergüenza.

3- Más allá de los shows musicales en sí (tópico al cual no me referiré en esta ocasión), Lollapalooza es un festival sin alma. Pareciera que antes que la música, lo que en realidad importa es el hecho de estar dentro de ese selecto grupo de personas que pueden gastarse casi la mitad de un sueldo mínimo en un megaconcierto. Por eso tanta foto en Facebook y tanta selfie en Instagram. Al final, mucha de la gente paga esos precios sólo por status, sólo para contar que se estuvo ahí. Arribismo puro y duro.

4- Por lo anterior, ¡qué manera de haber cuicas/os! Es como la peregrinación anual del barrio alto a la Línea 2 -la misma que termina en la Estación Intermodal La Cisterna- y, por aquello, Metro de Santiago funciona especialmente hasta las 00:30 hrs. Sólo para que ellas/os no queden botadas/os de noche en este barrio tan lejano y peligroso, porque para el superclásico del sábado la Intendencia Metropolitana no tuvo ningún problema en dejar sin micros a toda la periferia. Cosas como éstas demuestran que el apartheid de clase que existe en este país es escandaloso.

5- Para poder comprar víveres antes hay que comprar fichas. Las venden en paquetes de 3 x $4.000, 5 x $6.000 y 10 x $10.000. Una bebida en lata de 350 cc, por ejemplo, cuesta una ficha. ¿Qué es esto? ¿Una pulpería salitrera en 1897?




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