Homenaje a no irse de la casa

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Este Chile posmoderno y liberal de pronto parece imponer a las personas los ritmos de la vida, sus propios ritos e iniciaciones. Todo normado por los ojos inquisidores de tus pares, tus amigos o compañeros de trabajo. Uno de esos ritos que el país del permanente ascenso implanta, como si de una cuestión de moral y buenas costumbres se tratara, es la de a determinada edad irse de la casa. Esto, bajo el entendido de lo vergonzoso que sería elegir seguir en tu barrio, donde están tus vecinos de siempre, almacenes y perros. Donde están tus primos, hermanos y compadres de lucha por el pavimento de un pasaje, por la desesperada colocación de un lomo de toro. Y lo medular de negarse a la exigencia de individualidad: donde están los que te criaron, padres, madres o abuelitos moribundos.

Lo que más le irrita a la lógica causa-efecto monetaria cuando uno se acerca a los 30 años y alcanza ingresos que te permiten irte al centro a arrendar un sucucho Paz Froimovich de 3×2, es que no lo hagas; y, para peor, escojas deliberadamente ocupar esa plata para hacer felices a quienes dejaron casi todo de lado por hacerte feliz a ti. Esa, para muchos periféricos que a tres años de haber egresado de la U siguen prefiriendo pagarle las cuentas a la mamá, llenar un carro de supermercado o financiar las cerámicas del patio, es una obligación humana; nuestro más honesto rito moral, uno que se antecede a todas las premuras de partir.

El país de la burbuja inmobiliaria, que está esperando compartirte un loft o un balcón con vista al concreto para que tu madre se siga mojando en el paradero mientras espera la micro que la lleva a limpiar wáteres de pequeños burgueses; no duda en acusarte de mamón –con portada en LUN incluida- cuando no te sumas al crédito de consumo o al irrisorio pago de gastos comunes.

Ese país, que te ataca a través de tus mismos amigos o ex amigos que te tapan a tallas o te apuntan con el dedo (esos que por equis razones –todas muy válidas, por cierto- ya se fueron de la casa), no permite la preservación del sentido de comunidad familiar, esa que permite que aún en Traiguén o Combarbalá las navidades se pasen con los 14 hermanos y 50 primos juntos.

La moral Paz Froimovic, que utiliza el “independizarse” como una mera necesidad económica, sin considerar las complejidades e historias de vida de los sujetos, necesita atomizarte, dejarte en claro publicidad tras publicidad, chiste tras chiste, que es preferible que no ayudes a tu padre a renovar sus herramientas, que siga vendiendo cachureos solo, como colero de feria los domingos. Porque claro, eso es mejor a que el “macho” de la casa se convierta en un “cafiche” de su hijo. Porque este cínico país de jóvenes felices que deben trabajar como enfermos para pagar la cuota del auto y el coche 4×4 de la guagua que les da el ánimo para seguir despidiendo gente, va a trapear el piso mil veces contigo antes de ofrecer un oído, una noche de conversación en la que los mamones podamos explicar que no nos vamos de la casa por cobardes o faltos de coraje, por inútiles en la cocina o regalones de la olla, sino porque muchas veces somos hijos de un trauma: el de casi ver morir a nuestros padres para que hoy seamos lo que somos.

Y obviamente, no es que todos los que se vayan de sus casas sean portadores de la moral Paz-Froimovich. Las historias de vida son múltiples, diversas y complejas. Todos tenemos misiones, metas y plazos distintos para sentirnos preparados. Pero tampoco se puede obviar a la manga de hijos de familias hiper bien constituidas que nunca tuvieron que sacar a un hermano de la droga o consolar a una madre soltera que no da más del dolor de patas de tanto andar trapeando por ahí, que hoy se arrogan funciones pedagógicas para con quienes no se nos ha pasado por la cabeza dejar de pensar nuestras vidas como un eterno pacto con quienes –a puro ñeque conchetumare- nos hicieron posibles.

Para muchos hoy no existe la chance de esa manoseada “independencia”, de esa urgencia por extirpar tu pertenencia e ir a buscar tu identidad a barrios altos, medios, serios o pintorescos. Porque somos muchos los que nunca hemos hecho vida pensándonos como un solo. Por ahora, y hasta que a cada uno nos llegue nuestro adecuando momento, sin presiones de ninguna industria inmobiliaria ni social, de nuestras casas no nos vamos. Porque nadie está obligado.

Pueden decirnos mamones, pero ¿quién dijo que ser mamón es malo? es bacán.




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