Muérete, Chispa conchetumare

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Es chocante, doloroso. Es asqueroso hablar de Juan Lacassie, el Chispa. Pocos personajes representan con tal nivel de sedición, odio y brutalidad los males endémicos del clasismo chileno; un gen que no tiene ningún otro fin que matar, humillar, maltratar por el puro placer de sentirse superior al roto, al ordinario, al hijo de “la nana”, al campesino que aparece en forma de trabajador en el entorno de la esfera de protección de los ricos. Y es chocante, doloroso y asqueroso comprobar a través de las fotos más de mierda que se hayan podido ver en los últimos años, cómo la genética de la superioridad se hace realidad en una “detención ciudadana” convertida en fiesta de tortura.

El odio de clase expresado en la última gracia de este conchesumare es el mismo que trató de carcelario a Francisco Huaiquipán en un reality; el mismo del provocador que da entrevistas con gorras nazi como diciendo “tengo onda fascista y qué”, el mismo del que se fue detenido por golpear a un periodista en la calle, el mismo que hizo añicos al pobre lagarto Murdock por tirarle una talla y el mismo que botó al suelo a una mujer en medio de una fiesta.

El Chispa es, en consecuencia, el símbolo de la violencia del latifundio consagrado con dotes monárquicos en la dictadura de Pinochet y que hoy se sigue sintiendo dueño de todo. El matón del curso que ataca a todos con la conciencia de un permanente manto de impunidad. El Chispa es la cumbre del abuso contra todo lo que escape del control del poder que dan los apellidos, la pertenencia a un abolengo y la noción de una extensa propiedad. El Chispa es la normalización, en un skater con papa en la boca y con la última prenda de la moda, de golpizas a mujeres, del abuso contra el pobre, y del exterminio de la dignidad de los excluidos. Y cuántos son los zorrones así que conocemos.

Porque aquí da lo mismo el celular que presuntamente un delincuente “ajusticiado” iba a robar, ese miserable aparato físico es, en este caso, sólo la excusa para mostrar con publicidad y alevosía la posición del control de unos sobre otros, los derechos de pudientes sobre marginales, y el goce del consumo sobre la precariedad de los que no tienen redes ni contactos para obtener oportunidades en la vida. Y por favor, ampliemos un poco la mirada, esto no se trata en ningún caso de “defender al delincuente”, argumento usado siempre por los que no quieren profundizar un debate.

El gorro insultante del Chispa, su chaqueta pulcra y la endogamia de sus gestos no es una tortura a un delincuente común que andaba lanceando, y que por ello debiese ser detenido y procesado con los mismos derechos que cualquier ciudadano; es una tortura a todos los que pudimos ser ese cabro que vaya a saber uno por qué razones salió a robar. Es a todos, porque aquí nadie se puede eximir de la responsbailidad de vivir en un modelo que vanagloria al mercado, un modelo de criminalización del pobre y de darte con una pistola en la cabeza si no se le regala al cabro chico la consola de 200 lucas que pidió al viejito pascuero. Todos somos el cabro mancillado por un perro y luego publicado con sorna por este desgraciado, porque todos hemos sido de alguna forma parte y víctimas del posicionamiento del consumo como lo más sagrado de Chile.

En qué puto momento nos convertimos en unos salvajes. En qué desgraciado minuto se hizo posible que este agente de la destrucción contra los de abajo azote, en la impunidad, a otro ser humano. Y que los idiotas lo celebren, y lo acompañen con patadas en el rostro, y que lo retuiteen con el orgullo de una justicia tan pero tan de mierda que no permitirá nunca entender cuáles son las verdaderas injusticias que posibilitan que corra sangre por la desaparición de un Iphone y que un hueón se sienta feliz por haber reproducido la maquinaria de crueldad que nos enseñó Contreras, el Mamo.

Todo esto queremos que se muera. No estamos ni ahí con que el Chispa deje o no deje de respirar. No serán nuestras manos las que se venguen a golpes. Será nuestra certeza de seguir luchando por una educación con el foco en la humanidad la que termine con barbaridades que a la noche irán de noticia número uno en Chilevisión. Sólo la educación matará la filosofía de la muerte. Sólo la educación ayudará para que en veinte o treinta años más ya no sea necesario decirte Muérete, Chispa conchetumare. Y no tú, sino tu pasión por el odio y el abuso que hoy se está comiendo a Chile, con represión del Estado, con 10 femicidios en 10 días, y con miles de detenciones ciudadanas sacadas de un manual de la Escuela de las Américas.




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