Me duele TVN

por Javier Bertossi



Sobre Javier Bertossi

Por Javier Bertossi

A quienes creemos en lo público nos duele profundamente la crisis que tiene a TVN con el agua hasta el cogote. Nos duele en lo más hondo, mucho más allá de las penosas cifras de rating, donde cada nuevo programa marca menos que el anterior, y del desastre financiero en que se ha convertido la estación de Bellavista 0990. Nos duele ver en qué se ha transformado, en qué han transformado, “el canal de todos”: una mazamorra sin identidad alguna, donde, desde afuera, da la impresión de que todo se hace porque sí, porque hay que hacerlo, por compromiso.

En los 90, cada estación tenía una personalidad propia. Canal 13 era el canal de los cuicos, Megavisión el de los pobres, La Red el de las películas y Chilevisión un misceláneo, una juguera en la que todo cabía: animé, porno suave, teleseries tropicales, Leo Caprile y el Comisario Rex. ¿Y TVN? TVN era verdaderamente el canal de todos o, por lo menos, tenía la honesta intención de serlo. No era un canal perfecto, sin duda, pero el TVN de los 90 cumplió con creces su cometido: representar el proyecto inclusivo de un país que le daba los buenos días a la democracia tras el fin de la lúgubre noche pinochetista (que el proyecto no se haya cumplido es otra cosa). Las teleseries no sólo eran una mina de oro en lo comercial: eran narrativamente geniales y, además, sus contenidos eran de una riqueza educativa y social sin paralelos. Si no fuera por esa maravillosa área dramática, hoy el chileno sabría mucho menos de pascuenses, gitanos, la vida en los circos o en las pampas salitreras. Además, sin ningún miedo al pavoroso people meter, la pantalla estatal ostentaba programas periodísticos y culturales que hoy serían imposibles de mantener. Sólo por nombrar algunos: El mirador, Los patiperros, El show de los libros u OVNI, con Patricio Bañados, hoy injustamente exiliado en Radio Beethoven. Comparado con lo que sale actualmente, hasta El día menos pensado parecía la BBC.

Hoy, en cambio, TVN se ha transformado en una fotocopia borrosa de los demás canales, una aburrida réplica del terremoto que significó la irrupción de la televisión estupidizante a cargo de la nefasta dupla CHV-Mega (a ti te hablo, Jaime de Aguirre, que después de ser director de programación de la época gloriosa de TVN te transformaste en timonel de lo peor que le ha pasado a la tele chilena). Tengo la desgracia de ver de lunes a viernes el noticiero de la hora de almuerzo (está siempre puesto en el casino del lugar en que trabajo) y no se diferencia en nada del catálogo de tragedias y delincuencia que es Chilevisión Noticias: asalto, accidente carretero, asesinato, decomiso de drogas y otro asalto. Y entre medio, notas del tipo “aumenta la venta de chalecos en invierno” y videos pixelados robados de YouTube. La última vez que vi el matinal, hace unos meses, el peluquero Sebastián Ferrer estuvo como quince minutos analizando los looks de la gente que estaba en el estudio y luego le cortó el pelo en vivo al periodista Gonzalo Ramírez. Un análisis similar se puede hacer con casi cualquier programa. Prácticamente los únicos que salvan son los que, oh sorpresa, no financia el propio canal sino el CNTV.

Y más encima los tratan para la patada y el combo, programándolos casi de madrugada, para privilegiar cualquier griterío a cargo de Viñuela. La declaración de principios del hoy suspendido cierre de transmisiones (ahora, no sé con qué fin, TVN emite toda la noche), que rezaba, “esperamos cumplir con la misión de la televisión pública de Chile; aspiramos a hacer una televisión de clase mundial, creativa e innovadora”, parece un chiste cruel. La misión pública se ha diluido hasta casi desaparecer. TVN está como esos viejos a los que se mantiene con vida en el hospital a como dé lugar, con tubos por todos lados, con los seres queridos lagrimeando alrededor esperando el inevitable momento del deceso.

Televisión pública de clase mundial
Televisión pública de clase mundial

¿De quién es la culpa? De los ejecutivos, del directorio binominal y sus decisiones tomadas en base al Excel. Del mercado, de la estricta legislación que rige al canal, de los propios espectadores. De los señores políticos, del CASA 212 que capotó en Juan Fernández. No sé, y la verdad importa poco. El canal de todos los chilenos está en una encrucijada: de seguir así, sólo habrán dos caminos posibles: la privatización o que el Estado se haga cargo por fin, liberándolo de la obligación de autofinanciarse. Así, lejos de la dictadura de los avisadores y de las presiones de un dueño multimillonario detrás atento a cualquier cosa que pudiera quitarle unas lucas de la billetera, TVN podría volver a ser lo que alguna vez fue y, aún más, superar la sombra de su propio pasado. El país está frente a la primera chance en décadas de construir una televisión pública de verdad, al servicio de los chilenos, cuya razón de existir sea más grande y más noble que ser la vitrina de comerciales de bancos, celulares y cervezas. Es una oportunidad histórica. Le pido a Chile que no la dejemos pasar.




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