Homenaje a tu primer amor de verano

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

¿Se acuerda uno del primer amor de verano? A medias, pero yo creo que sí, obvio que sí. A los ocho, a los diez, a los once años, casi siempre en las cabañas de la playa, en las cabañas de la empresa del papá, en las cabañas de una tía a la que nos allegamos en El Tabo, o en un agobiante Quisco, lleno de niños perdidos que lloran por volver a ver a sus padres mientras se alejan con los ojos nublados y el corazón destrozándose hasta ser avistados por el hermano mayor y ser tomados con fuerza de la mano no sin antes recibir una palmada certera en el poto. Allí nacieron nuestros amores de verano, en las terrazas de cabañas en Isla Negra, junto a bosques de pinos interminables, al son de flippers y pelotas de ping-pong, bajo el grito de bingos nocturnos que ojalá nunca se hubiesen acabado, que ojalá nunca hubieran dado con un cartón completo para poder seguir sintiendo, eternamente, que la vida es como en ese febrero de 1995, con la carita frente a nosotros de tantos que no están, de padres y madres que se fueron, de abuelos y tíos que dejaron de vivir, que murieron. Porque si los bingos no se hubieran acabado, seguiríamos creyendo que toda la vida se trata de coquetear y que te coqueteen, que la mayor tragedia que se nos puede presentar ante los ojos es la boca de esa niña diciéndote que te quiere sólo como amigo, que en verdad le gusta el éste o la esta otra, que prefiere que sigamos siendo amigos, yendo a los juegos, siendo dupla en el taca taca. Si los bingos no se hubieran terminado, permaneceríamos en el eterno ensueño del arranque. Porque para amar siendo niños había que arrancar, había que esconderse, había que desafiar una cuadra entera pendiente de esos dos que empezaron a sentir cosas, había que aliarse con primos y hermanos y hasta había que hacer fórmulas de encuentros imaginarios. A mí me va a gustar la Nicole, a mí la Katy. Las hermanas del frente eran hermosas y había que adelantarse. Los hermanos Acevedo andaban más aguja que nosotros, estaban más grandes y se vestían como cabros bacanes. Nosotros seguíamos siendo niños, pero las queríamos de verdad, aunque no escucháramos ningún grupo de música bueno. Entonces, se trataba de dejar la vida si te la encontrabas bajando a la playa. Qué música te gusta, en qué colegio vai y mira cómo canto el hit del momento (la cuota correspondiente de hacerse el chistosito) se adelantan a juntémonos en la noche, vamos al “casino” y anda con tu amiga. Toda la maldita tarde pensando en su carita, en el olor que te quedó en el cachete cuando le diste un beso, en la forma de sus ojos y su pelo, tratando de dibujar a la perfección sus rasgos para que no se te olvidara la estructura de su cara. La conoces sólo hace días y ya comprobaste que tiene que pasar por lo menos una semana para que un rostro no se te escape nunca más.

Y a la noche, a entregar todo lo que crees tienes que entregar, imitando la forma de caminar de los hermanos del frente, echándote un gel que te pone más feo que tu normalidad, poniéndote los pantalones con más bolsillos posibles para sorprenderla. Gracias Dijon. Y al encontrarla en los juegos, lo único que quieres es esconderte, mirándola, pero escondiéndote. Te gustaría decirle “qué milagro esta noche, te has escapado de tus padres”, como Paolo Meneguzzi en la canción que venías escuchando en tu pérsonal, pero no te sale nada. Lo que digas te dejará como imbécil, como perdedor frente a sus pecas, para que en un segundo aparezca el ganador del frente, que sin gel te deja como un absoluto pollo. Seguramente el del frente es de signo Leo, pensamos cuando por azar nos toca quedar como dupla en el ping-pong con la niña que nos gusta. “Eres el fin del mundo, un diablo” nos gustaría decir cuando nos miramos y sabemos que nos gustamos. Pero no es necesario. Que todo se resuma a risas y comentarios estúpidos sobre el juego. Ni por muy bacán que sea el cabro Leo se meterá al medio de lo que ya dijeron nuestras bocas sonriendo nerviosas al contar 5-2. Dijeron que nos iríamos juntos, que nos daríamos tres topones afuera de su casa. Tres topones y un intento de sacar la lengua. Un intento de sacar la lengua y cuatro dientes chocando seco mientras se prende la luz del antejardín. Se tiene que entrar, pero da lo mismo. Es el día más feliz de nuestras vidas, el más maduro, el con el ego más satisfecho y el más hermoso lapso entre que cerramos los ojpos y tratamos de dormir. Quedan ocho días de vacaciones. Vamos a contar cada uno de ellos tratando de detenerlos, tratando siempre de quedar de dupla en el ping-pong o taca taca y tratando de acomodar los huesos para que por fin las paletas prominentes, las paletas de la boca, los dientes, dejen de chocar.



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