Repudio a “Se reserva el derecho de admisión”

por Virginia Gutierrez



Sobre Virginia Gutierrez

Por Virginia Gutiérrez

Se reserva el derecho de admisión. Esa frase es interesante, tanto como “la administración no se hace responsable de hurtos o daños al interior del local.” Me dan ganas de poner algo así en la puerta de mi departamento, esperar a que amigos se emborrachen y robarles hasta el alma. Total, el cartel dice en letras mayúsculas que no hay responsables. Entraron por voluntad propia.

Pero es más increíble todavía el “se reserva el derecho de admisión.” Entiendo que si alguien se tomó hasta el agua del macetero, quieran proteger al resto de la gente de posible violencia o infinitos jugos. Lamentablemente, no se trata de eso–no siempre.

Se trata de belleza, raza y género. Me acuerdo de ni haber tratado ir a las discos en La Serena con mi amiga Ale: yo, por fea. Ella, por ser morena. Lo hablamos, decidimos que el día del pirigüín nos dejaban entrar, y en vez de eso, caminamos por la playa catorce veces. Teníamos quince años y ni nos cuestionamos lo que nos estaba pasando. Así son las cosas, dijimos: hay que ser flaca, rubia aunque sea teñida, y usar ropa de esa que nosotras no teníamos.

Quiero pensar que el mundo cambió mucho entre el 94, cuando pasó eso, y ahora. Y sí, cambió. Pero a veces no tanto, y no en las regulaciones pelotudas de las discos, claramente. Todavía, años después del asesinato de Zamudio, hay discriminaciones establecidas y reguladas ante las cuales nadie levanta una ceja.

No conozco el respaldo legal de la normativa sistemática de “los hombres pagan 5 lucas, las mujeres entran gratis.” Entiendo menos aún cuando en la disco Fausto cobran 5 a las mujeres y no a los hombres. Entiendo: ah, ok, hay que definirse por roles de género. Entiendo: qué chucha pasa si quiero ir a una disco hetero y digo que soy hombre y tienen que aceptar mi plata, pos, si así me defino. Entiendo nada cuando pienso en Daniel Zamudio. Pienso que lo mataron y que mucha gente dijo “ah, es que estaba curado.” Pienso en todas las veces en las que me emborraché sin que nadie me tirara al suelo de un empujón (conocida por mí que pesa con cuea 45 kilos) o me pegara un combo hermoso en la nariz (conocido que pesa 60 si es que). Pienso: estar curao no es razón pa pegarle a alguien, guardias de seguridad cuya pega (empatizo: mal pagada y mal enseñada) es proteger a la gente que está ahí y, si dan los jugos, sacarlos de manera no violenta

Pienso en tantas discriminaciones arbitrarias: la ley de las nanas (trabajadoras les digo yo), que no podían ir a piscinas (privadas, también). Cómo me alegro de que esa regulación haya sido derogada. Cómo me alegraré cuando, de aquí a cien años nomás, a la gente le cobren lo mismo sin asumir que los genitales de cada quien tienen pico o zorra qué decir.




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