Repudio a condenar a los que evaden el Transantiago

por Nicolás Cabargas



Sobre Nicolás Cabargas

Por Nicolás Cabargas

“Por 700 pesos vas a tener que pagar 60 lucas” le increpa con tono burlesco un periodista a un usuario del Transantiago que acaba de ser infraccionado por no pagar su pasaje. El hombre, con evidente vergüenza en su rostro, no tiene más que deshacerse en disculpas ante los micrófonos que lo apuntan.

Al igual que este pasajero, casi un tercio de quienes usan el transporte público en la capital no pasan su tarjeta Bip! por los validadores, o como bien le gusta decir a las autoridades: “evaden”. Situaciones como la descrita anteriormente son usuales en los noticieros, donde se señala con el dedo a quienes no pagan los hasta 720 pesos que puede costar movilizarse en Santiago. Así, el raciocino del mercado instala a los evasores como verdaderos delincuentes, merecedores de la vergüenza y el escarmiento de las personas.

El problema de esta lógica del castigo, que es la misma que se ocupa con violadores y ladrones (aunque a algunos de estos se les permite taparse la cara ante las cámaras), es el entendimiento del no pago como una enfermedad, un problema en sí que no tiene mayor explicación que las de “la raza es la mala”, “la ocasión hace al ladrón” o “evaden por ser sinvergüenzas”.  Pero es necesario establecer que la evasión como tal es un síntoma generado a partir de diversos problemas sociales, más que una problemática aislada.

Ejemplo de esto es cómo los precios del transporte pueden llegar a significar una gran parte del gasto mensual para las familias con menos recursos. Con un salario mínimo de 250 mil pesos, los gastos correspondientes a transporte de ida y vuelta por 23 días al mes se llevan más del 10% del sueldo. Si a eso se le suman los gastos por leyes sociales (descuento por sistema de cotización de pensiones, salud, seguro de cesantía) y un kilo de pan al día, quedarían solamente 130 mil pesos, sin siquiera haber pagado luz, agua, vivienda o comprado el resto de la comida. (Fuente Fundación Sol)

Incluso la OCDE -organización de la que tanto nos gusta sentirnos parte- indicó en 2013 la necesidad urgente de cambiar la forma en que cobra el Transantiago, proponiendo el uso de un descuento a los usuarios regulares como se hace en las principales ciudades del mundo, idea descartada de inmediato por las autoridades de la época.

Si esos números son llamativos, el ver que el Transantiago ha recibido aportes de parte del Estado por más de $11.000.000.000.000 (Ni siquiera sabemos cómo se pronuncia esa cantidad) en sólo nueve años es por lo menos indignante. Con una gran parte de este dinero entregado a operadores privados, los últimos tres gobiernos no han hecho más que avalar la ineficacia de las empresas operadoras ante las necesidades de las personas.

Si de hablar de los operadores se trata, las micros en mal estado y actitudes de completa indolencia para con sus trabajadores ya son pan de cada día. Que los choferes usen pañales, o que orinen en botellas o en la vía publica es una práctica tan triste como real. Ni siquiera la muerte de Marco Antonio Cuadra, chofer y dirigente sindical de la empresa RedBus, que como protesta se quemó a lo bonzo en 2014, logró conmover a las empresas.

 ¿Me lleva?
¿Me lleva?

Y ante tanto problema, la única solución planteada por las autoridades es más fiscalización, movilizando a empleados fiscales y a Carabineros para cuidarle el bolsillo al empresariado. Solo durante 2015, más de 1 millón 800 mil usuarios fueron fiscalizados, dando como resultado que 97 mil personas tuvieran que pagar partes de $64.000 (más del 25% del sueldo mínimo), donde quienes no las paguen podrían terminar hasta con reclusión nocturna (¿Y Jovino?). Y la mano para el 2016 se viene peor, aumentando la cantidad de fiscalizaciones y con la creación de un “Registro Publico de Evasores”. Este último, que estará a disposición de cualquier persona mediante Internet, no es más que una vulneración de los derechos de las personas. Un ejemplo de su uso lo da la misma Jefa de Fiscalización del Transantiago, Paula Flores, que llama a los empleadores a revisar este registro antes de contratar a alguien.

Quieren que paguemos, pero en muchos lugares de Santiago los puntos para cargar las tarjetas brillan por su ausencia, sobre todo en los sectores más pobres. De la misma forma, la existencia de un pasaje de emergencia que solo funciona en horarios específicos no ayuda mucho. Y si la situación es triste en la capital, ni hablar de las regiones. Mientras en Santiago tenemos como alternativa el uso del metro o de ciclovias, en el resto del país las personas deben aguantar micros en condiciones deplorables, sumándole a eso el trato indigno que reciben los estudiantes cuando desean utilizar el pase escolar (ni hablar de querer usarlo durante las vacaciones o muy tarde en la noche).

¿El no pagar por un servicio que uso está mal? Deberíamos decir que sí. Pero es necesario recordar que el transporte público no es una empresa más. En una ciudad con más de 6 millones de habitantes, donde las principales comunas de residencia de los trabajadores se encuentran a las afueras de Santiago (Las comunas de Puente Alto y Maipú suman más de 1 millón de habitantes), tanto la micro como el Metro son motores indispensables para el movimiento de la urbe. Es por lo mismo que estamos en presencia de una industria donde debería ser el Estado el encargado de su funcionamiento y no un grupo de empresarios que se han empecinado en demostrar su incapacidad, tanto así que durante 2015 se redujeron en más de un 5% los usuarios de las micros en relación al 2014. Asimismo, si de comparar pecados se trata, mayor es el de quienes acusan y condenan a los evasores cuando son ellos mismos quienes generan las circunstancias para que algunas personas no puedan pagar.

Al final del día, los evasores sólo sacan cuentas. Si pago la micro, ¿Puedo pagar el pan?,¿ Me alcanza para los remedios?, ¿Le puedo comprar los útiles a los niños? Así de dramática es la situación. Y mientras la única respuesta sea mayor fiscalización y partes, es comprensible que las Bip! sigan quedándose en las billeteras.




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