Está atardeciendo

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

A veces dan ganas de detener el sol a las ocho y media, o un cuarto para las nueve. Hay un color en los cielos del verano, mientras untamos el pan calientito en el jugo del tomate, que nos hace sentir por unos minutos felices, tan suaves, tan acariciados por el viento fresco, ese viento que parece guagua despertando, desesperada, repartiendo a cualquier parte piernas y brazos ganosos de existir, de decir que llegó el atardecer y que no será eterno, que hay que moverse, correr a sentarse al antejardín, salir a dar una vuelta a la multicancha, a sentir cada aleteo de ese viento, oyendo sin desdén las ramas de los árboles anunciando que están locas. Van a ser las nueve y los rojos y naranjos de las nubes se harán tan extremos que terminarán traicionándonos. Lo sabemos, lo intuimos. En cualquier momento el naranjo se hará púrpura y, de la nada, negro. Y el viento fresco amenaza con hacerse frío, con condenar los minutos de éxtasis, mirando cielos desquiciados, al calor algodonezco de un polerón; o peor, de un chaleco. Las tardes del verano nos hacen libres. Lo saben todos. Lo saben los perros que caminan exhaustos de tanto sol acumulado en cabezas ardientes. Lo saben los presos que recuerdan a sus hijos en patios mojados. Lo saben las mamás que se ponen contentas con infiernos jocosos sobre sus melenas. Hay fiesta en el cielo, dicen, mientras caminan a buscar un pan que se niega a bajar la temperatura, aunque las comadres hayan decidido echar la talla hasta que los infiernos desaparezcan, a las nueve veinte. Lo saben también los niños, que decretan que la pichanga va a acabar cuando la pelota no se vea, cuando se pierda en los potreros eternos de tierra y matorrales agradecidos de la tregua. Eso es la tarde de verano, la sensación exquisita de la tregua, del trance, del cambio, de la pausa. No pidamos nada, cansémonos de hacer. Sentémonos a mirar cómo los viejos pintan rejas desteñidas, cómo los pololos de la esquina rechazan el fin de las luces que los separará por toda una noche. Miremos cómo se oponen con ninguna otra herramienta que besos y apretones tan adolescentes. Sentémonos, hinquémonos, con la única misión de medir el movimiento de las sombras, con la única tarea de calcular, como niños, en cuánto rato más el sol será partido por el horizonte, poniéndose tan oscuro que parezca una cereza confundible con la luna. Sentémonos y sintamos, por diez o quince minutos, que en tu casa, en tu barrio, en tu pieza, en la soledad inmensa del silencio, está atardeciendo.




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