Adiós al metro (tal y como lo conocí)

por Edgardo Adriano



Sobre Edgardo Adriano

Por Edgardo Adriano

Recuerdo mis primeros viajes en metro, años ochenta, paseo al centro de Santiago. Micro desde Maipú a Las Rejas. Típico destino, Parque O’Higgins, idealmente Fantasilandia. El Metro era ese lugar nuevo, limpio y ordenado. La consigna se repetía por todas partes: deje bajar antes de subir. Había en el ambiente un cierto respeto por los demás, una manera distinta de comportarse. La basura se botaba sagradamente en los basureros. Es posible que esto corresponda a una imagen idealizada de un sistema a pequeña escala y un tanto asilado del resto de la Gran Ciudad, como esas historias que cuentan del metro de Calcuta, cuya limpieza se supone contrasta con la ciudad en la superficie. Aún cuando fuese así, una mera actuación reducida al viaje subterráneo, valía para mí y sentaba un ejemplo para la convivencia urbana. 

El Metro hoy, distinto al que conocí, se convirtió en exactamente a lo opuesto que representaba para mí, como espacio de la ciudad, como forma de vivir. Los basureros fueron removidos por el miedo a las bombas; las puertas del Metro se cierran bruscamente antes que los pasajeros terminen de subir para cumplir con los estrictos horarios, obligándonos a entrar a empujones para no quedar afuera; se nos cierran los pasos más obvios de tránsito y se nos acorrala como animales para demorarnos más en llegar a los vagones. En fin, lo típico de cualquier día de la semana de 8 a 10 de la mañana.

Lo más triste es que la causa de este despelote se llama Transantiago. Si al menos pudiéramos culpar a la derecha por este descalabro, pero no; fue Lagos y su pandilla de tecnócratas, convencidos que podían cambiar el transporte de la ciudad en una alianza con el sector privado. Los cálculos eran incorrectos, los algoritmos no coincidían con la realidad, los paraderos se llenaron de un mar de gente y, en el primer día de la inauguración del Nuevo Transporte de Santiago, las autoridades tuvieron que liberar el pasaje durante unos días, de pura vergüenza.

He ahí el principio de un largo final: sobre tierra nos acostumbramos a subir sin pagar, el gobierno lo avala, la humillación lo justifica; bajo tierra empezó a dar lo mismo botar el papel al suelo, no habían basureros, Metro lo avala y el miedo nos quita de golpe años de costumbre cívica. Ver llegar un tren corto en medio de una estación repleta de personas parece una imagen sacada de esos mismos GAGs que transmiten por Metro TV, pero en mala onda. No tuvimos ni la capacidad técnica, ni la sabiduría necesaria para estar a la altura de lo que necesitábamos como ciudad, como personas. Primó el cálculo mezquino.

Para finalizar una imagen: una abuelita intentando afirmarse a una ventana, rebotando como pelota, semi sentada en uno de los asientos reservados de una micro del Transantiago. Mientras su cuerpo se resbala por los jabonosos asientos made in Volvo, el frío de la puerta a medio cerrar cala sus huesos. Pero hay que seguir viajando, y la paciencia de la gente es proporcional a sus necesidades.

Bajo la superficie, hierve un sistema que vive todos los días al borde del colapso. Algunos dicen que técnicamente cumple con toda la excelencia del mundo. Pero que los encumbrados ejecutivos del “Metro de todos” recuerden que descendiendo o subiendo escalones los santiaguinos nos perdemos en esa multitud resignada por el poco amor que nos tienen quienes nos gobiernan, y que nos golpea en la cara bajo tierra y sobre ella.




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