Homenaje a los pololos que eligen los nombres de los hijos que van a tener

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

¿Qué nombre le vamos a poner a nuestra guagüita? ¿cuántos hijos vamos a tener? ¿el primero va a ser hombre, o mejor niñita? Es que es tanta la adoración que se está sintiendo por la otra persona que nuestra humanidad nos pide extender ese sentimiento para alguna parte. Clavarlo, pararlo, tocarlo. No queremos que nunca se termine esa tensión rica que recorre nuestros brazos cuando estamos tirados en una plaza dando besos. Nos negamos a siquiera imaginar que algo se pueda interponer entre nosotros en esa esquina tan propia, en ese banco donde nos dimos el primer topón, en ese paradero en que lo vimos partir por primera vez, rogando al cielito que se diera vuelta en la micro para por lo menos poner la manito, o quizás esperando que no se diera vuelta y se hiciera el tonto desde el asiento para sentir esa mezcla de pena, rabia y deseo que pica cuando todavía estamos en el proceso de conquista, de no dejar dudas de que este será el amor eterno, el que no tiene horizontes, el que nos hará más felices que nunca, el que hay que hacer más pleno con dos o tres criaturas aprendiendo a caminar.

Queremos testigos, por eso buscamos la llave más filuda para escribir en los árboles de la playa que la Carla con el Carlos se aman por siempre, por eso rayamos puentes aunque sea con plumón; porque sabemos que para sacar esa cicatriz del árbol habrá que echarlo abajo, y para eliminar las huellas de los puentes habría que pintarlos o dinamitarlos. Es tanto el cariñito que sentimos por el otro, es tanta la convicción de saber que queremos morir en los brazos de la otra persona, después de decir tú saltas yo salto, que se hace una necesidad que ese sentimiento tenga consecuencias, mensajeros, huellas de las que haya que preocuparse.

Y ya sabemos que la adoración casi siempre se acaba y que hasta puede convertirse en odio o desprecio, de los más feos y destructivos. Lo vemos en nuestro papá, en nuestra mamá, que a sus cincuenta parece que se rinde con cinco años separada batallando día a día por mantener el vínculo con los hijos y dar a los nietos la impresión de una armonía familiar. Armonía tambaleante, enemiga del pasado. Lo vemos en los viejos que atontados de tanto trabajo no saben cómo se comportan las personas cuando están de vacaciones, y en vez de ser más felices con sus hijos y señoras, se convierte en el cascarrabias que nadie quiere tener en la casa. En ese viejo idiota que ojalá vuelva pronto a trabajar. Lo vemos en las abuelitas que trabajan puertas adentro, que pasan tantos domingos sin saber a quien visitar.

El amor casi siempre se acaba, lo saben ella y lo saben todos. Lo saben los enamorados del mismo sexo que vieron desaparecer la pasión sin siquiera saber que la imaginación de criar un niño juntos podría ser una posibilidad real en el machismo de este país de mierda.  Lo saben los lagos del sur de Chile, las hostales con pulgas del litoral central. Lo saben las ruletas rusas del norte chico y los campings del valle de Elqui y de San Pedro. Lo saben todos esos lugares que se ríen de tantos niños que ya miran con desconfianza. La desconfianza de escuchar tantos nombres de recién nacidos que jamás fueron concebidos. La desconfianza de escuchar al Alex y la Daniela acordar en la carpa que sólo tendrían a dos, porque uno es muy egoísta y tres es muy caro, y al año siguiente saber que ni un año duraron, porque se conocieron mejor y cacharon que esa no era la persona de la carpa.

Lo saben todos y todas, y lo más mágico es que nadie lo niega. Sabemos que todo es una apuesta, que decir que la primera guagua tendrá mis ojos y la segunda los tuyos no es nada más que una apuesta, una apuesta por que esto siga creciendo, por que nos sigamos respetando y queriendo, por que nada ni nadie pueda decir que aquí no hubo amor. Así como nadie borrará el se aman por siempre de los árboles. Así como nadie se atrevería a rayar sobre un “te amo” de puente, la mayor traición que se le podría hacer al deseo de ser feliz. Porque de eso se trata una relación de pareja, de las ganas de estar feliz.

 




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