Repudio al amor

por Javier Manriquez



Sobre Javier Manriquez

Por Javier Manríquez Piérola

Repudio al amor, que lo inventaron unos publicistas para vender calcetines. Repudio al amor para toda la vida y la virginidad hasta el matrimonio, que se inventaron cuando la gente se moría a los 30 y las niñitas se casaban a los doce.

Repudio a Disney, donde la niña se enamora del varón y el varón es el único que puede ayudarla. Repudio a las teleseries, que enseñan que una y sólo una es la adecuada para uno y sólo uno. Repudio al amor unidimensional, donde sólo basta la belleza. O la plata. O algo, pero sólo algo, a primera vista.

Repudio al amor producto, donde alguien es la solución a los problemas del otro. Repudio a las falsas expectativas. Repudio al colegio, a la universidad, a la vida, que no nos enseña a amar.

Repudio a la tele, que nos enseña a amar mal. Repudio a los medios. Repudio al 14 de Febrero porque no se trata de amor, sino de algo más. Tampoco de comercio, aunque de eso tiene harto. El 14 de Febrero en realidad parece hablar de nosotros y de cómo nos relacionamos con los afectos. De cómo queremos cuando queremos. Con globitos de helio. Comiendo sushi y tomando pisco sour. En el cine. Con flores. En moteles. En cenas.

Me da la impresión que esta fecha no se trata tanto de amar, como de querer. Es curiosa la palabra. Querer. Te quiero. En lo abstracto es el cariño dirigido, pero también una forma de deseo. Yo “quiero” algo: salir, una guitarra. Te quiero a ti, como un “Algo contigo” la canción, o como “Every breath you take”; una posesión. Y por qué queremos lo que queremos. Yo quiero porque estoy solo. Confundiendo amor con compañía y ese miedo idiota de verte viejo y sin pareja, te hace escoger con la cabeza, lo que es del corazón.

Yo quiero porque estoy roto. Y necesito que alguien me recomponga, pedacito a pedacito. Yo quiero porque no sé estar solo. Yo quiero porque me quieren. Yo quiero porque estoy aburrido. Yo quiero porque si no me quiere alguien no me quiere nadie. Yo quiero porque estoy obligado a querer.

Repudio a ese amor que te venden porque no es real y parece como si lo fuera. Nos forma una imagen que no deja entrar ninguna otra posibilidad. Una forma, una estructura, un ideal. Y termina por alienar, por pensar que si no se ama de la forma tradicional no existe ninguna otra manera de dar o recibir cariño, y que ese cariño hay que verlo y tomarlo o si no, no existe. Por pensar que si no se está con alguien se está terriblemente solo.

En su origen, las fábulas se diseñaban para enseñar a los niños a lidiar con el dolor, con la frustración, y todo aquello que no fuera placentero, pero que sí era parte de la vida.  Después vino el futuro y borró todo lo malo. Se inventaron los finales felices. Y parece que nos obsesionamos con eso.

No sé lo que será la felicidad, pero me da la impresión que no es lo mismo que el azúcar. Homenaje a enamorarse, que es una palabra tan bonita: envolverse de amor. Homenaje al amor sin pretensiones, espontáneo, de sorpresa. Homenaje a la alegría. Homenaje al dolor, que enseña. Homenaje a la soledad, que clarifica. Homenaje a la tristeza, que calma. Homenaje a que nada importe. Homenaje a que importe lo que tenga que importar. Homenaje a la honestidad. Homenaje al amor alternativo, porque eres chica alternativa y yo cien por ciento alternativo. Homenaje a sanar. Homenaje a amarse uno/a mismo/a. Homenaje a compartir. Homenaje a sorprenderse. Homenaje a reír. Homenaje al eufemismo preferido para referirse al sexo. Homenaje al sexo. Homenaje a la ternura. Homenaje a escuchar. Homenaje a entender. Homenaje a equivocarse. Homenaje a ser distintos. Homenaje a aprender. Y homenaje a los perritos, por cierto, que ellos sí que aman incondicionalmente.

Repudio al amor. Homenaje a sea lo que sea que sea todo lo demás.




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