Cristián Riquelme en La Moneda: la sinvergüenzura no para y el Gobierno no aprende

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

A un año del estallido del caso Caval da la impresión que La Moneda no ha aprendido absolutamente nada. Da la impresión de eso y también de estar viviendo días asquerosos para ser chileno. Porque mientras Cristián Riquelme, el amigo de Rodrigo Peñailillo que administra La Moneda, goza de las vacaciones legales que le permite su pega con un sueldo de 7,7 millones, se conocen antecedentes que sólo nos hacen pensar que en el Palacio de Gobierno a nadie le importa la sensación de desigualdad que llega a niveles insoportables cuando confirmamos que administrar el poder, al parecer, se trata de mantener las sonrisas para hacernos tontos hasta que ya no se pueda resistir más. Porque es insoportable que mientras nos suben el Metro bajo la estúpida y mentirosa excusa de financiar el pasaje de la tercera edad-el Sindicato del Metro dijo que el servicio funciona con $340 y todo el resto va al Transantiago-, Cristián Riquelme siga administrando La Moneda. Es insoportable que mientras se informa que dos fondos de las AFP perdieron en una semana la mitad de lo ganado en todo 2015 por la caída de los mercados –ratificando que el 91% de las pensiones de vejez sean menores a $153.775-, Bachelet y Jorge Burgos no saquen de su cargo al hombre que recibió en abril de 2015 en su oficina a Juan Díaz, el operador político de la UDI que hoy está con arresto domiciliario total acusado de soborno y de haber recibido de forma ilegal $435 millones de Caval y del Síndico Herman Chadwick para cambiar el uso de suelo de los terrenos que dejaron al matrimonio Dávalos-Compagnon con más de dos mil millones de pesos en el bolsillo. Da rabia que un Gobierno que dice que se está haciendo cargo de combatir la desconfianza que los casos de corrupción han despertado en los chilenos lleve meses sin hacerse cargo de tener al mando del Palacio a un hombre a quien Juan Díaz cree que es pertinente acudir para que interceda con Compagnon y así ésta le pague la plata que le debe. Simplemente no se cree y crece la idea de que aquí no importa nada, que la agenda de probidad es decorativa, una legislación sacada a la fuerza, sin convicción. Crece la idea de que el llanto de la Presidenta no va más allá de la emoción. Porque es la Presidenta la que en última instancia no saca a Riquelme. Uno se pregunta ¿A quién se quiere proteger? ¿Qué voces se buscan callar? Porque se supone que harto tendría que decir Riquelme si lo echan como a Peñailillo. Información tiene de sobra. No por nada fue el encargado del cuestionado y secreto formateo del computador de Dávalos, proceso que ni siquiera informó a su superior, el ministro Díaz. No por nada estuvo a cargo de la Sociedad Marketing Asesorías y Eventos Limitada (Somae), creada para manejar el gasto electoral de la campaña de Bachelet. No por nada en ese período recibió 32,5 millones desde las cuentas de Giorgio Martelli, el recaudador de esa campaña formalizado por sus nexos con SQM. Y no por nada mantiene hasta hoy vínculos con dos empresas formadas por él que han ganado $417 millones por contratos con reparticiones públicas entre 2013 y 2015; empresas en las que vendió su participación a su papá, su esposa y su amigo David Arévalo, jefe de adquisiciones de la Presidencia en el Gobierno anterior de Bachelet.

Si uno se pone a revisar con atención los datos entregados el lunes 15 por Ciper, no va a tardar muchos minutos en pensar que aquí hay algo turbio. Por ejemplo, turbio es que actualmente la oficina de Socoar, una de las dos empresas formadas por Riquelme, está en José Miguel de la Barra 536 oficina 601, propiedad de Harold Correa Angulo, Alex Matute Johns y Daniel Ulloa Iluffi, integrantes de la G90 -grupo PPD comandado por Rodrigo Peñailillo- y socios con el ex ministro en negocios que recibieron platas del propio Martelli. Turbio es que Riquelme, quien acumula un patrimonio de $570 millones en bienes raíces, haya tenido que actualizar su declaración luego de que incluso parlamentarios oficialistas no le creyeran la austeridad de su primer anuncio. Turbio es que en todos sus negocios se junte con apellidos como Martelli, Peñailillo, Correa y Matute; y turbio es que a un año del mayor escándalo político en la familia de un Presidente desde el retorno a la democracia, siga administrando el epicentro del poder en Chile, un poder que aunque diga lo contrario, se esfuerza en reforzar la impunidad y el abuso, arrendando 290 películas para el avión presidencial entre 2014 y 2015 por casi dos millones de pesos; y esperando a que en la próxima encuesta CEP suba –y con justa razón- el 60% que no cree en la Presidenta, el 47% que no tiene ninguna confianza en la actividad política; y baje el esmirriado 3% que cree en los partidos y el triste 15% que cree en el Gobierno. No sería para nada extraño, porque con Riquelme en La Moneda, a un año de Caval, se confirma que la sinvergüenzura no para y el Gobierno no aprende. Se confirma que si a alguien se quiere proteger no es a los millones que seguirán amontonándose en el Metro, ahora pagando $20 pesos de más, bajo el chantaje de ayudar a ancianos que seguirán agonizando en la miseria de pensiones basura.



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