Homenaje a acostarte con tu mamá cuando tienes pena

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Cuando uno tiene pena, el pecho de la mamá aumenta en miles porcientos su capacidad de amar, de calmar, de provocar risitas aunque por dentro se esté sufriendo como si estuviéramos tirados en el suelo de un peladero a las doce de la noche. Uno puede llegar a buscar el refugio de mañana o de tarde, pero la cama de la mamá parece que siempre estuviera intacta, como que no la tocara nadie, sólo ella y sus manos siempre tibias, las mismas manos que no necesitan saber qué es lo que te pasa, manos que sólo se preocupan de tocarte la cabeza por atrás y dar paso a naricitas que juegan con tu pelo para después tararear canciones recién inventadas, hasta que uno sienta que afuera del cubrecamas rojo ya no existe nada. Lo único que existe es el olor analgésico de colonias y perfumes impregnados por décadas en lunares de carne y almohadas celestes. Cuando uno va a buscar el refugio no dice nada, sólo se tira como un saco de papas agujereado a esperar que lo vuelvan a coser, bien rápido, mientras nos perdemos en los doscientos cojines que levantan el trono de la cama de dos plazas. Y mientras nos vamos pasando a crema de lechuga, cerrando los ojitos en busca de un sueño que sabemos no llegará, el saco se va cosiendo, increíblemente, pero no del todo. Eso lo sabemos. El cariñito entre enaguas, aritos de perla cultivada e imágenes de santitos son sólo una inyección de calma. Va a ser tarea de nosotros salir a la calle con el hilo y la aguja que tendremos que aprender a enhebrar para ser más fuertes, para tomar mejores decisiones y asumir los errores hasta no volver a cometerlos. El saquito de papas que es nuestro corazón va a recibir cientos de balas en los años que nos quedan de vida, la cama de la mamita siempre estará dispuesta a lavarnos la cara junto a diez frazadas en invierno, pero pronto sus manos no estarán, y será ahí cuando tengamos que luchar solos con el recuerdo, el recuerdo de que para salir adelante primero hay que encontrarse con el amor por uno mismo, de la mano con los que en potreros o en palacios siempre van a estar dispuestos a ayudarte a zurcir tu saquito roto.




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