Umberto Eco: Un gran don de los cielos

por Gustavo González



Sobre Gustavo González

Por Gustavo González Rodríguez

Eco es un acrónimo del latín usado en Italia para nombrar a los niños sin padres. Deriva de la expresión Ex Coelis Oblatus, traducible como “don de los cielos”. Y es que el abuelo de Umberto Eco fue, en efecto, un pequeño recogido, sin identidad, que crecería como un proletario para fundar una familia de 13 hijos. El mayor de ellos, Giulio, que ascendió en la escala social a la categoría de empleado como contable, fue el padre del extraordinario filósofo, semiólogo, académico, escritor y periodista fallecido en Milán la tarde del 19 de febrero a los 84 años.

Philippe-Jean Catinchi aludió al origen del apellido del intelectual italiano en una nota póstuma publicada en Le Monde bajo el certero título de “Umberto Eco, autor del «Nombre de la rosa»: muerte del más letrado de los soñadores”.
La sola mención de la más famosa de sus novelas (traducida a 30 idiomas y llevada al cine con Sean Connery en el papel estelar) podría condicionar tanto los homenajes como el legado de Eco, con la paradoja de lecturas e interpretaciones que reducen la dimensión del libro publicado en 1980. Esta obra, descrita como un “enigma policial medieval ambientado en un convento benedictino”, es mucho más que eso. Es un despliegue de erudición histórica y filosófica, una crítica implacable a la encarnación del poder en los pináculos papales protegidos por la Inquisición, un compendio de miserias y grandezas humanas y, en fin, un homenaje a su manera a los monjes que en las épocas de mayor oscurantismo preservaban y reproducían a mano los libros, con hermosas caligrafías e ilustraciones, varios siglos antes de la invención de la imprenta.
Más allá de sus títulos, oficios y famas, Umberto Eco fue una especie de evangelista de la palabra escrita en un mundo donde cada día decae la lectura. “Quien no lee, a los 70 años habrá vivido una sola vida: la propia. El que lee habrá vivido cinco mil años: desde cuando Caín mató a Abel, cuando Renzo tomó por esposa a Lucía (en la novela de Alessandro Manzoni de 1827), cuando (el filósofo, filólogo, astrónomo y erudito) Leopardi admiraba el infinito. Porque la lectura es una inmortalidad hacia el pasado”, dijo en una de sus 40 citas memorables recogidas por el diario Corriere della Sera.
Tal vez por esta devoción por los libros, en otra de sus novelas (“La misteriosa llama de la reina Loana”, 2004), instala como su alter ego a Yambo, un librero que ha perdido todo recuerdo sobre los aspectos personales de su vida, pero que conserva una memoria admirable sobre los eventos externos, como una enciclopedia, y que intentará rescatar las vivencias propias refugiado en un ático donde se guardan afiches y revistas que leía en su infancia.
Umberto Eco fue un singular “don del cielo” que tuvo una vida “profundamente laica”, como lo subrayó su amigo y editor Mario Andreose. Un laico que se alimentaba culturalmente de La Biblia y admiraba a Tomás de Aquino, al tiempo que con mordacidad denostaba en sus escritos las supersticiones y fundamentalismos que convierten a la religión en arma de sometimiento.
Una cita al respecto, bastante metafórica:
“La humanidad no soporta el pensamiento de que el mundo nació por azar, por equivocación, solo porque cuatro átomos sin criterio se juntaron en la autopista inundada. Y entonces es necesario encontrar un complot cósmico, Dios, los ángeles y demonios”.
Contrario al determinismo, Eco fue a su modo un militante del progreso y un escéptico admirador de la naturaleza humana, aunque suene contradictorio decirlo así. Ya saldrán a la palestra los eruditos que lo podrán catalogar como uno de los últimos eslabones de la modernidad. No faltarán tampoco los que utilizarán sus citas fuera de contexto para apoyar, por ejemplo, loas o condenas a Internet, al margen de sus certeros análisis condimentados sanamente por la ironía.
“Las redes sociales –dijo en una de sus últimas entrevistas– dan derecho a la palabra a legiones de imbéciles que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la colectividad. Eran rápidamente mandados a callar, mientras que ahora tienen el mismo derecho a la palabra de un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”.
Otra cita sobre la informática: “El computador no es una máquina inteligente que ayuda a la persona estúpida, más bien es una máquina estúpida que funciona solo en manos de las personas inteligentes”.
Nuestro Eco fue un “don del cielo” laico, que se materializó en una dimensión superior del intelectual, como aquel que pone su sentido crítico al servicio de la sociedad. Si fue un soñador culto o letrado, como lo define el titular de Le Monde, lo que corresponde es rescatar la esencia del hombre que se alimentó de la cultura para construir sueños en este mundo. Lo hizo con sus aportes a la semiótica, sus estudios sobre los nuevos fenómenos de recepción en las comunicaciones, los ensayos sobre la estética y la prensa, las investigaciones sobre los “géneros menores” en la televisión y la literatura como renovadas miradas sobre el arte.
El legado de Umberto Eco es aún más valioso porque sin aparecer como un militante en el sentido tradicional del término, sostuvo siempre una mirada crítica sobre fenómenos de la actualidad. Así, dijo que “el fútbol es un ritual en el cual los desheredados queman la energía combativa y el deseo de rebelión”.
Del mismo modo, la prensa y el periodismo no escaparon a sus certeros juicios:
“No son las noticias las que hacen los diarios, sino los diarios los que hacen las noticias”.
“El periodista es un historiador del presente, pero no siempre los buenos libros de historia se escriben en un día, menos frecuentemente en una hora, menos en un minuto”.
Su mirada sobre los medios inspiró su última novela, “Número cero”, publicada en 2015. Un libro que no tuvo el impacto de sus dos mejores obras de ficción –“El nombre de la rosa” y “El péndulo de Foucault”– pero que contiene una entretenida trama con geniales toques humorísticos acerca del ejercicio de concebir y producir un diario.
Umberto Eco fue un intelectual que desde la cátedra, sus escritos de fondo y la prensa actuó en la política. Advirtió que la democracia peligra cuando la mayoría impone sus puntos de vista a una minoría y esta minoría no es capaz de reaccionar. Porque la política es a la postre la expresión colectiva de nuestras individualidades. Por eso, apuntaba también: “Cada uno de nosotros es cada tanto cretino, imbécil, estúpido o loco. Digamos que la persona normal es aquella que mezcla en medidas razonables todos estos componentes, estos tipos ideales”.
La tentación de reproducir citas de Eco es casi incontrolable. De la revisión de sus escritos seguirán apareciendo sentencias admirables, pero tal vez el peor homenaje a su memoria sería sacralizar sus dichos y perderlo de vista como el hombre comprometido con su mundo y sus semejantes. Por eso, resulta también grato disponer de manera más sistemática de sus escritos periodísticos y es una buena noticia el anuncio de que en breve se lanzará su último libro, que el mismo dejó revisado y corregido.
Se trata de “Pappe Satàn Aleppe” (Padre Satán cuidado, una frase del Dante), que llevará como subtítulo “Crónicas de una sociedad líquida” y reunirá artículos que Umberto Eco escribió para la revista Espresso desde el año 2000. La editorial será La Nave di Teseo, creada por el propio Eco y otros intelectuales que protestaron cuando la transnacional Mondadori se apoderó de Rizzoli, una tradicional y prestigiosa editorial italiana.




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