Homenaje al Manual de Carreño

por Virginia Gutierrez



Sobre Virginia Gutierrez

 Por Virginia Gutierrez

Se echan de menos los tiempos en que un tal señor Carreño, de nombre Manuel Antonio, escribió ahí por el año 1853 un manual de urbanidad. Criticado por sus horrendas visiones de género, claro, pero igual se dio el trabajo de querer educar la interacción entre los individuos de damas y varones y de soñar que un mundo con al menos las apariencias de la cortesía pueden ser posibles.

Sospecho que Carreño no querría volver al mundo de los vivos para enfrentarse a la tarea de elaborar un manual 2.0 o 4.0 o lo que sea, para nosotros. Uno que diga, por ejemplo, que si ves a un desconocido con tatuajes, dicte que no es nada aceptable preguntar leseras como “oye y te dolió/ oye y qué significan/ oye y no te da susto arrepentirte de viejo.” Uno que diga que el hecho de que una mujer esté embarazada no convierte a su panza en propiedad colectiva que todo el mundo puede tocar sin permiso y–ya que estamos en eso–lo que las mujeres hacen con su cuerpo, cuando de hijos se trata, es asunto de ellas y no necesitan que les digan que TIENEN que dar pecho al costo que sea o que NO PUEDEN amamantar en lugares X y Z en lugares que hacen sentir incómoda a otra gente, cuando es cuestión de no mirar, nomás. Ese mismo Carreño dictaría, de una vez y para siempre, que preguntas como “y cuándo encuentra pareja/ cuándo se casa/ pa cuándo la guagüita/ y ahora la parejita, cuándo” no se hacen, nomás. Ese Carreño mandaría a la chucha, espero, a cierto arzobispo y sus curiosas comparaciones entre mujeres violadas y prisioneros torturados.

Me tinca que Carreño pensaría que alguna gente que detesto, como los que andan por pasillos y escaleras del metro mandando guasáps o parando en los lugares más insólitos para sacarse selfies, son igual de irresponsables que yo, que ando leyendo libros en los mismos espacios. Creo que la diferencia de formato y de comunicación se le haría indiferente, si todos estamos entorpeciendo el camino de los otros en carne y huesitos que se desplazan por ese círculo del infierno que Dante olvidó describir y que se encuentra en el transporte público de Santiago.

Me imagino el alivio. Carreño nos diría qué hacer en caso de encontrarse en dilemas: cuándo contestar el guasáp de alguien que igual me gusta, qué hacer para iniciar con elegancia una conversación por tinder, cómo mandar a la chucha alguien que decidí que no me gusta tanto después de todo, cómo hacerse el boludo sin pasar a llevar sensibilidades, cómo pasarlas a llevar cuando uno encuentra que el otro se lo merece, cuándo se lo merece de verdad, qué regalo le corresponde a alguien que está de cumple pero con quien uno lleva ni tanto tiempo saliendo (Carreño tendría una escala exacta, con días y semanas y meses, con todas las ocasiones que ameritan regalo y más). Si decirle tía a la suegra y cuándo. Si seguir diciéndoles tío a los papás de los amigos que uno conserva de chico. Sabría que solo un troglodita sin corazón le toca la bocina a una señora que apenas alcanza a cruzar la calle en los segundos que le permite el monito verde de la esquina. Sabría que si nos toca ayudar a un adulto mayor, lo hacemos, pero que al gobierno le corresponde asegurar pensiones justas y acceso a medicamentos y salud: que los buenos modales no son lo mismo que una estructura social justa.

Mi Carreño imaginario sabe hasta qué chuchás les corresponden a los ciclistas que casi te atropellan en la vereda, a los peatones que se meten como Pedro por su casa a las ciclovías y a los conductores que juran que está bien parar pa la luz roja en la mitad del paso de cebra. Sabe qué insulto certero se merece el árbitro sin caer en la xenofobia. Sabe que la orientación o definición de género es cosa de cada uno así que, me mate la curiosidad o no, no voy a andar preguntando si a alguien le gustan varones, damas, los dos, son trans, etc., a menos que la persona voluntariamente entregue esa info o mis ganas de zamparme a esa persona sean tan infinitas que simplemente le pregunte si tengo esperanzas o no.

Este Manual de Carreño nos dejaría saber hasta las difíciles palabras para decirles a los que amamos y se les ha muerto a alguien. Capaz de hasta supiera qué decirnos a nosotros para estar en paz con nuestros propios muertos, aunque no, eso es mucho pedir: de las formas para interactuar sabía Carreño, no de las formas de estar solo. Sí sabría, eso lo juro, cómo asegurarse de que uno es adulto. Sabría si es necesario vivir solo para eso, haber querido a alguien mucho o no, si tener tarjeta de crédito y haberla hecho pico, si tener una mascota o regar una planta, si es cuando uno tiene amigos con hijos, si pagar las cuentas a tiempo, si acordarse de los cumpleaños. Habría un rito para ser persona grande, Carreño nos diría cómo llevarlo a cabo de una vez y para siempre y no tendríamos que quedarnos, a los treinta y algo en mi caso, con la sensación de que no ha pasado, con la duda de si alguna vez se llega del todo a ese puerto, con la casi certeza de que no.



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