Por mí y por todos mis compañeros

por Leonardo Quezada



Sobre Leonardo Quezada

Por Leonardo Quezada 

Me carga la gente que necesita tener una opinión sobre todo, pero decir me carga es mucha palabra. Lo que hago en ese caso es burlarme lo más posible para que, al menos, el malestar me sirva para conversar y ser encantador. Agradezco poder darme el lujo de reírme de mis problemas, dejé de perder tiempo odiando. En el fondo descubrí que podía lidiar con todo, si podía reírme de ello. O eso me gustaría decir, pero el viernes asesinaron a Marcelo Lepe Parraguez, un joven pobre y homosexual, en plena calle, en frente de su mamá, luego de golpearlo y apedrearlo por una pelea entre vecinos que se convirtió en noticia porque, como dicen los testigos, las mujeres instaban a los hombres involucrados a “matar al fleto culiao”, y así lo hicieron. Frente a eso, no tengo nada ingenioso que decir, ninguna frase divertida pero acertada de algún transformista conocido, nada que contribuya a hacer más pasable una noticia que debería ser siempre así, dolorosa y difícil.

Hemos fallado como sociedad otra vez. Me encantaría culpar a todas las instituciones y estructuras sociales que pueda por el daño. Culpar a la clase política y al sistema completo con todas sus trampas y letras chicas, porque sí, tienen la culpa. Sí, han construido una sociedad donde un vecino te puede matar porque tiene un arma. Peor aún, porque su mamá peleó con tu mamá, porque se te ocurrió salir a defenderla y resulta que eres homosexual. Peor aún, resulta que te gusta el transformismo, y por si fuera poco, estás en una población de San Bernardo, son las 2:00 AM, y las reglas que rigen ese escenario dictan que tu vida vale muy poco, tan poco, que incluso le ofrecen dinero a tu mamá para que no denuncie el asesinato de su hijo. Dos horas más tarde, dos intentos de reanimación después, a las 4 AM en el hospital El Pino de San Bernardo, muere Mauricio, otra madrugada donde Dios no ayuda a nadie.

Me gustaría sentarme un rato a escribir sobre este crimen y culpar a todo lo que no puedo controlar; dormiría más tranquilo si me sintiera satisfecho culpando al capitalismo, al patriarcado, a las deficientes políticas anti-discriminación por fallarme de nuevo. Y aunque lo hago, aunque puedo dormir, no puedo olvidar la dimensión social de los problemas, porque sentirse parte de una sociedad como cualquier otro es algo a lo que me estoy acostumbrando recién. Quizás por eso veo tan lejanas las ideas de matrimonio, o la sociedad que le podría heredar a mis hijos, porque todavía me siento como un ciudadano de segunda categoría que debería dar las gracias por pertenecer a una sociedad enferma. Y cada vez que me siento así, pongo especial atención a lo que hago durante el día, y para quién lo hago. Intento pensar en cómo convertir estas acciones en gestos que sirvan para encontrar soluciones. No lo puedo hacer todo el día, ni con todo lo que hago, la vida es más complicada que eso. Pero me tranquiliza saber que lo intento, que soy consciente de la pertenencia que defiendo y desde la cual intento hacer del mundo un lugar mejor.

Sí, me indigna, me caga la noche de un domingo muy tranquilo, después de comentar los vestidos de la gala de Viña. Me caga el cierre de un fin de semana muy divertido con mis amigos, pensar en Marcelo Lepe, en su mamá, y así, escalando, pensar que en esta sociedad en la que nos ha costado tanto trabajo estar de acuerdo en un par de estupideces, todavía no podamos asegurar un mínimo de dignidad para mí y todos mis compañeros. Todavía siento que mi vida vale menos que otras y ciertamente otras vidas valen mucho menos que la mía, pero por sobre todo, siento una profunda soledad, un aburrimiento terrible y un aturdimiento que me paraliza. Pienso en todas las veces que viajé una hora en micro desde Puente Alto hasta Baquedano y viceversa, solo, sin saber con seguridad a qué hora podía volver a mi casa, y cómo juntarme con otros amigos que volvían igual de solos a sus casas, esquivando lanzas, borrachos y perros sueltos, me hacía sentir a salvo, porque en esta sociedad, yo y mis amigos estamos todos solos, por las nuestras. Algunos con la suerte de volver a casas siempre tranquilas y otros que tenían que saber de memoria el laberinto de pasajes de su población porque cualquier esquina podía traer un robo, un insulto o una pelea que podía terminar horriblemente mal.

Esa soledad es la que nunca dejo de sentir, aunque viva en otra parte, aunque tenga amigos nuevos, es esa soledad la que nos hace juntarnos todas las semanas y avisarnos los unos a los otros si llegamos bien después de salir de la disco a las 4 AM. Es esa soledad la que me hace querer estar siempre haciendo amigos nuevos a los que decirles que éste, sea el lugar que sea, donde esté yo tratándote como un amigo, es un lugar seguro. Y lo peor es que con eso nos ayudamos, como mucho, 5 o 6 personas. No alcanza, nada alcanza. ¿Qué podría hacer yo para evitar que pasara lo que le pasó a Marcelo Lepe? Quiero evitar lo más posible la culpa del privilegiado, porque soy consciente de lo que puedo problematizar. Pero estoy muy aturdido como para pensar claramente en cómo reaccionar, no puedo hacer mucho más que pensar y esperar. No puedo reírme, no puedo echar una talla, no puedo pensar en una frase de los backstage de Fausto que aplique a la situación, no puedo ayudarme a lidiar con el tema pensando en lo que sí está bien en el mundo: nada. Sólo hacer algo que ni siquiera disfruto: escribir sobre ello, contarle a los demás como me siento, como si eso sirviera de algo en esta sociedad tan injusta. Y la peor parte es que hago todo lo que puedo para vivir en ella intensamente, llegar cansado a mi casa todos los días, porque tengo la esperanza que aquí puedo ser feliz.




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