Somos malas y podemos ser peores

por Daniela Lopez y Javiera Cabello



Sobre Daniela Lopez y Javiera Cabello

Por Daniela López y Javiera Cabello

Una de las cosas estupendas que nos ha pasado esta semana, es que nos pidieran escribir sobre lo que representa Natalia Valdebenito en el humor chileno y estamos más que dichosas de poder botar un poco de nuestro veneno con ocasión del acontecimiento estupendo que representa su próximo show en Viña. Es claro, pero hay que subrayar el hecho de que el humor en Chile se ha caracterizado por ser profundamente discriminador, facho y recalcitrantemente machista. Siempre girando en los espacios comunes más simplistas, reiterativos y carentes de creatividad como son la talla sobre la homosexualidad, los mapuches, las nanas, los extranjeros y las mujeres en sus variables características físicas: gordas, flacas o pechugonas. O por, ya tu sabes, tener la moral sexual de un hombre.

Este humor en Viña es uno de los tantos legados que nos dejó la dictadura y su anticultura conservadora en lo moral, liberal en lo económico y conservadora en lo humorístico. Cuestión que vino a ser reactualizada por la Concertación (y su versión + PC = Nueva Mayoría). Porque nos acordamos clarito de cuando Natalia Valdebenito se fue del Club de la Comedia acusando machismo pocos la escucharon, y mientras el Guatón Salinas grababa películas, tenía un show en horario estelar en CHV, repetía las mismas tallas todas las semanas y se lucía como rostro oficial de la campaña de Michelle. Esto se explica no sólo por los humoristas, siempre hombres, o de quienes han ejercido el dominio sobre ellos -machitos heteropatriarcales-, sino que de una hegemonía cultural neoliberal que se sustenta en la desigualdad, la explotación, la exclusión social y la violencia de género: esa expresión cotidiana, que hoy vemos en HD gracias al Festival de Viña del Mar.

Es pan de cada día ver cómo se violenta a las mujeres pretendiendo anularlas o reducirlas a objetos de disposición sexual, manifestación propia y clara de la superioridad que construye la masculinidad hegemónica, que les hace tener la convicción de que la vida sexual de las mujeres empieza y termina en sus penes, y que lo único importante es quién se lo pone y quién no, una pena realmente y una muy limitada comprensión de la sexualidad. Varios ejemplos en Viña: la nefasta competencia por quien muestra más la cuerpa en el piscinazo de la reina del festival, o el bajísimo número de artistas mujeres sobre el escenario (3 v/s 16) o la insufrible cadena televisiva comentando el glamour de los vestidos.

Chile es un país machista y eso se nota en el humor que nos venden, y se nota también en el espacio institucionalizado que representa el gobierno, porque ¿hay peor chiste que la transacción del proyecto de aborto de Pascual y Bachelet, la selección sexista que validaron en la discusión de la reforma educacional, las cientos de indicaciones para oponerse al AUC y a la Ley de Identidad de Género?. Puros chistes que buscan reducir a la mujer y a las sexualidades disidentes a un objeto de disposición, mofa y negándolas como sujetas.

En este oscuro escenario irrumpe Natalia Valdebenito, contra corriente, enfrentándose en el desarrollo de su carrera, tal y como le toca hacer a cada mujer que destaca, al machismo puro y duro. Y nos toma que Valdebenito esté cada día más feminista desde que la vimos salir del Club de la Comedia y Vía X.

Con una identidad feminista y ácida en la crítica social, arriba Natalia Valdebenito en el humor chileno desafiando el escenario de Viña. Uno de los espacios más fachos a conquistar, con figuras ícono de la dictadura como Checho Hirane, Coco Legrand y el Jappenin con Ja. El desafío es dominar a un monstruo absorto en estos códigos que parecían establecidos, poniendo la lupa en situaciones que aunque se consideran “naturales”, son expresión de desigualdad, dominio y opresión. Esa es la expectativa.

Como nos toma esta mujer, hemos seguido los shows de Valdebenito y sabemos que logra llevar con ironía a la escena pública -de dónde históricamente han tratado de excluir a las mujeres-, los dilemas, carencias, privaciones y reivindicaciones que enfrenta lo no-masculino. Esa mirada aguda y ácida de la política tradicional e identificada con las subalternas para una no subordinación, permite tomar contacto con los problemas en el cotidiano, sin sentirse víctima y atisbar, sin angustia, la necesidad de construir nuevas realidades.

Nunca hemos sido parte de un fans club, pero este es un momento histórico en el que hay que tomar posturas. Vamos por Natalia, sus chistes, su humor, su feminismo envuelto de sonrisas y de su verdad dura, pero diferente. Si queremos cambiar la sociedad, tiene que ser en todos sus aspectos, salud, vivienda, trabajo, educación, y también en la forma en la cual nos reímos de nosotros mismos.

Somos malas, y podemos ser peores.




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